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Sólo la muerte

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Recargados en la valla de metal contemplábamos el paso de las muchachas bellas y no tan bellas. Ellas, al igual que los varones no escapábamos a la insana costumbre de recibir un sobrenombre. Había especialistas en el fino arte de encontrar características físicas o de carácter, esos rasgos nos definían, y determinaban, por lo menos durante tres años de educación secundaria, la forma en que los compañeros iban a comunicarse con nosotros y nosotros con ellos.

Aunque no todos tenían sobrenombre, había también quienes se oponían a recibir un apelativo que no fuera, por lo menos, su apellido paterno. En el primero B destacaban, entre las mujeres: Mosca, Topoyiya y Wolf. Entre los varones estaban Come salchichas, Sapo, Abre cocos, León negro, Mafafo y Flaco.

Este último había recibido su mote debido a su constitución física: era menudo, delgado, de ojos saltones y redondos, y piel tostada, casi verdosa: como las lagartijas, justamente. Mafafo era reservado, podría decirse que era un estudiante promedio, nada extraordinario. Primo hermano de Flaco, galán del plantel, pretendido por féminas hasta cuyos oídos habían llegado las virtudes del doncel, notables a simple vista: abultada entrepierna, capaz de promover los mejores escarceos al amparo de las bardas altas, detrás de los talleres de cocina y belleza.

En resumen, Mafafo y Flaco sólo compartían apellido, de ninguna forma su constitución física estaba emparentada.

Como en toda buena clase que se jacte de un mínimo prestigio, estaba Maya, otro galán de la clase, pedante y agresivo. El patán, provocador de conflictos y cobarde, cual víctima de espectro ultraterreno a la hora de los golpes. Maya era su apellido paterno, por lo tanto, pertenecía al selecto, reducido grupo que no contaba con una credencial de afiliación a la penitenciaría en la que estaríamos recluidos durante tres años.

Maya, contrario a Mafafo, había rebasado la línea que divide al estudiante promedio del mediocre. Era, en términos prácticos, el personaje que se colaba en el costal de la concesión de los profesores, aquella que busca cumplir con una cuota establecida de alumnos que deben aprobar, y, al mismo tiempo, impulsa la mediocridad de quienes no debieron. Maya poseía ciertas galanterías y habilidades rastreras que le permitían aprobar con la mínima calificación y el mínimo esfuerzo. Qué importaban los seis y los siete en la boleta, si podía navegar suave, libre y pretensioso en un mundo sin exigencias.

Durante tres años, cada personalidad fue tomando su propio derrotero. Aprendimos a conocernos y a evitarnos. A pensar que nos enamorábamos y, de inmediato, a desenamorarnos. Era tanta la variedad, la oferta y la demanda que las hormonas brincoteaban jubilosas dentro de nuestros cuerpos en constante transformación. Aprendimos a mirarnos con otros ojos, a desear, a sufrir. Por primera vez experimentamos la frustración y el desamor. El odio y el arrepentimiento. Los sentidos alterados que nuestros tutores enfriaban con cubos de realidad congelante.

Fue en el tercer año escolar que esa realidad empezó a alcanzarnos. Debíamos decidir hacia dónde continuaríamos. Éramos hijos de una generación que no tuvo la oportunidad de recibir una educación media superior. De hecho, buen número de quienes integrábamos el tercero B y del resto de los grupos, no pudieron continuar preparándose, muchos se emplearon en el negocio u oficio familiar: carpinteros, costureros, albañiles, empleados de limpieza en oficinas de gobierno, tenderos, herreros, plomeros, cocineros…

Cuando faltaban menos de tres meses para que concluyéramos el tercer grado, y con ello nuestra educación secundaria, nuestras hormonas comenzaron a estallar como una fábrica de pirotecnia descontrolada. Las faldas de las compañeras se acortaron —lo que recibimos con gran beneplácito—, mostrando diferentes tipos de piernas, las había delgadas, bien torneadas, de rodillas percudidas; las había de una perfecta composición entre muslos, rodillas y pantorrillas; también había finas y estilizadas como de bailarina clásica, anchas y macizas como piernas ahumadas de jamón serrano. Descubrimos tonos de piel que por casi tres años estuvieron vedados a las miradas curiosas.

