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Último tren

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Un tanto nerviosa, esperó por más de una hora en el andén del metro, debajo del reloj. Cada hombre se asemejaba al que ella esperaba, el que parecía confirmar su incumplimiento tras cada minuto transcurrido. Volteaba obsesivamente para mirar los números pendientes del techo, dentro de la estructura que anunciaba, además, el nombre de la estación: Balderas.

Pasaban las siete de la tarde. Triste, bajo la sombra de esa tristeza que, aunque esperada, duele de igual forma, decidió salir a tomar un poco de aire del exterior. Recordaba la Plaza de la Ciudadela y las bancas de concreto. Llovía. Una leve brizna escurría desde lo alto matizando los edificios ruinosos del entorno.

Por varios minutos contempló las clases de baile. Bailarines incipientes mejoraban sus destrezas a cada repetición de la cumbia en la bocina de luces led. Otros, definitivamente, habían nacido tan gráciles como un tronco de abedul y por ellos nada podía hacerse para exprimir una gota de talento. Sin embargo, sintió regocijo por aquellos que sin el mínimo decoro hacían su mejor esfuerzo y se zangoloteaban febriles. Sacó un cigarro de su bolso y batalló un poco para encenderlo, la brizna continuaba leve pero pertinaz.

Volteó hacia su izquierda y miró el teatro antes llamado Ciudadela. Recuerdo que una noche, la primera noche que pasamos juntos, vinimos a escuchar a… Richard, sí… Ah, sí, Richard Villalón, peruano él —dijo para sí—. Que si esto es escandaloso, es más vergonzoso no saber amar… —cualquiera se pone cachondo con esa letra y con esa maravillosa voz— se repitió en silencio y sonrió.  

Miró el cigarro consumirse como el tiempo. Parecía haber transcurrido una eternidad, pero no habían pasado más de treinta minutos desde que ella se entretuvo mirando la práctica de baile. Qué carajos hago aquí, sola, como la gata bajo la lluvia de la canción. Mientras pensaba esto, la voz chillona de un hombre, una voz casi infantil, le solicitó un cigarro. Ella, sin voltear a verlo, alargó hasta él la caja entreabierta y el encendedor. Como ella no escuchara el consabido agradecimiento y la devolución de sus objetos, decidió voltear. Lo miró con atención. Una inmensa alegría le recorrió la espalda. Él también le sonrió. Ella se puso en pie y lo abrazó gustosa. Él acarició su cabello empapado y buscó su mejilla para sembrarle un beso. Dos emociones similares pero diferentes habitaban en cada uno.

La profunda alegría de ella salía por sus ojos como el estallido de un polvorín para el que no había dique capaz de contener aquel impulso acumulado. Él, sobradamente contenido, se limitó a abrazarla con un abrazo temeroso, como abrazando una figura de humo que estuviese a punto de dispersarse en el éter de la noche.

En la plancha de la plaza, numerosas, gruesas gotas empezaron a caer causando un estruendo. Una mujer apresuraba a sus hijos para ponerse a resguardo bajo el toldo de lámina del escenario donde los bailarines ensayaban segundos antes. El más pequeño de los niños miraba con atención las luces de la bocina que seguía amplificando la voz del cantante: Dime qué pasó, mi amor, por qué se terminó…

Ella, la mujer del metro, intentó perpetuar el abrazo; él, discretamente, se apartó de ella. Habían pasado años, tal vez demasiados, desde la última vez que se vieron. Sobre esas mismas bancas de la plaza pasaron incontables horas mirando bailar y besándose. Ella parecía no distinguir aquellas transformaciones. Era como si el tiempo se hubiese encapsulado en su memoria, como si los años, atrapados en una instantánea, fueran los únicos válidos en ese momento, sin pasado ni futuro, simples, comprensivos y delicados años causantes de aquel intransferible, inamovible amor que seguía supurándole a ella por los ojos, como espesa miel.

