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Sólo la muerte

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Recargados en la valla de metal contemplábamos el paso de las muchachas bellas y no tan bellas. Ellas, al igual que los varones no escapábamos a la insana costumbre de recibir un sobrenombre. Había especialistas en el fino arte de encontrar características físicas o de carácter, esos rasgos nos definían, y determinaban, por lo menos durante tres años de educación secundaria, la forma en que los compañeros iban a comunicarse con nosotros y nosotros con ellos.

Aunque no todos tenían sobrenombre, había también quienes se oponían a recibir un apelativo que no fuera, por lo menos, su apellido paterno. En el primero B destacaban, entre las mujeres: Mosca, Topoyiya y Wolf. Entre los varones estaban Come salchichas, Sapo, Abre cocos, León negro, Mafafo y Flaco.

Este último había recibido su mote debido a su constitución física: era menudo, delgado, de ojos saltones y redondos, y piel tostada, casi verdosa: como las lagartijas, justamente. Mafafo era reservado, podría decirse que era un estudiante promedio, nada extraordinario. Primo hermano de Flaco, galán del plantel, pretendido por féminas hasta cuyos oídos habían llegado las virtudes del doncel, notables a simple vista: abultada entrepierna, capaz de promover los mejores escarceos al amparo de las bardas altas, detrás de los talleres de cocina y belleza.

En resumen, Mafafo y Flaco sólo compartían apellido, de ninguna forma su constitución física estaba emparentada.

Como en toda buena clase que se jacte de un mínimo prestigio, estaba Maya, otro galán de la clase, pedante y agresivo. El patán, provocador de conflictos y cobarde, cual víctima de espectro ultraterreno a la hora de los golpes. Maya era su apellido paterno, por lo tanto, pertenecía al selecto, reducido grupo que no contaba con una credencial de afiliación a la penitenciaría en la que estaríamos recluidos durante tres años.

Maya, contrario a Mafafo, había rebasado la línea que divide al estudiante promedio del mediocre. Era, en términos prácticos, el personaje que se colaba en el costal de la concesión de los profesores, aquella que busca cumplir con una cuota establecida de alumnos que deben aprobar, y, al mismo tiempo, impulsa la mediocridad de quienes no debieron. Maya poseía ciertas galanterías y habilidades rastreras que le permitían aprobar con la mínima calificación y el mínimo esfuerzo. Qué importaban los seis y los siete en la boleta, si podía navegar suave, libre y pretensioso en un mundo sin exigencias.

Durante tres años, cada personalidad fue tomando su propio derrotero. Aprendimos a conocernos y a evitarnos. A pensar que nos enamorábamos y, de inmediato, a desenamorarnos. Era tanta la variedad, la oferta y la demanda que las hormonas brincoteaban jubilosas dentro de nuestros cuerpos en constante transformación. Aprendimos a mirarnos con otros ojos, a desear, a sufrir. Por primera vez experimentamos la frustración y el desamor. El odio y el arrepentimiento. Los sentidos alterados que nuestros tutores enfriaban con cubos de realidad congelante.

Fue en el tercer año escolar que esa realidad empezó a alcanzarnos. Debíamos decidir hacia dónde continuaríamos. Éramos hijos de una generación que no tuvo la oportunidad de recibir una educación media superior. De hecho, buen número de quienes integrábamos el tercero B y del resto de los grupos, no pudieron continuar preparándose, muchos se emplearon en el negocio u oficio familiar: carpinteros, costureros, albañiles, empleados de limpieza en oficinas de gobierno, tenderos, herreros, plomeros, cocineros…

Cuando faltaban menos de tres meses para que concluyéramos el tercer grado, y con ello nuestra educación secundaria, nuestras hormonas comenzaron a estallar como una fábrica de pirotecnia descontrolada. Las faldas de las compañeras se acortaron —lo que recibimos con gran beneplácito—, mostrando diferentes tipos de piernas, las había delgadas, bien torneadas, de rodillas percudidas; las había de una perfecta composición entre muslos, rodillas y pantorrillas; también había finas y estilizadas como de bailarina clásica, anchas y macizas como piernas ahumadas de jamón serrano. Descubrimos tonos de piel que por casi tres años estuvieron vedados a las miradas curiosas.