—¿Dónde tuviste escondido ese color tan bonito que te sube de las rodillas con rumbo hacia el ombliguito? —era el piropo que todos parecíamos compartir, pero sólo nos atrevíamos a pensar. En este rubro, las mujeres empezaron su despertar con antelación mayor a los varones. No sólo se trataba de reducir la falda hasta su mínima y permitida, socialmente, expresión, sino que las jóvenes mujeres habían ido más allá en su arreglo personal, eran conscientes de sus dotes seductoras, y se daban el lujo de optar entre una gran variedad de simios rabiosos que transpirábamos testosterona. Habían descubierto que el control social puede empezar por el control sexual, que jalan más dos… en fin, que ellas ordenaban el mundo, que bastaba guiñar un ojo, menear una pestaña, hacerse las desentendidas, para que los Ilusos Paris cayeran, una y otra vez, y por toda la eternidad, en la tentación de raptar Helenas de Esparta para desencadenar verdaderos conflictos.

Y aunque usted que está leyendo esta historia, pudo haber pensado que la narrativa empezaba a tomar rumbo hacia la tragedia griega que cito, le ruego dispense mis desvaríos. Mi intención primera fue ofrecer a usted un panorama breve pero sustantivo del entorno. Pero mis ingenios fueron presa de recuerdos, arrebatos y comezones que el cuerpo, al fin cuerpo, siempre recordará, pese a las condiciones en que la zalea se encuentre.

Dicho lo anterior, procedo a retomar el cauce: una tarde en que me empeñaba en acomodar las rubias superiores en el refrigerador, se presentó, del otro lado del mostrador donde me desempeñaba como dependiente en el negocio de mi abuela, un tipo alto de figura espigada y voz de barítono que, a pesar de los años transcurridos, identifiqué prontamente como la voz de mi compañero de escuela secundaria: Mafafo.

Cosa no fácil de explicar, en tanto, procesos diversos pretendieron acomodo en mi cabeza. Era más fácil pensar en la distribución de latas y cajas sobre los anaqueles, hacer las cuentas por tal o cual pedido o disponer el efectivo para liquidar saldos de proveedores refresqueros, fritureros o cerveceros.  El asunto es que sentí contento por encontrarme con mi compañero de grupo, ahora digno elemento de las fuerzas armadas e ingeniero en ciernes. No obstante, sólo el pantalón delataba el pulcro uniforme con el que pudiese identificársele como marino, excepto por el comentario salido de boca suya:

—Me da mucho gusto verte. Tengo este fin de semana franco y quise volver al barrio un rato. Vine a ver unos amigos que son tus vecinos. Quién diría que te iba a encontrar, que tendría la oportunidad de saludarte. ¿cómo te ha ido? ¿Seguiste estudiando? —preguntó con mirada de interés, no sin antes soltar un disimulado exabrupto, consecuencia de una posible ingestión de bebidas etílicas, adivinable por la simple expresión gustosa del borracho que transita por el estado eufórico.

Procedí a responder sus cuestionamientos. Una especie de orgullo recorrió mi lengua que se espabiló y cual alfombra nueva se desenrolló en historias varias, empezando por aquella en la que mencioné mis estudios casi concluidos de periodismo en la UNAM. También le comenté sobre la prosperidad alcanzada con la tienda de abarrotes de mi abuela, y no pasé por alto mi beneplácito de compartirle, como un viejo amigo que trae gratos recuerdos, un par de bebidas (yo refresco, él cerveza) cortesía de la casa.