Ella no quiso preguntar sobre la tardanza de él. La espera fallida en la estación del metro había servido para exacerbar el posible sabor del reencuentro. Como en otros tiempos, ella lo tomó del brazo y lo miró con atención, enamorada, esperando que él tomara la iniciativa, que fuera él quien decidiera el camino a seguir; porque ella siempre fue dócil: por siempre, mansamente, ella se había dejado conducir hacia los sitios más inesperados para concelebrar largas sesiones de besos. Él sabía conducirla, llevarla en el acompasado baile de los amantes que pueden recorrer la pista con los ojos cerrados, sólo atentos a la música primitiva del cuerpo.

—Llueve, si quieres te invito a mi departamento —dijo ella y apretó con dulzura el brazo de él, en un gesto coqueto y prometedor.

Él meditó por un instante la propuesta. Amablemente se deshizo del brazo de ella para sacudir las gotas superficiales sobre su ropa y su cabello. Luego, sin decir palabra, retomó con aparente seguridad la invitación e intentó hacerla propia, acostumbrado como estaba a dirigir la orquesta.

Por varios minutos, intentaron abordar un taxi; a esa hora y con lluvia, era casi imposible. Caminaron unos minutos hasta encontrar un café. Los dragones colgantes de la puerta de vidrio eran amenazantes, no así el olor del pan recién horneado. Tomaron asiento y una joven de rasgos orientales tomó su orden. Ambos pidieron café con leche y una charola de pan para elegir. Luego de unos minutos, ella decidió colocarse al lado de él —originalmente, se habían sentado uno frente al otro en el gabinete de color rojo.

Si bien, no se trataba de un reencuentro en toda la extensión de la palabra, ambos sabían que una mariposa de curiosidad revoloteaba en sus respectivos pechos, pero las evidencias, poco a poco, comenzaron a ser mayúsculas. Hablaron un poco de sus respectivas vidas antes de volver a verse, del azar jugando su propia mano cuando se pusieron en contacto en las redes sociales a través de un amigo común.

Ambos rieron un poco al recordar viejas anécdotas. Particularmente, se quedaron mirando, uno al otro, dando pequeños sorbos a su café con leche, cuando vino a cuento aquella primera ocasión en que estuvieron juntos, la voz de Richard Villalón y el hotel ruinoso que tuvo compasión de ellos, cuando jóvenes, en mitad de la noche buscaron alojamiento a cambio de los últimos pesos en sus bolsillos.

 —Definitivamente, aquello fue de locos —dijo ella, y sonrió pícara y con algo de rubor en las mejillas— es el café, está un poco caliente.

Él clavó su mirada en el pan sobre el plato. No acusó recibo de la indirecta del café caliente, y retomó el tema: Seguro recuerdas que vagabundeamos por un par de horas en el metro, que intentamos salir de la estación de trenes hacia cualquier parte, pero a esa hora todo estaba apagado, menos nosotros, que andábamos encendidos y gustosos, escondiéndonos de los grupitos de vándalos apostados en las esquinas, evadiendo el peligro. Si supieras que me he vuelto más conservador y temeroso, que me acuesto temprano con la televisión encendida. Que he estado casado un par de ocasiones, y me he divorciado las mismas veces. Dicen que cuando se repiten los errores se acaban los argumentos, y, seguro, yo he sido el de las fallas. Para qué culpar a nadie, yo me hago cargo. Debo decir que las dos fueron buenas mujeres, pero todo cambió después de un tiempo. No tengo hijos, y vivo como ermitaño en mi isla privada en medio de la ciudad. En un cuarto de azotea.

