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Opinión

2026: El año en que la IA será operativa y la infraestructura estratégica

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Por Octavian Tanase, Chief Product Officer (CPO). Hitachi Vantara

Ciudad de México, 24 de febrero de 2026.- Si 2025 fue el año en que las empresas aprendieron a experimentar con la IA, entonces 2026 será el año en que aprendan a depender de ella. La era de los proyectos piloto y de las herramientas aisladas de IA Generativa está dando paso a algo mucho más transformador: sistemas de IA capaces de actuar, decidir y operar con creciente autonomía, redefiniendo no solo la forma en que funcionan los negocios, sino también la infraestructura subyacente que las naciones utilizan para asegurar su futuro.

El hilo conductor más poderoso que conecta las principales tendencias del próximo año es simple pero profundo: la IA está evolucionando de una capacidad a una capa fundacional de la competitividad económica. Todo lo demás —desde la estrategia de datos y la arquitectura Cloud hasta el diseño de hardware y los modelos de fuerza laboral— ahora orbita en torno a ese cambio.

En el centro de esta transformación está el auge de la IA Agéntica, la tendencia tecnológica empresarial definitoria de 2026. A diferencia de los modelos generativos anteriores que simplemente producían contenido, los sistemas de IA Agéntica pueden ejecutar tareas, tomar decisiones y operar de manera autónoma dentro de los flujos de trabajo del negocio.

Las empresas los integrarán en sus cadenas de suministro, operaciones de atención al cliente, procesos de cumplimiento y rutinas de análisis financiero. Estos agentes no solo responderán preguntas: tomarán acciones, activando flujos de trabajo, ajustando parámetros en tiempo real y gestionando decisiones que antes estaban en manos de personas.

Pero con la autonomía llega la complejidad. Las organizaciones necesitarán sólidos sistemas de gobernanza, marcos de confianza y canalizaciones de datos de alta calidad para garantizar que estos agentes se comporten de manera predecible y responsable. Aquí emerge la segunda gran tendencia de 2026: los datos se convierten en la principal fuente de diferenciación competitiva.

A medida que el cómputo, los modelos e incluso los algoritmos avanzados continúan “comoditizándose”, el diferenciador pasa a ser el dato propietario, de alta calidad y bien gobernado. Cada empresa deberá enfrentar una realidad común: la sofisticación de su IA dependerá menos de la potencia de sus modelos y más de la precisión, limpieza y confiabilidad de los datos que los alimentan.

Las compañías con ecosistemas de datos maduros tomarán ventaja rápidamente. Aquellas que no lo estén, tendrán dificultades para adaptarse, ya que los sistemas agénticos requieren ciclos de decisión más rápidos, correlación en tiempo real y señales contextuales más granulares.

El tercer hilo conductor se apoya en este cambio: los gobiernos de todo el mundo ahora consideran la infraestructura de IA como un activo estratégico, al nivel de la energía o la defensa. El crecimiento de las nubes soberanas no es un movimiento de nicho, sino una respuesta geopolítica a la era de la IA.

Las naciones quieren la capacidad de poseer y proteger los datos que impulsan sus economías y resguardan a sus poblaciones. Exigen garantías sobre dónde se almacena la información sensible, cómo se entrenan los modelos y si los sistemas de IA pueden respetar los límites regulatorios.

En 2026, se espera una aceleración significativa de los ecosistemas de nube soberana. Los países invertirán en centros de datos preparados para cumplir con regulaciones y diseñados específicamente para cargas de trabajo de IA, con alta eficiencia energética. Estas instalaciones se convertirán en los santuarios de los datos ciudadanos, financieros y

vinculados a la defensa, construidos para soportar el cumplimiento normativo y la supervisión nacional. A medida que proliferen los agentes de IA, la necesidad de supervisión nacional y control de la infraestructura será imposible de ignorar.

Esto conecta directamente con la cuarta tendencia: la IA está llevando al límite físico las arquitecturas actuales de los centros de datos, forzando un ciclo de modernización sin precedentes. Las cargas de trabajo de IA y de sistemas agénticos demandan una densidad de cómputo extraordinaria, aceleradores especializados y arquitecturas de almacenamiento diseñadas para baja latencia y alto rendimiento. Las limitaciones de energía y refrigeración, antes consideradas un tema operativo, ahora se convierten en un factor restrictivo para la innovación en IA.