Así transcurrieron los minutos de plática en torno de un mostrador de tienda de abarrotes, donde, cual dos alegres bohemios que desentierran recuerdos y anécdotas aparentemente olvidadas, él y yo, dos jóvenes-viejos conocidos se reencontraban. Ese día comprobé que nuestra historia, en particular, la historia de nuestra adolescencia revive la cadavérica memoria, rescatándonos de nuestra vejez prematura forzada por olvidos, aquella que se acostumbra a contabilizar sólo desdichas.

—Quiero matar al Maya —me dijo aquel hombre que se decía mi amigo. En un micro instante recordé la mirada de Maya, aquel tipo pedante, agresivo y cobarde con quien tuve algún desaguisado que derivaron en una efímera, pero no menos estruendosa, bronca donde ambos salimos lastimados en el rostro, pero que sirvió para marcar distancias y respetos.

—¿Por qué lo quieres mandar al mundo de las calacas pelonas? —pregunté, no sin mostrarle mi asombro, considerando que un tipo con una carrera prometedora en las fuerzas armadas, según mis criterios, no debería andar por ahí pretendiéndose un Lee Van Cleef de barrio. Di un sorbo a mi refresco y me sentí atragantado por unos segundos. Luego intenté sostener mi mirada en la suya, a fin de escudriñar profundamente las verdaderas intenciones de este moderno Hermann Göring. Pero no quise adelantar juicios y me dispuse a escuchar sus argumentos:

—Faltaban unos meses para que termináramos la secundaria. Había empezado ya mis trámites para ingresar a las fuerzas armadas. Pensé que por mi estatura no me iban a admitir. Recordarás que yo era un tipo bajo, más bien chaparro. De hecho, me decían Mafafo como la lagartija fotógrafa del programa de televisión Odisea burbujas, no sé si lo recuerdes —fingí demencia juvenil y dije que no recordaba su sobrenombre. ¿Quién en su sano juicio se pone a las trompadas con un militar zafado que habla de matar a alguien? ¿Quién me garantizaba que, de haber recordado su apelativo estudiantil, no me hubiese condenado a ser el nuevo blanco de su mira asesina?

Maya nos tenía hartos a muchos —coincidimos—. Decidimos llevar un arma a la escuela. La pistola era de mi tío, el papá de Flaco. León negro llevó las balas, cuatro. Antes del descanso fuimos al baño; ahí, en un cubículo, Abre cocos cargó el arma con las balas. León negro la guardó en una mochila y regresó al salón para entregarla a Flaco. Entonces, cuando el arma estaba lista y contábamos con un plan improvisado, nos dimos cuenta de que nadie tendríamos el valor de acabar con Maya, de dispararle con el arma. Ahí estaba, en medio de nosotros, una pistola cargada dentro de una mochila escolar. La matona parecía mirarnos a través del cierre entreabierto. Parecía decirnos “bola de cobardes”, “pocas bolas”. Éramos cuatro muchachos intentando acabar con las vejaciones matando a nuestro verdugo. —Guardé silencio por un momento, no se antojaba otro trago de bebida. Mafafo estaba diciendo otras cosas con otras palabras, no eran cosas de borrachos. Estaba hablando desde la rabia, desde el dolor que no se olvida, desde el infierno permanente del rencor. Sólo era asunto de escucharlo, de guardar silencio, de leer el cuaderno boca abajo o de espaldas, hasta que su alma se vaciara. Él retomó su historia:

—Maya tenía rabia porque Flaco tenía suerte con las chavas. Mi primo Flaco era enamorado, le gustaba cachondear con sus ninfas detrás del taller de cocina. Que yo sepa, ninguna de las chicas se sintió agredida, por el contrario, la fama de Flaco rebasó fronteras y de los otros grupos le llegó clientela. Un día que Flaco entró al baño, ahí estaban Maya y sus cuates: Marrana y Loco. Cada uno en lo suyo en los mingitorios. Entonces Maya intentó provocar a Flaco diciéndole que, si a poco era cierto que calzaba grande, que puros cuentos, que nomás era un diez de canela. Mi primo no le hizo caso: se subió el cierre del pantalón y fue hasta el lavamanos. Maya siguió su intento de provocarlo. Total, que Flaco le dijo algo así como que “tu mamá está contenta con mis servicios y si ella es feliz, yo también”. Esto enfureció a Maya, quien pidió a sus compinches que cerraran la puerta y sujetaran a Flaco.  —Mi amigo hizo una pausa. Tragó una gran bocanada de aire y continuó:

— Maya violó a Flaco con la ayuda de sus cuates. Cuando acabó le dijo: “A ver si eres capaz de decirle a todas tus novias que ya perdiste la virginidad”. Maldito cobarde degenerado. Dos años después, Flaco se suicidó. Nunca le dijo a nadie. No siguió estudiando, no pudo continuar. Los chochos antidepresivos le alivianaban, pero no pudo superarlo. Antes de quitarse la vida me pidió que mandara a Maya al infierno. Yo se lo prometí. Tú me vas a decir, hermano, dónde vive Maya, el mayatón. Lo voy a matar y nadie tiene el poder de impedírmelo. Te lo juro, así como se lo juré a Flaco.

Quedé en silencio. Eran demasiados sentimientos en una sola historia. Escuchar la voz del dolor me había apretujado el corazón, sentí dentro del pecho un periódico hecho bola. También sentí empatía por mi amigo, y por Flaco, por los últimos días de su vida. Vinieron hasta mi mente los recuerdos de aquellas épocas cuando queríamos abandonar, a grandes zancadas, la infancia. Miré a Mafafo. Destapé otra cerveza para él y una para mí. En silencio, ambos levantamos los envases. Él esperaba una respuesta. Yo se la di:

— Mira, hermano. Agradezco tu confianza, esto es tan personal, tan duro. Te juro que sólo escuchar tus palabras me provocó sentir un agravio personal, impotencia. Hasta podría decirte que en otro momento te hubiera acompañado y ambos hubiéramos acabado con Maya de la peor forma posible, como una rata rabiosa, como la maldita alimaña que fue durante su vida. Veo hacia el pasado y sólo quiero recordar cosas agradables. Me enferma el dolor de los otros. Hoy te voy a pedir que olvidemos juntos —él me miró extrañado—. Te explico, le dije: la casa de Maya quedaba por la misma ruta que tomaba mi transporte cuando iba rumbo a la escuela en el bachillerato. Frecuentemente, tomaba asiento del lado de la ventana del transporte. Soy un curioso natural, me encanta ver a las personas, las cosas, las casas… Una tarde, mientras me embelesaba poniendo mi atención en una joven guapa que caminaba sobre la acera, me pareció distinguir un rostro conocido: era Maya. Casi indigente, nuestro compañero de escuela, el maldito de quien has venido a pedirme información para matarlo, inhalaba el solvente de una estopa. Con la mirada perdida, vestido con harapos, debo decirte, sentí pena por él. Nada quedaba de aquel tipo pedante, agresivo y abusivo, era una sombra triste que arrastraba los pies dentro de unos hilachos que, en otro tiempo, tal vez, fueron zapatos, vestía ropas recubiertas con innumerables capas de mugre. Sin embargo, ahí estaban esos ojos, inconfundibles, tristes hasta cuando intentaban hacer el mal.