—Bueno, me toca contarte cómo me ha ido —dijo ella y acomodó los codos sobre la mesa y las manos bajo su barbilla, como un gato dispuesto a confesar una falta, con esa mezcla de cinismo y astucia que, pese a todo, espera recompensa—: Me casé… bueno, decidí vivir en unión libre. Él es un hombre bueno, inocente para mi gusto. Tú sabes, hay momentos en que nosotras las mujeres… —él casi cerró los ojos, tratando de escudriñar aquella frase: “tú sabes”. Él no sabía nada de las mujeres, y si sus dos divorcios no significaban nada, si no eran un fiel testimonio de su incapacidad para comprender el alma femenina, entonces, cualquiera como él, pese a sus pocas credenciales, podía erigirse como todo un especialista del comportamiento de las mujeres— … tenemos el recuerdo, vaya, recordamos al primer hombre de nuestra vida, este se queda en nosotras, vive ahí, en nuestra mente, y cuando las cosas van mal en el hogar nomás abrimos el cajón y sacamos a ese hombre del recuerdo, lo materializamos; él, mitad imaginario, construido con retales, es el ideal que no termina de armarse, de concluirse. Tú eres ese hombre —terminó ella de hablar y soltó una exhalación, como si hubiese tenido algo atorado en el pecho durante varios siglos, esperando la ocasión propicia para salir, para lucirse bajo el amparo de las mejores palabras, de los mejores argumentos. Era su forma de decir “aquí estamos, aprovechemos el tiempo inteligentemente”.

En el rostro de él se dibujó una mueca, tal vez triste. Sabía en el fondo que estaba lejos de las expectativas de ella. Que aquel idealismo se fundamentaba más en sus deseos. Paletadas de experiencias, como tierra de tumba, se habían apilado sobre cada una de sus vidas; sin embargo, ella no parecía tener conciencia clara del tiempo y el espacio.

Él pensaba: tal vez si nos hubiésemos evitado tanta cháchara, tanto rodeo y hubiésemos ido al grano: aquí a la vuelta hay un hotel. Son casi las diez de la noche. Tal vez, a estas horas, ya todo hubiese terminado. Regresar a la jaula con una nueva experiencia, lista para guardar bajo la cama… Se recriminaba su indecisión. Ella le había cedido la iniciativa, y ambos sabían qué deseaban. Pero él estaba más temeroso de la mujer. Temía ser descubierto por ella, y también descubrirse desnudo, sin artificios ni construcciones de personalidad efímeras, poses de macho que cambia el plumaje de color y lo esponja, y alardea al ejecutar el pleno ritual de la conquista. Pero hasta ese ritual se había vuelto un fastidio Por eso prestó poca atención a las historias que ella le contara, y que se sucedieron, una tras otra, incontenibles; tal vez, en un afán por pedir al tiempo perdido que regresara, que él la conociera.

Ella quería enseñarle que en su vida habían sucedido muchas cosas, la mayoría insignificantes, pero dignas de compartirse. A él no le importó ni una pizca que las muñecas rubias fuesen robadas por los cargadores de la mudanza, cuando ella cambió de domicilio, allá por los ochenta; tampoco quiso saber más de los mutuos excompañeros de escuela, de sus vidas, de sus divorcios y salidas del clóset de un buen número de ellos. Discretamente, él miraba de reojo el reloj en la pared del establecimiento. La simpática oriental que atendía a los clientes preguntó cortésmente si gustaban ordenar algo más. Él la miró a ella deseando que las palabras de la chica fuesen un punto final para ese monólogo. Esperó la respuesta de la mujer y, al corroborar que ella no ordenaría otra cosa, solicitó la cuenta. Al hacerlo, sintió una paz muy grande, la paz que se avecina luego del estruendo, un zumbido que se hace intenso y termina por aturdir, aniquilando cualquier vestigio, toda forma de recuerdo que incomode.

Él se excusó un momento para ir al baño. Ella le miró las nalgas con descaro. Esas eran las nalgas tan deseadas, tan idealizadas, que alguna vez fueron suyas y que hoy, si todo marchaba bien, volverían a serlo. Así pasaron los minutos, y luego de un par de horas, la joven de ojitos rasgados se acercó a la mesa para preguntar nuevamente si todo estaba en orden, si deseaba pedir algo más. Ella preguntó a la joven si el caballero aún seguía en el cuarto de baño. La muchacha, extrañada, contestó que nadie estaba ahí, por lo menos, ella no había visto a nadie. Pero ofreció pedir a un compañero que revisara. Minutos después, la chica confirmó que nadie, excepto ella, estaba en el establecimiento, y que faltaban pocos minutos para cerrar.