—¿Dónde tuviste escondido ese color tan bonito que te sube de las rodillas con rumbo hacia el ombliguito? —era el piropo que todos parecíamos compartir, pero sólo nos atrevíamos a pensar. En este rubro, las mujeres empezaron su despertar con antelación mayor a los varones. No sólo se trataba de reducir la falda hasta su mínima y permitida, socialmente, expresión, sino que las jóvenes mujeres habían ido más allá en su arreglo personal, eran conscientes de sus dotes seductoras, y se daban el lujo de optar entre una gran variedad de simios rabiosos que transpirábamos testosterona. Habían descubierto que el control social puede empezar por el control sexual, que jalan más dos… en fin, que ellas ordenaban el mundo, que bastaba guiñar un ojo, menear una pestaña, hacerse las desentendidas, para que los Ilusos Paris cayeran, una y otra vez, y por toda la eternidad, en la tentación de raptar Helenas de Esparta para desencadenar verdaderos conflictos.

Y aunque usted que está leyendo esta historia, pudo haber pensado que la narrativa empezaba a tomar rumbo hacia la tragedia griega que cito, le ruego dispense mis desvaríos. Mi intención primera fue ofrecer a usted un panorama breve pero sustantivo del entorno. Pero mis ingenios fueron presa de recuerdos, arrebatos y comezones que el cuerpo, al fin cuerpo, siempre recordará, pese a las condiciones en que la zalea se encuentre.

Dicho lo anterior, procedo a retomar el cauce: una tarde en que me empeñaba en acomodar las rubias superiores en el refrigerador, se presentó, del otro lado del mostrador donde me desempeñaba como dependiente en el negocio de mi abuela, un tipo alto de figura espigada y voz de barítono que, a pesar de los años transcurridos, identifiqué prontamente como la voz de mi compañero de escuela secundaria: Mafafo.

Cosa no fácil de explicar, en tanto, procesos diversos pretendieron acomodo en mi cabeza. Era más fácil pensar en la distribución de latas y cajas sobre los anaqueles, hacer las cuentas por tal o cual pedido o disponer el efectivo para liquidar saldos de proveedores refresqueros, fritureros o cerveceros.  El asunto es que sentí contento por encontrarme con mi compañero de grupo, ahora digno elemento de las fuerzas armadas e ingeniero en ciernes. No obstante, sólo el pantalón delataba el pulcro uniforme con el que pudiese identificársele como marino, excepto por el comentario salido de boca suya:

—Me da mucho gusto verte. Tengo este fin de semana franco y quise volver al barrio un rato. Vine a ver unos amigos que son tus vecinos. Quién diría que te iba a encontrar, que tendría la oportunidad de saludarte. ¿cómo te ha ido? ¿Seguiste estudiando? —preguntó con mirada de interés, no sin antes soltar un disimulado exabrupto, consecuencia de una posible ingestión de bebidas etílicas, adivinable por la simple expresión gustosa del borracho que transita por el estado eufórico.

Procedí a responder sus cuestionamientos. Una especie de orgullo recorrió mi lengua que se espabiló y cual alfombra nueva se desenrolló en historias varias, empezando por aquella en la que mencioné mis estudios casi concluidos de periodismo en la UNAM. También le comenté sobre la prosperidad alcanzada con la tienda de abarrotes de mi abuela, y no pasé por alto mi beneplácito de compartirle, como un viejo amigo que trae gratos recuerdos, un par de bebidas (yo refresco, él cerveza) cortesía de la casa.

Así transcurrieron los minutos de plática en torno de un mostrador de tienda de abarrotes, donde, cual dos alegres bohemios que desentierran recuerdos y anécdotas aparentemente olvidadas, él y yo, dos jóvenes-viejos conocidos se reencontraban. Ese día comprobé que nuestra historia, en particular, la historia de nuestra adolescencia revive la cadavérica memoria, rescatándonos de nuestra vejez prematura forzada por olvidos, aquella que se acostumbra a contabilizar sólo desdichas.