—No me importa si se lo está llevando la tiznada —me interrumpió—. Ya te dije que lo voy a matar y que nadie tiene el poder para impedírmelo. —Volví a dar un sorbo a mi cerveza y atendí un par de clientes. Entonces le dije: no he terminado:

—Durante varios meses, tal vez un par de años, coincidí con aquella sombra gris en mi camino rumbo a la escuela. Una tarde, cuando para variar iba retrasado, mientras el autobús hacía la enésima parada para subir pasaje, yo imploraba que el tiempo no transcurriera porque mi profesor de literatura era un tipo mamón y sumamente exigente que consideraba los retrasos como inasistencias, y con tres inasistencias reprobabas el curso. Yo había acumulado dos faltas, estaba a un paso de perder el semestre de esa materia. Realmente estaba angustiado.

Entonces reparé en un grupo de indigentes que manoteaban entre sí como monos rabiosos. El autobús no avanzaba. Yo continuaba rezando y mirando con cierto desdén. Tres hombres increpaban a uno, a Maya, lo reconocí cuando avanzó un poco más el camión. La visión desde mi ventana quedaba justo enfrente del grupo de hombres. Uno de ellos hacía señas sobre la cara de Maya. Éste, con la mirada extraviada, tal vez con el cerebro desecho por el solvente, parecía no darse cuenta, parecía haberse fugado de la realidad. Entonces, uno de los hombres, el que estaba a la izquierda de nuestro conocido, sacó de entre sus ropas una punta de fierro, larga, enmugrada, y sin mayor argumento la clavó en el pecho de Maya, quien sólo abrió los ojos y cayó de rodillas sobre la banqueta, a unos pasos del arrollo vehicular. El hombre repitió la agresión, una y otra vez. Hasta que el cuerpo inerte del caído quedó enmarcado en un espejo extraño de sangre y el hombre exhausto sobre él. Hermano: la misma sangre con la que pretendes ensuciar tus manos, aquel día fue devorada por el mismo suelo con singular deleite. Yo fui testigo. No tengo por qué mentirte.

Aquel amigo me pidió que saliera del negocio, que superáramos la distancia que mediaba entre el mostrador y nosotros. Un fuerte abrazo selló nuestra amistad. Se despidió con un saludo militar y dio media vuelta. En poco tiempo, durante una corta pero emotiva charla, supimos que el tiempo había transcurrido en nuestras vidas. Después de que él se fue, tengo la seguridad de que ambos teníamos, por fin, la certeza de ser hombres.

*Imagen: Alfredo Arcos, artista de Neza.

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Opinión

Fuera de Balance / Inversión privada, motor que no debe detenerse

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Por Ángel Pérez Sánchez

La inversión privada se mantiene como el pilar más sólido para garantizar la estabilidad y el crecimiento de México. Más allá de los indicadores macroeconómicos, es el flujo de capitales, nacionales y extranjeros, lo que traduce las proyecciones en empleos reales, infraestructura y competitividad. Cuando una empresa destina sus recursos económicos en territorio mexicano, no solo apuesta por un mercado consumidor, sino por la capacidad técnica de su gente y la posición estratégica del país en las cadenas de valor globales.

Esta semana, tres anuncios de sectores tan diversos como el de consumo masivo, la belleza y la manufactura pesada, confirman que, pese a los retos, la brújula de los negocios sigue apuntando hacia la consolidación en suelo azteca.

Nestlé apuesta en el Edoméx

La firma suiza Nestlé destinará una inversión de 455 millones de dólares. Lo interesante de este movimiento es su dualidad: 275 millones se destinan a modernizar sus cinco plantas ya existentes (desde el alimento para mascotas en Cuautitlán hasta los snacks saludables en Tultitlán), mientras que 180 millones dan vida a un nuevo Centro de Distribución (CEDIS) en Zumpango.

Con una capacidad de 90 mil posiciones de pallets, este CEDIS no es solo un almacén; es una declaración de eficiencia. Según Fausto Costa, presidente ejecutivo de la compañía, la hoja de ruta incluye automatización y mejoras en eficiencia hídrica y energética. Para una entidad que alberga a casi 3,000 colaboradores directos de la firma, esta inyección de capital asegura que la manufactura mexiquense siga siendo el corazón operativo de Nestlé en la región.