Ella sacó su cartera y colocó el importe anotado en la nota. Se levantó y caminó con rumbo al metro Balderas. Faltaban pocos minutos para la última corrida y los guardias ya se aprestaban a cerrar el acceso. Él la seguía a prudente distancia. Hacía quince años que el conocido hotel donde trabajaba se había derrumbado durante el sismo del ochenta y cinco, y él había muerto entonces en el lobby, de manera instantánea. Ambos sabían que jamás volverían a estar juntos, pero se prometieron repetir ese ritual de la cita, año tras año; inventarse una vida y fingir que la muerte no es más que una ilusión.

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Coca-Cola multiplica “amor” e inversión

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La Industria Mexicana de Coca-Cola (IMCC) tiene claro que la mejor manera de llegar a las personas, es a través de un mensaje simple y que las pequeñas acciones transforman vidas, lo que se traduce en desarrollo económico e inversión.

Esta industria que nació en 1926 y que hoy agrupa a ocho grandes embotelladores, junto con Jugos del Valle-Santa Clara y la planta de reciclaje Petstar e IMER, busca ser un agente de cambio a través de la iniciativa “El amor multiplica”.

¿Cuáles son los objetivos? Impulsar el talento femenino, el desarrollo de las comunidades, el uso responsable del agua y el reciclaje.

Las tareas planteadas no parecen sencillas, pero vamos punto por punto:

Talento femenino. IMCC ha planteado la importancia de que las mujeres emprendedoras, pilares en la economía nacional, tengan las herramientas necesarias para hacer crecer su negocio.

Una de estas herramientas es la capacitación y a la fecha suman más de 180 mil mujeres que han aprendido sobre administración, el manejo de su negocio y más.

También, la Industria Mexicana de Coca-Cola destinó en 2021 una inversión de 5 mil millones de pesos en el mantenimiento y la mejora de tiendas, de las cuales seis de cada 10 son operadas por mujeres.

Comunidades. Las problemáticas que estos grupos enfrentan se debaten en conversaciones y diálogos promovidos por IMCC para poner en la mesa sus principales necesidades en la búsqueda de posibles soluciones.

A inicios de julio de este año se celebró el primero de cuatro foros cuyas sedes son lugares abiertos al público y tienen como finalidad invitar a realizar acciones que beneficien su entorno y su país.

A la par de estos foros, se develó el primer mural comunitario de la muralista Dulce V. Ríos, y vecinos del pueblo de Xoco, en la alcaldía Benito Juárez, en Ciudad de México, con lo cual se dio inicio a una serie de 10 obras artísticas que se realizarán por todo el país.

Agua. Para generar consciencia sobre un mayor cuidado del agua, IMCC es consciente de que la mejor manera de enseñar es con el ejemplo, por lo que hoy devuelve 100% del líquido vital que utiliz en la elaboración de sus productos. 

Con el objetivo de llevar agua limpia a las comunidades a través de la construcción de cuatro humedales que benefician al Estado de México, Baja California, Jalisco y Quintana Roo, el año pasado, se destinaron 170 millones de pesos. 

Reciclaje. La simple acción de recoger una botella de plástico o una lata de aluminio de la cual se disfrutó su contenido es sin duda el comienzo de la cultura de reutilizar. 

El resultado de esta labor, es que los embotelladores que integran a IMCC: Arca Continental, Bebidas Refrescantes de Nogales, Bepensa, Coca-Cola FEMSA, Corporación del Fuerte, Corporación RICA, Embotelladora de Colima y Embotelladora del Nayar, procesan 85 mil toneladas de PET o Polietileno Tereftalato al año.

Este año la cadena de acopio, reciclaje y retornables en el país comprometió una inversión de 175 millones de pesos.

Sin duda las pequeñas acciones sí cuentan y se multiplican. 