—Quiero matar al Maya —me dijo aquel hombre que se decía mi amigo. En un micro instante recordé la mirada de Maya, aquel tipo pedante, agresivo y cobarde con quien tuve algún desaguisado que derivaron en una efímera, pero no menos estruendosa, bronca donde ambos salimos lastimados en el rostro, pero que sirvió para marcar distancias y respetos.

—¿Por qué lo quieres mandar al mundo de las calacas pelonas? —pregunté, no sin mostrarle mi asombro, considerando que un tipo con una carrera prometedora en las fuerzas armadas, según mis criterios, no debería andar por ahí pretendiéndose un Lee Van Cleef de barrio. Di un sorbo a mi refresco y me sentí atragantado por unos segundos. Luego intenté sostener mi mirada en la suya, a fin de escudriñar profundamente las verdaderas intenciones de este moderno Hermann Göring. Pero no quise adelantar juicios y me dispuse a escuchar sus argumentos:

—Faltaban unos meses para que termináramos la secundaria. Había empezado ya mis trámites para ingresar a las fuerzas armadas. Pensé que por mi estatura no me iban a admitir. Recordarás que yo era un tipo bajo, más bien chaparro. De hecho, me decían Mafafo como la lagartija fotógrafa del programa de televisión Odisea burbujas, no sé si lo recuerdes —fingí demencia juvenil y dije que no recordaba su sobrenombre. ¿Quién en su sano juicio se pone a las trompadas con un militar zafado que habla de matar a alguien? ¿Quién me garantizaba que, de haber recordado su apelativo estudiantil, no me hubiese condenado a ser el nuevo blanco de su mira asesina?

Maya nos tenía hartos a muchos —coincidimos—. Decidimos llevar un arma a la escuela. La pistola era de mi tío, el papá de Flaco. León negro llevó las balas, cuatro. Antes del descanso fuimos al baño; ahí, en un cubículo, Abre cocos cargó el arma con las balas. León negro la guardó en una mochila y regresó al salón para entregarla a Flaco. Entonces, cuando el arma estaba lista y contábamos con un plan improvisado, nos dimos cuenta de que nadie tendríamos el valor de acabar con Maya, de dispararle con el arma. Ahí estaba, en medio de nosotros, una pistola cargada dentro de una mochila escolar. La matona parecía mirarnos a través del cierre entreabierto. Parecía decirnos “bola de cobardes”, “pocas bolas”. Éramos cuatro muchachos intentando acabar con las vejaciones matando a nuestro verdugo. —Guardé silencio por un momento, no se antojaba otro trago de bebida. Mafafo estaba diciendo otras cosas con otras palabras, no eran cosas de borrachos. Estaba hablando desde la rabia, desde el dolor que no se olvida, desde el infierno permanente del rencor. Sólo era asunto de escucharlo, de guardar silencio, de leer el cuaderno boca abajo o de espaldas, hasta que su alma se vaciara. Él retomó su historia:

—Maya tenía rabia porque Flaco tenía suerte con las chavas. Mi primo Flaco era enamorado, le gustaba cachondear con sus ninfas detrás del taller de cocina. Que yo sepa, ninguna de las chicas se sintió agredida, por el contrario, la fama de Flaco rebasó fronteras y de los otros grupos le llegó clientela. Un día que Flaco entró al baño, ahí estaban Maya y sus cuates: Marrana y Loco. Cada uno en lo suyo en los mingitorios. Entonces Maya intentó provocar a Flaco diciéndole que, si a poco era cierto que calzaba grande, que puros cuentos, que nomás era un diez de canela. Mi primo no le hizo caso: se subió el cierre del pantalón y fue hasta el lavamanos. Maya siguió su intento de provocarlo. Total, que Flaco le dijo algo así como que “tu mamá está contenta con mis servicios y si ella es feliz, yo también”. Esto enfureció a Maya, quien pidió a sus compinches que cerraran la puerta y sujetaran a Flaco.  —Mi amigo hizo una pausa. Tragó una gran bocanada de aire y continuó:

— Maya violó a Flaco con la ayuda de sus cuates. Cuando acabó le dijo: “A ver si eres capaz de decirle a todas tus novias que ya perdiste la virginidad”. Maldito cobarde degenerado. Dos años después, Flaco se suicidó. Nunca le dijo a nadie. No siguió estudiando, no pudo continuar. Los chochos antidepresivos le alivianaban, pero no pudo superarlo. Antes de quitarse la vida me pidió que mandara a Maya al infierno. Yo se lo prometí. Tú me vas a decir, hermano, dónde vive Maya, el mayatón. Lo voy a matar y nadie tiene el poder de impedírmelo. Te lo juro, así como se lo juré a Flaco.

Quedé en silencio. Eran demasiados sentimientos en una sola historia. Escuchar la voz del dolor me había apretujado el corazón, sentí dentro del pecho un periódico hecho bola. También sentí empatía por mi amigo, y por Flaco, por los últimos días de su vida. Vinieron hasta mi mente los recuerdos de aquellas épocas cuando queríamos abandonar, a grandes zancadas, la infancia. Miré a Mafafo. Destapé otra cerveza para él y una para mí. En silencio, ambos levantamos los envases. Él esperaba una respuesta. Yo se la di:

— Mira, hermano. Agradezco tu confianza, esto es tan personal, tan duro. Te juro que sólo escuchar tus palabras me provocó sentir un agravio personal, impotencia. Hasta podría decirte que en otro momento te hubiera acompañado y ambos hubiéramos acabado con Maya de la peor forma posible, como una rata rabiosa, como la maldita alimaña que fue durante su vida. Veo hacia el pasado y sólo quiero recordar cosas agradables. Me enferma el dolor de los otros. Hoy te voy a pedir que olvidemos juntos —él me miró extrañado—. Te explico, le dije: la casa de Maya quedaba por la misma ruta que tomaba mi transporte cuando iba rumbo a la escuela en el bachillerato. Frecuentemente, tomaba asiento del lado de la ventana del transporte. Soy un curioso natural, me encanta ver a las personas, las cosas, las casas… Una tarde, mientras me embelesaba poniendo mi atención en una joven guapa que caminaba sobre la acera, me pareció distinguir un rostro conocido: era Maya. Casi indigente, nuestro compañero de escuela, el maldito de quien has venido a pedirme información para matarlo, inhalaba el solvente de una estopa. Con la mirada perdida, vestido con harapos, debo decirte, sentí pena por él. Nada quedaba de aquel tipo pedante, agresivo y abusivo, era una sombra triste que arrastraba los pies dentro de unos hilachos que, en otro tiempo, tal vez, fueron zapatos, vestía ropas recubiertas con innumerables capas de mugre. Sin embargo, ahí estaban esos ojos, inconfundibles, tristes hasta cuando intentaban hacer el mal.

—No me importa si se lo está llevando la tiznada —me interrumpió—. Ya te dije que lo voy a matar y que nadie tiene el poder para impedírmelo. —Volví a dar un sorbo a mi cerveza y atendí un par de clientes. Entonces le dije: no he terminado:

—Durante varios meses, tal vez un par de años, coincidí con aquella sombra gris en mi camino rumbo a la escuela. Una tarde, cuando para variar iba retrasado, mientras el autobús hacía la enésima parada para subir pasaje, yo imploraba que el tiempo no transcurriera porque mi profesor de literatura era un tipo mamón y sumamente exigente que consideraba los retrasos como inasistencias, y con tres inasistencias reprobabas el curso. Yo había acumulado dos faltas, estaba a un paso de perder el semestre de esa materia. Realmente estaba angustiado.