Esta modernización no se trata solo de rendimiento. Está impulsada por la necesidad de liberar capacidad eléctrica para las cargas de trabajo de IA. Si las empresas no pueden liberar capacidad energética, no expandirán sus capacidades de IA, quedando rezagadas competitivamente. Los requisitos de sostenibilidad y las regulaciones emergentes también acelerarán este cambio, convirtiendo la eficiencia energética no solo en una mejora operativa, sino en un imperativo de cumplimiento.

A través de estas tendencias clave emerge una narrativa única: la IA ya no es una herramienta superpuesta a las operaciones del negocio. Es la columna vertebral sobre la que dependerán las operaciones, la infraestructura, la regulación y las estrategias de los países.

La IA agéntica impulsa la necesidad de mejores datos. Mejores datos impulsan la necesidad de entornos seguros, soberanos y conformes. Esos entornos requieren infraestructura modernizada y energéticamente eficiente, diseñada específicamente para la automatización inteligente. Este ecosistema se retroalimenta.

Y entre todo ello persiste una verdad humana final. Aunque los sistemas se vuelvan más autónomos, las personas siguen siendo esenciales. En 2026 veremos un fuerte impulso en la recapacitación de la fuerza laboral, no para convertir a los empleados en programadores, sino en orquestadores capaces de aprovechar estos sistemas autónomos para transformar sus industrias.

Los próximos grandes avances no vendrán únicamente de científicos de datos, sino que también de expertos potenciados por IA.

En 2026, la IA se convierte en la nueva infraestructura, y las organizaciones que comprendan este cambio de manera temprana definirán el panorama competitivo durante los próximos años.

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Gas natural: del dogma a la realidad

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México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.

En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE).  Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.

El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional.  Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.

El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.

La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.

De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.

Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.

La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial. 

El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.

Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.

Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.

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Fuera de Balance / Inversión privada, motor que no debe detenerse

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Por Ángel Pérez Sánchez

La inversión privada se mantiene como el pilar más sólido para garantizar la estabilidad y el crecimiento de México. Más allá de los indicadores macroeconómicos, es el flujo de capitales, nacionales y extranjeros, lo que traduce las proyecciones en empleos reales, infraestructura y competitividad. Cuando una empresa destina sus recursos económicos en territorio mexicano, no solo apuesta por un mercado consumidor, sino por la capacidad técnica de su gente y la posición estratégica del país en las cadenas de valor globales.

Esta semana, tres anuncios de sectores tan diversos como el de consumo masivo, la belleza y la manufactura pesada, confirman que, pese a los retos, la brújula de los negocios sigue apuntando hacia la consolidación en suelo azteca.

Nestlé apuesta en el Edoméx

La firma suiza Nestlé destinará una inversión de 455 millones de dólares. Lo interesante de este movimiento es su dualidad: 275 millones se destinan a modernizar sus cinco plantas ya existentes (desde el alimento para mascotas en Cuautitlán hasta los snacks saludables en Tultitlán), mientras que 180 millones dan vida a un nuevo Centro de Distribución (CEDIS) en Zumpango.

Con una capacidad de 90 mil posiciones de pallets, este CEDIS no es solo un almacén; es una declaración de eficiencia. Según Fausto Costa, presidente ejecutivo de la compañía, la hoja de ruta incluye automatización y mejoras en eficiencia hídrica y energética. Para una entidad que alberga a casi 3,000 colaboradores directos de la firma, esta inyección de capital asegura que la manufactura mexiquense siga siendo el corazón operativo de Nestlé en la región.

Natura y la conquista del “retail”

Por otra parte, en el sector de venta directa, Natura está rompiendo el molde tradicional. La compañía anunció la apertura de 10 nuevas tiendas y 10 franquicias para este 2026, buscando alcanzar 34 puntos de venta físicos. El objetivo es claro: capitalizar un mercado de belleza que en México supera los 14,000 millones de dólares anuales.

Francisco Demesa, director general de Natura y Avon, ha sido enfático: México es el mercado de habla hispana con mejores oportunidades en Latinoamérica. El giro hacia las franquicias es estratégico, pues permite fomentar el emprendimiento local manteniendo los estándares de una marca global. Es, en esencia, la evolución de la venta por catálogo hacia una experiencia omnicanal donde el consumidor decide dónde y cómo interactuar con la marca.