Ecoce protagonistas del reciclaje en México 

Ecoce, al frente de Carlos Sanchez, y sus asociados, han trabajado durante 20 años con gobiernos y organizaciones civiles, en rubros como la educación ambiental, el acopio, así como el manejo de envases y empaques en México.

Estas acciones permiten el desarrollo de la industria del reciclado, considerada actualmente como la más grande de América Latina.

La historia inició hace dos décadas, cuando un grupo de empresarios de la industria de bebidas y alimentos, preocupados por la problemática ambiental, notó que en México no existía una Ley de Residuos ni reglamentos o normas para manejarlos, por lo que conformaron Ecología y Compromiso Empresarial o Ecoce.

Entre los logros obtenidos a lo largo de estos años están más de 79 mil toneladas de materiales reciclables, principalmente de PET, PEAD, aluminio, hojalata, empaques flexibles metalizados y no metalizados, vidrio y cartón.   

Lo anterior se traduce en el ahorro de 62 millones de kilogramos de materia prima, así como el ahorro de agua para llenar 12 albercas olímpicas y una reducción de 305 camiones de basura en rellenos sanitarios.

Es de destacar que el organismo lidera los programas Eco Reto, Acopio Institucional y Acopio Móvil, así como diferentes jornadas de limpieza. 

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Exigen justicia para víctimas de ataques con sustancias corrosivas

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Desafortunadamente, en lo que va del presente año, en México se siguen acumulando los casos de ataques a mujeres con ácido sulfúrico o ácido clorhídrico u otras substancias corrosivas, cáusticas, irritantes, tóxicas e inflamables.

Es importante mencionar que sobre este tipo de agresiones no se tiene el registro de la cifra oficial del número de mujeres víctimas ya que existen muchos casos que no se denuncian y, por lo mismo, no se hacen públicos.

A través de los diferentes medios de comunicación, nos hemos enterado de algunos casos de ataques con ácido, por ejemplo: en Estado de México, tres; en Aguascalientes, dos; en Hidalgo, Quintana Roo, Oaxaca, Guanajuato, Jalisco, Puebla, Querétaro y Yucatán, solamente uno en cada entidad.

Un dato importante que se tiene de estos acontecimientos, es el que la edad promedio de las víctimas se ubica entre 20 y 30 años; además de que, en la mayoría de ellos, los agresores fueron su pareja o expareja y, por si algo faltara, la mayoría de los casos están en la impunidad y sin reparación integral del daño.

Para que estos ataques no se queden en la cifra oscura o en la impunidad, algunas de las víctimas han contado sus historias para visibilizar todo lo que han enfrentado, desde la carencia en la atención médica, falta de apoyo, hasta la re-victimización y falta de justicia, ya que sus agresores siguen libres o sin sentencia.

En Huixquilucan, Estado de México, se realizó un mural que visibiliza y nombra a algunas de las mujeres atacadas con ácido en México, además se muestra los rostros del dolor y la rabia de algunas de ellas, como es el caso de Carmen Sánchez, Esmeralda Millán, Elena Ríos y Ana Saldaña, ya que, como lo mencioné, desafortunadamente aún existe impunidad. Este mural fue creado por los artistas Pedro Peña Reyes, Trom y Miguel Sant, con el apoyo de Alejandro León del Consejo de Organizaciones de la Sociedad Civil del Estado de México.

Ante esta situación, algunas legisladoras se han pronunciado por la defensa de las víctimas de estos ataques, por lo que se envió al Congreso una iniciativa que está dirigida a todas las personas expuestas a múltiples y diversos riesgos de sufrir un ataque con substancias corrosivas y por quienes nadie hace efectiva y eficiente justicia.

Dicha iniciativa busca elevar de 15 a 25 años de prisión y multa de 500 a 5 mil veces el valor diario de la UMA, a quien provoque dolosamente una lesión que deje en la víctima cicatriz perpetuamente notable en la cara o en cualquier parte de su cuerpo.