Entonces reparé en un grupo de indigentes que manoteaban entre sí como monos rabiosos. El autobús no avanzaba. Yo continuaba rezando y mirando con cierto desdén. Tres hombres increpaban a uno, a Maya, lo reconocí cuando avanzó un poco más el camión. La visión desde mi ventana quedaba justo enfrente del grupo de hombres. Uno de ellos hacía señas sobre la cara de Maya. Éste, con la mirada extraviada, tal vez con el cerebro desecho por el solvente, parecía no darse cuenta, parecía haberse fugado de la realidad. Entonces, uno de los hombres, el que estaba a la izquierda de nuestro conocido, sacó de entre sus ropas una punta de fierro, larga, enmugrada, y sin mayor argumento la clavó en el pecho de Maya, quien sólo abrió los ojos y cayó de rodillas sobre la banqueta, a unos pasos del arrollo vehicular. El hombre repitió la agresión, una y otra vez. Hasta que el cuerpo inerte del caído quedó enmarcado en un espejo extraño de sangre y el hombre exhausto sobre él. Hermano: la misma sangre con la que pretendes ensuciar tus manos, aquel día fue devorada por el mismo suelo con singular deleite. Yo fui testigo. No tengo por qué mentirte.

Aquel amigo me pidió que saliera del negocio, que superáramos la distancia que mediaba entre el mostrador y nosotros. Un fuerte abrazo selló nuestra amistad. Se despidió con un saludo militar y dio media vuelta. En poco tiempo, durante una corta pero emotiva charla, supimos que el tiempo había transcurrido en nuestras vidas. Después de que él se fue, tengo la seguridad de que ambos teníamos, por fin, la certeza de ser hombres.

*Imagen: Alfredo Arcos, artista de Neza.

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Nahle, una “pirata” en Veracruz

***Miguel Ángel Romero Ramírez

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“El infierno vino del mar” es una de las frases célebres con la que los veracruzanos recuerdan los asaltos históricos que sufrió la ciudad portuaria ubicada en el Golfo de México durante el siglo XVI y parte del XVII.

La entrada a la Nueva España fue este puerto que tuvo que convertirse en una fortaleza. Sin embargo, ahora, esos mismos ciudadanos alzan la voz ante una nueva amenaza, una que llega desde el “centro” y que se torna como imposición de Palacio Nacional: Rocío Nahle.

A pesar de que legalmente está facultada para ser candidata de Morena a la entidad, entre los veracruzanos el debate de fondo está en si vale la pena adoptar a la ex secretaria de Energía como uno de los suyos. La imborrable sensación de ser un territorio tomado por asalto por parte de grupos externos es un fantasma que sobrevuela entre las murallas edificadas y diseñadas para resistir saqueos.

La entidad es clave dentro del tablero político nacional. Se trata del cuarto padrón electoral con 6 millones de ciudadanos que podrán acudir a las urnas el próximo 2 de junio. Su multiculturalidad es potente y excepcional según la zona, comunidad o municipio.

Las diferencias entre unos y otros son acentuadas de acuerdo a la región. Sin embargo, en el imaginario colectivo crece de manera acelerada el mote de “pirata” para la candidata morenista. Se trata de un piso común que los empieza a unir rumbo al próximo proceso electoral.

No es que la ex funcionaria esté operando del todo mal, pues a pesar de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ya le castigó en 2021 por realizar propaganda gubernamental en medio de un proceso electoral, la candidata ha buscado generar alianzas al interior de la entidad que hoy en día gobierna Cuitláhuac García. Los resultados, hasta el momento, han sido pobres, en parte por la degradación social y la ingobernabilidad que azota a la entidad.

Los veracruzanos no son tontos y no perdieron de vista la búsqueda de imposición de una zacatecana para pretender gobernarlos. Recuerdan perfectamente el diseño de la Ley Nahle en donde el Congreso local aprobó una ridícula modificación a la Legislación local para que las personas que tuvieran hijos en Veracruz terminaran por ser veracruzanas. El absurdo intento que terminó por enmendar la Suprema Corte de Justicia de la Nación a inicios del año pasado tenía como fin único beneficiar a la ex funcionaria que vivía dicha circunstancia.

Las charlas en los principales comedores en la ciudad portuaria apuntan a que la Nueva España acabó, los virreinatos son obsoletos y que por más que se busque instaurar a una “pirata” que rinda tributo al “centro”, es decir, a Palacio Nacional, le será imposible concretar su asalto, ya que su principal obstáculo no es legal, sino recae en su falta de legitimidad.