Die Casting: El silencio estratégico de la manufactura

El sector industrial se prepara para una cita clave en el Bajío. Los próximos 15 y 16 de abril, la Die Casting Expo México 2026 aterrizará en el Centro de Congresos de Querétaro. La fundición a presión es, quizás, uno de los héroes anónimos de nuestra economía; sin ella, las industrias automotriz y aeroespacial simplemente se detendrían.

México se ha consolidado como un centro de manufactura avanzada, y la región del Bajío —Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí y Aguascalientes— es el epicentro de este ecosistema. El evento no solo será una vitrina de maquinaria y aleaciones, sino un termómetro para medir cómo la automatización y la ingeniería de precisión están respondiendo a la creciente demanda de componentes especializados en Norteamérica.

En el balance final…

Desde el café que consumimos hasta las piezas de alta precisión de un motor, la inversión privada está presente. Que estas empresas sigan expandiendo sus líneas de producción y abriendo puntos de venta es la mejor señal de que México, con su infraestructura y talento, sigue siendo un destino indispensable para el capital global.

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Precios en Mercado de Potencia marcan futuro del MEM

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Por Emiliano Sánchez*

El Mercado Eléctrico Mayorista (MEM), como cualquier otro, se mueve al ritmo de la oferta y la demanda. En el sector energético, más allá de una simple ley de mercado, las fluctuaciones de los precios reflejan las condiciones de todo el sistema eléctrico.

A partir del 2023, los precios en el Mercado para el Balance de Potencia (MBP), que forma parte del MEM, captaron la atención del sector y las empresas debido a su aumento exponencial. En términos sencillos, la potencia puede entenderse como la disponibilidad de capacidad firme para atender la máxima demanda de electricidad que requieren los usuarios para cubrir sus necesidades.

Los costos de la Potencia para un año se calculan por el nivel de oferta y demanda durante las 100 horas críticas del año anterior. Durante la pandemia, los precios se mantuvieron por debajo de 1 millón de pesos (mdp) por MW/año. En 2022, bajo el cálculo de 2021, aún se mantenía un rezago, con precios que incluso llegaron a cero. Posteriormente, hubo incrementos: de 0 a 3 mdp y luego a 4.6 mdp. En febrero de 2025, con la operación de 2024, el precio por MW alcanzó un récord histórico con 4.9 MDP/MW-año.

En 2025, cuatro factores propiciaron un panorama más equilibrado: mayor generación hidroeléctrica, ausencia de salidas a mantenimiento en verano, mejor planeación del sistema y una mayor disponibilidad de generación de energía. Esto permitió que las condiciones fueran más favorables, con un precio neto de 4.3 MDP/ MW. De hecho, en 2025, las horas críticas se concentraron principalmente entre abril y junio, periodo en el cual la disponibilidad de generación fue mayor, logrando un factor de cruce de oferta y demanda de 1.37 (menor al factor de 2.00 de 2024)

Tecnología y planeación

En este 2026, bajo el cálculo de 2025, el Mercado para el Balance de Potencia (MBP) inició un nuevo ciclo tras la revisión de la Tecnología de Generación de Referencia (TGR) realizada en 2025, proceso que ocurre cada tres años, la cual sirve como base para calcular el precio de la potencia.

Si bien la actualización de los parámetros asociados a la TGR es favorable para reflejar la situación actual del sistema eléctrico y los costos actuales de las Centrales de Generación, así como para dar visibilidad a las empresas que ya operan en el MEM, en esta nueva etapa el verdadero ahorro no solo dependerá de un mercado más ordenado, sino de la integración estratégica de tecnologías “detrás del medidor”.

Al sumar soluciones de almacenamiento en baterías (BESS) para la gestión de picos de demanda y el traslado de consumo de horarios en dónde la red está más saturada a horarios con menor estrés, las organizaciones no solo estarían comprando energía más barata, también blindarían su operación contra futuras fluctuaciones en los precios del MBP.

El futuro que marca la regulación

La industria energética en México está en plena evolución. Los cambios regulatorios recientes, como la publicación de la Ley del Sector Eléctrico (LSE) y la incorporación de las Disposiciones Administrativas de Carácter General (DACG) para el autoconsumo, están sentando las bases para una mayor claridad y flexibilidad en la integración de soluciones energéticas.

El futuro del MEM y del Mercado de Potencia parece estar tomando un giro positivo. Aunque persisten varios retos, la planeación estratégica es una oportunidad para las empresas que deseen fortalecer su posición en el mercado a través de la implementación de soluciones integrales de energía.

*El autor es Director de Suministro Calificado de Energía Real.

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