Asimismo, cabe resaltar que la iniciativa tiene como prioridad robustecer el Código Penal Federal, en materia de sanciones contra victimarios de mujeres agredidas con sustancias corrosivas, como ácido o alcohol, además de duplicar las penas señaladas cuando la agresión se cometa por razones de género, con premeditación, alevosía y ventaja.

Con esta reforma al Código Penal Federal, se busca establecer una herramienta jurídica para que los juzgadores tengan en sus manos la capacidad fundada de imponer sanciones más severas a los responsables de estos actos.

La reforma consiste en adicionar al artículo 294 del Código Penal Federal, que se incremente la pena de prisión si las lesiones corporales son causadas con ácido o cualquier otra sustancia corrosiva, dejando un daño físico, motriz, psicológico o económico.

Ahora bien, vale la pena hacernos dos preguntas, ¿Es necesario aumentar las penas para castigar a los responsables de cometer agresiones contra la mujer con sustancias corrosivas? ¿Con aumentar la pena de prisión se eliminará o por lo menos se reducirán las agresiones de este tipo?

Mi respuesta es que, si es necesario aumentar las penas, ya que con ello se puede inhibir a cualquier persona para que no incurra en dicha acción contra la mujer, sin embargo, para la segunda pregunta, mi respuesta es que no se eliminará, pero sí puede disminuir, ya que el privar de la libertad a una persona por mucho tiempo no garantiza que dejará de hacerlo, sin embargo, se puede considerar una forma de que otras personas no lo hagan y eso tiene como consecuencia la reducción de casos.

También considero que no solamente se tiene que llevar a cabo una reforma penal, es muy importante establecer estrategias y líneas de acción que instrumente el Estado en materia de prevención, atención, sanción y erradicación de cualquier tipo de violencia contra las mujeres, para garantizar a las victimas el derecho, efectivo y real al acceso a una vida libre de violencia que favorezca su desarrollo y bienestar.

Por ello, es incuestionable la necesidad de tener las políticas públicas del Estado debidamente articuladas y sistematizadas, esto solo es posible a través de un programa que aporte la metodología adecuada, con la firme posibilidad de no solamente disminuir la violencia, sino erradicarla para que, cualquier mujer, se sienta debidamente segura en su casa, en la calle, en el trabajo o donde quiera que se encuentre.

 “Cada mujer dañada, agredida, asesinada, es el testimonio mudo e indefenso de lo peor que encierra el ser humano: del triunfo de la fuerza bruta, ciega, salvaje, enferma, sobre cualquier sentimiento, sobre cualquier pensamiento, sobre todo lo que nos hace dignos. Gritemos basta” (David del Puerto).

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¿Qué significa la inversión de Nestlé en Veracruz para AMLO, México y la sustentabilidad?

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Nestlé tiene un negocio con ventas anuales de 90 mil millones de dólares. Es una de las empresas más grandes a nivel mundial.

Dueña de marcas como Nescafé y Carlos V, el conglomerado tiene presencia en 180 países y cuenta con 276 mil colaboradores en todo el mundo.

¿Qué significa, entonces, la inversión de este corporativo en nuestro país?

Primero, la noticia representa la decisión de la compañía de elegir a México como uno de los 180 países para destinar 340 millones de dólares para abrir una nueva planta.

La inversión implica la creación de mil 200 empleos, derrama económica y un claro crecimiento en la región.

La nueva fábrica aumentará 50% la compra de café verde a los agricultores en México en el mediano plazo y, como toda planta, ayudará al dinamismo económico en sus inmediaciones.

El capital invertido de Nestlé también apoya a mejorar la reputación global de nuestro país.

La inyección de recursos deriva en el desarrollo de proveeduría, mayor confianza de inversionistas y mejora en la perspectiva sobre el clima de negocios en el país.

La empresa mantuvo su visión de crear valor y compartirlo con un país que tiene vital importancia para su negocio más allá de colores partidistas y otros criterios.

El anuncio de la mano del presidente Manuel López Obrador redujo brechas de visiones.