Natura y la conquista del “retail”

Por otra parte, en el sector de venta directa, Natura está rompiendo el molde tradicional. La compañía anunció la apertura de 10 nuevas tiendas y 10 franquicias para este 2026, buscando alcanzar 34 puntos de venta físicos. El objetivo es claro: capitalizar un mercado de belleza que en México supera los 14,000 millones de dólares anuales.

Francisco Demesa, director general de Natura y Avon, ha sido enfático: México es el mercado de habla hispana con mejores oportunidades en Latinoamérica. El giro hacia las franquicias es estratégico, pues permite fomentar el emprendimiento local manteniendo los estándares de una marca global. Es, en esencia, la evolución de la venta por catálogo hacia una experiencia omnicanal donde el consumidor decide dónde y cómo interactuar con la marca.

Die Casting: El silencio estratégico de la manufactura

El sector industrial se prepara para una cita clave en el Bajío. Los próximos 15 y 16 de abril, la Die Casting Expo México 2026 aterrizará en el Centro de Congresos de Querétaro. La fundición a presión es, quizás, uno de los héroes anónimos de nuestra economía; sin ella, las industrias automotriz y aeroespacial simplemente se detendrían.

México se ha consolidado como un centro de manufactura avanzada, y la región del Bajío —Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí y Aguascalientes— es el epicentro de este ecosistema. El evento no solo será una vitrina de maquinaria y aleaciones, sino un termómetro para medir cómo la automatización y la ingeniería de precisión están respondiendo a la creciente demanda de componentes especializados en Norteamérica.

En el balance final…

Desde el café que consumimos hasta las piezas de alta precisión de un motor, la inversión privada está presente. Que estas empresas sigan expandiendo sus líneas de producción y abriendo puntos de venta es la mejor señal de que México, con su infraestructura y talento, sigue siendo un destino indispensable para el capital global.

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Opinión

Precios en Mercado de Potencia marcan futuro del MEM

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Por Emiliano Sánchez*

El Mercado Eléctrico Mayorista (MEM), como cualquier otro, se mueve al ritmo de la oferta y la demanda. En el sector energético, más allá de una simple ley de mercado, las fluctuaciones de los precios reflejan las condiciones de todo el sistema eléctrico.

A partir del 2023, los precios en el Mercado para el Balance de Potencia (MBP), que forma parte del MEM, captaron la atención del sector y las empresas debido a su aumento exponencial. En términos sencillos, la potencia puede entenderse como la disponibilidad de capacidad firme para atender la máxima demanda de electricidad que requieren los usuarios para cubrir sus necesidades.

Los costos de la Potencia para un año se calculan por el nivel de oferta y demanda durante las 100 horas críticas del año anterior. Durante la pandemia, los precios se mantuvieron por debajo de 1 millón de pesos (mdp) por MW/año. En 2022, bajo el cálculo de 2021, aún se mantenía un rezago, con precios que incluso llegaron a cero. Posteriormente, hubo incrementos: de 0 a 3 mdp y luego a 4.6 mdp. En febrero de 2025, con la operación de 2024, el precio por MW alcanzó un récord histórico con 4.9 MDP/MW-año.

En 2025, cuatro factores propiciaron un panorama más equilibrado: mayor generación hidroeléctrica, ausencia de salidas a mantenimiento en verano, mejor planeación del sistema y una mayor disponibilidad de generación de energía. Esto permitió que las condiciones fueran más favorables, con un precio neto de 4.3 MDP/ MW. De hecho, en 2025, las horas críticas se concentraron principalmente entre abril y junio, periodo en el cual la disponibilidad de generación fue mayor, logrando un factor de cruce de oferta y demanda de 1.37 (menor al factor de 2.00 de 2024)

Tecnología y planeación

En este 2026, bajo el cálculo de 2025, el Mercado para el Balance de Potencia (MBP) inició un nuevo ciclo tras la revisión de la Tecnología de Generación de Referencia (TGR) realizada en 2025, proceso que ocurre cada tres años, la cual sirve como base para calcular el precio de la potencia.