“La ciudad está construida como una fortaleza y no dejaremos que externos nos transgredan. Nuestros antepasados ya le hicieron frente a españoles, ingleses y franceses. Ahora estamos listos para evitar que los problemas de delincuencia y pobreza se agraven de la mano de Rocío Nahle”, expresa un personaje que pide anonimato en la mesa de una de las cafeterías con más historia del heroico Puerto de Veracruz. Se trata de una sensación que crece y se expande.

¿Será que los tamborazos zacatecanos se imponen a los sones jarochos en Veracruz? De momento, la resistencia y la fortaleza ideológica e identitaria de los veracruzanos parece que prevalece. Foto: Internet

***Miguel Ángel Romero Ramírez

Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.

X: @MRomero_z

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Meméxico lindo y…

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Me acuerdo de Cabeza de Vaca… Es que no sé si Santiago Nieto o ya Pablo (Gómez), me llevaron un documento en donde el gobierno de Estados Unidos estaba solicitando información y luego supe de que… ¡Ah!, y que por eso se había iniciado la investigación en la fiscalía, por una solicitud del gobierno de Estados Unidos. Y luego supe de que el documento era apócrifo. ¡¿Cómo?! Pero no volví a saber más.

Esta declaración fue hecha por el presidente López Obrador durante su conferencia mañanera del viernes 9 de febrero. Muestra el verdadero rostro del gobierno federal morenista: la utilización de todo el poder gubernamental para someter políticamente a todos aquellos opositores o personajes que están en contra de la mal llamada cuarta transformación.

El caso del ex gobernador de Tamaulipas, Francisco Javier García Cabeza de Vaca, quien fue acusado falsamente de tener nexos con el narcotráfico con un apócrifo documento del FBI, puso de rodillas al tabasqueño, quien públicamente aceptó la mala actuación de sus entonces subalternos para incriminar a alguien que en ese momento le estorbaba para poner a uno de sus alfiles en la entidad.

Pero este caso no es el único caso donde López Obrador muestra el cobre, también está el de la ex titular de la Secretaría de Desarrollo Social y de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, Rosario Robles, quien fue presuntamente acusada del delito de desvío de recursos públicos en la llamada “Estafa Maestra”.

En este señalamiento, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México terminó por confirmar la falsedad de la licencia de conducir utilizada para encarcelar a Rosario Robles por parte de la Fiscalía General de la República, en claro detrimento de los derechos fundamentales de la ex jefa de gobierno de la capital del país.

Estos casos nos muestran como personajes cercanos al presidente y a su candidata presidencial, Claudia Sheinbaum, utilizaron las instituciones y recursos públicos para eliminar lo que ellos consideraban peligros políticos para su movimiento, amén del servilismo de Santiago Nieto y Ernestina Godoy.

Tanto López Obrador como su corcholata hablan de trabajar en la edificación del segundo piso de la cuarta transformación, esto en el marco del proceso electoral del próximo 2 de junio, olvidándose que el primero piso está cimentado en el engaño, la utilización de las instituciones públicas para coaccionar a opositores, la corrupción y la traición. Nos queda esperar solamente que el día de la elección, las y los mexicanos se encarguen de derruir a este gobierno que está destruyendo a México.

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El poco sexy antídoto contra la radicalización

***Miguel Ángel Romero Ramírez

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A nadie conviene la incertidumbre antes, durante y después del proceso electoral del próximo 2 de junio. Mientras el gobierno de la 4T y la oposición, así como los poderes fácticos, representados en el crimen organizado, la Iglesia, los medios de comunicación y los grandes empresarios, despliegan sus estrategias para arrebatar, conservar o conseguir más poder; el único anclaje históricamente funcional para hacer prevalecer una sociedad son las instituciones.

Defenderlas suele ser poco sexy. Más aún cuando existen personas que las encabezan y tienen como misión inmolarse junto a ellas. Algo muy sintomático en los tiempos de la Cuarta Transformación.