La postura del mandatario mexicano enfatizó el impacto positivo y coadyuvancia de la empresa en el campo. Hoy 100 mil agricultores tienen la oportunidad de vender su producto a Nestlé.

El discurso de López Obrador también permitió disminuir temores sobre posturas radicales hacia negocios y empresas de parte del gobierno, lo cual es clave en momentos de incertidumbre global.

Las nuevas fábricas siempre atraen innovación y tecnología.

El complejo de Veracruz permitirá a los mexicanos operar una planta con la tecnología más avanzada en reducción en el consumo y tratamiento de agua, generación de energía limpia y, por supuesto, con los más altos estándares de producción a nivel internacional.

Los ingenieros mexicanos ganarán un expertise valorado en todo el mundo y además dentro de una empresa que es un referente global.

Si se analiza esta planta con perspectiva de género, también los veracruzanos y los mexicanos tienen un caso de negocio exitoso.

El 50% de la plantilla laboral de la nueva fábrica estará integrada por mujeres y será la primera planta en que las mujeres participarán en todos los procesos de manufactura de café.

Se trata, además, no sólo de empleos tradicionales, sino de puestos laborales de calidad, donde no sólo la remuneración es superior sino también el beneficio social.

Crear valor desarrolla negocios, pero crear valor y compartirlo genera prosperidad.

Ecoce, la asociación que cambia residuos por despensa

En México existe un programa llamado Acopio Móvil que cambia tus residuos por despensa y es una iniciativa desarrollada por la asociación civil Ecoce.

Por ahora, esta iniciativa ha permitido recolectar más de 600 mil kilos de materiales y sigue generando interés por la nobleza de su objetivo.

Acopio Móvil no sólo busca concientizar sobre la importancia del reciclaje, sino también mostrarles el valor de los residuos a la población.

Con Acopio Móvil, Ecoce visita diferentes espacios públicos donde recibe los residuos de envases y empaques separados por tipo de material, y de acuerdo con su peso en kilos.

Los beneficiarios pueden canjearlos de manera inmediata por los productos de despensa, una acción que además de apoyar a la economía familiar, fomenta la separación de residuos inorgánicos e incentiva el reciclaje.

Los beneficios ambientales que trae consigo el reciclaje son desde el ahorro de grandes cantidades de recursos naturales no renovables como agua y petróleo, así como de minerales y materias primas con las que se producen los envases y empaques.

Este 2022, Ecoce conmemora su 20 aniversario como una asociación fundada para contribuir a la educación ambiental y el manejo adecuado de los residuos de envases, así como empaques reciclables para su aprovechamiento.

La asociación ha recuperado más de 79 mil toneladas de envases y empaques en sus 20 años de operación, lo cual representó un ahorro de 62 millones de kilogramos de materia prima; el ahorro de agua para llenar 12 albercas olímpicas y una reducción de 305 camiones de basura en rellenos sanitarios.

Colágeno, unaindustria en auge en México y el mundo: Gelita

Un mercado en franco crecimiento es el del colágeno. El valor de mercado global de este producto podría llegar a los 5 mil 300 millones de dólares en 2026.

La versatilidad de este ingrediente, las tendencias globales de consumo y un comprador más preocupado por su salud, son los factores que impulsan las ventas.

En América Latina se registra un crecimiento del mercado de suplementos alimenticios y esto también ha beneficiado al mercado del colágeno.

El mercado del colágeno está evolucionando del colágeno hidrolizado hacia los péptidos bioactivos de colágeno. Ahí, la empresa Gelita quiere seguir ganando mercado.

Los péptidos bioactivos de colágeno pueden tener diferentes aplicaciones como la mejora de las condiciones de la piel, del cabello, para ir recuperando masa muscular, o también para uso deportivo cuando suele haber lesiones en las articulaciones.

Gelita produce y comercializa proteínas de colágeno y grenetina a más de tres cuartas partes del planeta.

En México, la empresa ha capitalizado el desarrollo en la industria del colágeno y se espera continúe con su crecimiento en los siguientes años.

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