Si bien la actualización de los parámetros asociados a la TGR es favorable para reflejar la situación actual del sistema eléctrico y los costos actuales de las Centrales de Generación, así como para dar visibilidad a las empresas que ya operan en el MEM, en esta nueva etapa el verdadero ahorro no solo dependerá de un mercado más ordenado, sino de la integración estratégica de tecnologías “detrás del medidor”.

Al sumar soluciones de almacenamiento en baterías (BESS) para la gestión de picos de demanda y el traslado de consumo de horarios en dónde la red está más saturada a horarios con menor estrés, las organizaciones no solo estarían comprando energía más barata, también blindarían su operación contra futuras fluctuaciones en los precios del MBP.

El futuro que marca la regulación

La industria energética en México está en plena evolución. Los cambios regulatorios recientes, como la publicación de la Ley del Sector Eléctrico (LSE) y la incorporación de las Disposiciones Administrativas de Carácter General (DACG) para el autoconsumo, están sentando las bases para una mayor claridad y flexibilidad en la integración de soluciones energéticas.

El futuro del MEM y del Mercado de Potencia parece estar tomando un giro positivo. Aunque persisten varios retos, la planeación estratégica es una oportunidad para las empresas que deseen fortalecer su posición en el mercado a través de la implementación de soluciones integrales de energía.

*El autor es Director de Suministro Calificado de Energía Real.

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Mercado petrolero se enciende por chispa geopolítica

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Por: Jaime Álvarez, CFA y vicepresidente de Inversiones en Skandia

El mercado internacional del petróleo ha experimentado un incremento repentino en sus precios durante 2026 debido a una serie de tensiones geopolíticas que impactan directamente la oferta mundial de crudo.

El detonante principal ha sido la escalada del conflicto en Medio Oriente, particularmente los enfrentamientos entre Irán, Israel y Estados Unidos, que han generado ataques a buques petroleros y retrasos en las rutas marítimas de transporte energético. Esta situación ha provocado preocupación sobre la seguridad del suministro global, especialmente en el Estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más importantes del planeta.

Debido a estas tensiones, cientos de petroleros han quedado detenidos o han tenido que cambiar de ruta, lo que ha reducido temporalmente la disponibilidad de crudo en el mercado internacional y ha presionado los precios al alza.

El salto en los precios: del equilibrio a la tensión del mercado

Ante este tema importante, unos puntos relevantes que observa Jaime Álvarez, vicepresidente de inversiones de Skandia LatAm, es que antes de estos acontecimientos, el precio del barril de petróleo Brent, que es una referencia para gran parte del comercio mundial:

  • Se encontraba alrededor de $72.9 dólares por barril
  • Tras el conflicto en Medio Oriente y las interrupciones en el transporte marítimo, el precio del barril ha aumentado hasta aproximadamente $100 dólares
  • En términos más amplios, durante el último mes el precio del petróleo Brent ha aumentado cerca del 50%, reflejando la sensibilidad del mercado energético ante eventos políticos o militares que afecten el suministro, observa Álvarez. 

Este aumento ocurre porque el petróleo es un recurso estratégico cuya oferta depende en gran medida de la estabilidad política de las regiones productoras. Cuando existe riesgo de interrupción en la producción o transporte, los mercados reaccionan anticipando escasez futura. En el caso actual, la reducción de producción en algunos países exportadores y los ataques a infraestructuras energéticas han reducido la oferta disponible.

Además, algunos analistas estiman que, si la crisis se prolonga, podrían perderse temporalmente hasta 3.3 millones de barriles diarios de suministro mundial, lo que intensificaría aún más el aumento de precios. 