¿Cuidar a la Suprema Corte cuando la integran personajes como Lenia Batres, Yasmín Esquivel y Loretta Ortíz?. La respuesta: siempre. ¿Proteger una Comisión Nacional de Derechos Humanos aún encabezada por Rosario Piedra? Todo el tiempo. ¿resguardar la investidura presidencial? Por supuesto que sí.

Si bien la degradación institucional es, en parte, consecuencia de quienes están al frente de ellas, el fenómeno responde al encumbramiento del populismo como una forma de gobierno. Pocas cosas son más seductoras que las promesas superfluas a problemas complejos. No importa si es de ideología de derecha o de izquierda, este tipo de liderazgos se aprovechan del desencanto genuino y fundamentado que tiene el ciudadano por la democracia.

En ese sentido, el nuevo intento del presidente Andrés Manuel López Obrador para reformar la Constitución es consistente con lo que ha construido narrativamente durante décadas. “Al diablo con las instituciones” y “a mí que no me vengan con que ‘la ley es la ley’” son un mantra que lo dibuja a vísperas del término de su mandato.

Se trata de la radicalización de la que muchos teóricos como Yasch Mounk hablan al referirse al círculo vicioso en el que eventualmente todos los líderes populistas caen. En su objetivo por conservar el poder comienzan a impulsar acciones desesperadas que terminan por exhibirlos en su afán. Paradójicamente las muestras de fuerza terminan por debilitarlos.

No importa cuánto se esmeren los propagandistas. El círculo termina por cerrarse y no hay narrativa que alcance. Se trata de un ciclo natural de pérdida y obtención de poder, en donde el que menor tiempo lo retiene es quien se radicaliza más rápido. En ese sentido, lo que el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador promueve con sus iniciativas de ley en el marco de la conmemoración de la Constitución son un síntoma de este fenómeno que busca dinamitar el andamiaje institucional que él mismo usó para alcanzar la Presidencia.

Buscar que la seguridad pública pase a ser controlada por el Ejército es un síntoma de radicalización. Disminuir financieramente a los organismos autónomos y minar su reputación también lo es. Dejar inoperante la búsqueda e identificación de desaparecidos forma parte. Mantener una estrategia de brazos caídos frente el crimen organizado está en la misma ruta. Intentar maniatar al Instituto Nacional Electoral y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es lo mismo.

Con un proceso electoral histórico en puerta, la única salida que queda entre la ciudadanía es apostar por las instituciones. No se trata de defender a Guadalupe Taddei, sino a un instituto que literalmente costó sangre su emancipación del gobierno. Tampoco se trata de defender a los consejeros del INAI que usan la tarjeta de crédito institucional para pagar el table dance, sino de proteger nuestro derecho a la transparencia.

Parece aburrido, pero blindar a la institucionalidad es crucial si se busca construir una sociedad más justa en todos y cada uno de los sentidos. Es la única opción para caminar dentro del espectro de la democracia liberal.

Son pocos los perfiles que abonan en ese sentido. El 2024 depende particularmente de la institución que además de calificar las elecciones del próximo 2 de junio también podrá ayudar a emitir un diagnóstico sobre la calidad democrática que vive México, se trata del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en donde la magistrada Mónica Soto acaba de asumir hace algunas semanas su presidencia.

El reto es enorme: dar certeza y proveer gobernabilidad a la lucha institucional por el poder. Los indicios, de momento son esperanzadores. Sin duda son nuevos tiempos: México tendrá una nueva presidente de la República, pero también será una mujer quien encabeza el tribunal quien calificará dicha elección.

Su reciente denuncia sobre la injerencia del crimen organizado en las elecciones de 2024 la dota de valentía al elaborar un diagnóstico certero sobre uno de los principales enemigos de la democracia.

La ratificación de la multa en contra de Morena por parte del Tribunal por la promoción ilegal de Sheinbaum se erige como un oasis en medio del desmantelamiento institucional. La apuesta, aunque poco sexy debe ser la misma siempre: defender a nuestras instituciones y también visibilizar a quienes desde ahí trabajan en beneficio del país.

Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.

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