El Estrecho de Ormuz parece ser el cuello de botella

Una razón adicional por la cual este conflicto tiene un impacto tan fuerte en los precios del petróleo es la importancia de las rutas marítimas por donde se transporta el crudo. La más importante de ellas es el Estrecho de Ormuz, ubicado entre Irán y Omán. Por este estrecho circulan aproximadamente entre 17 y 20 millones de barriles de petróleo cada día, lo que representa cerca del 20% del consumo mundial de petróleo.

Esto significa que uno de cada cinco barriles que se consumen en el mundo pasa por esta ruta marítima. Si se calcula el valor económico de ese volumen con un precio aproximado de $80 dólares por barril, el comercio diario que atraviesa este punto supera los $1,600 millones de dólares. Debido a esta enorme cantidad de energía transportada, cualquier amenaza o bloqueo en esta zona provoca de inmediato un aumento en los precios internacionales del crudo. 

El petróleo que atraviesa estas rutas tiene como principales destinos los países asiáticos, especialmente China, India, Japón y Corea del Sur, que dependen fuertemente de las importaciones de energía para sostener su crecimiento económico. Se estima que alrededor del 38% del petróleo que pasa por el Estrecho de Ormuz se dirige hacia China, lo que demuestra la relevancia estratégica de esta ruta para la economía global.

El aumento del precio internacional del petróleo también se ve reflejado sobre el costo de las gasolinas en muchos países, incluido México. Aunque México produce petróleo, importa grandes cantidades de gasolina y diésel, principalmente desde Estados Unidos, debido a la limitada capacidad de refinación nacional. En otros países ya se han observado incrementos importantes en los combustibles, con aumentos cercanos al 6% al 9% en el precio por litro en algunas regiones tras el reciente aumento del petróleo. 

En el caso de México, el gobierno federal ha aplicado diversas medidas para evitar que el aumento internacional del petróleo se traslade completamente al consumidor. Entre estas medidas se encuentran los estímulos fiscales al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), que permiten reducir temporalmente los impuestos aplicados a las gasolinas cuando los precios internacionales aumentan.

De esta manera, el gobierno absorbe parte del incremento para evitar un impacto directo en la población. Sin embargo, estas políticas tienen un costo para las finanzas públicas, ya que reducen los ingresos fiscales que normalmente se obtendrían por la venta de combustibles.

El aumento del precio del petróleo puede tener efectos mixtos sobre el gasto público mexicano. Por un lado, cuando el precio internacional del crudo sube, México obtiene mayores ingresos por exportaciones petroleras, lo que beneficia al presupuesto federal. Por otro lado, si el gobierno mantiene subsidios o estímulos fiscales para evitar aumentos en las gasolinas, estos ingresos adicionales pueden reducirse considerablemente. En consecuencia, el impacto final depende del equilibrio entre mayores ingresos petroleros y el costo de las medidas para contener el precio de los combustibles.

Lo que viene: escenarios para el mercado petrolero

Las perspectivas para los próximos meses, de acuerdo con diversos analistas, señalan que el precio del petróleo podría mantenerse en niveles cercanos a los 80 dólares por barril si las tensiones geopolíticas continúan, aunque en escenarios más extremos podría incluso acercarse a los 100 dólares por barril en caso de que se produzcan interrupciones mayores en el suministro global. 

Este panorama refleja la estrecha relación entre la política internacional y los mercados energéticos, donde eventos militares o diplomáticos pueden modificar en cuestión de días el precio de uno de los recursos más importantes para la economía mundial. 

El incremento del precio del barril en pocos días refleja la sensibilidad del mercado energético ante cualquier amenaza al suministro global. Este fenómeno tiene implicaciones directas para la economía mundial, el precio de los combustibles y las políticas energéticas de los gobiernos, incluido el de México, que deberá equilibrar los ingresos petroleros con las medidas necesarias para evitar un aumento excesivo en el precio de las gasolinas.

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