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Unos zapatos grandes

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Para Yoy

Con los dedos índice y medio toma un poco de base blanca y la unta sobre su rostro. La base es importante, es como el lienzo virgen que sustenta los trazos del artista. Las cejas, por su parte, son un elemento que armoniza el conjunto; arqueadas o pronunciadas, se conjugan en este ritual de la exageración.

Él sabe que el maquillaje es un elemento primordial para el artista, igual de importante que el vestuario, es como el cuerpo mismo que se transforma de acuerdo con los tiempos escénicos. Vaya, como la vida misma. Es el arte de la vida misma.

En él empezaron a habitar deseos de niño hasta transformarse gradualmente en ambiciones de artista. Desde pequeño denotaba una gracia muy particular para hacer reír a los demás. La banda de chiquillos del barrio festejaba sus ocurrencias.

Payaso era especial para las travesuras. Su mejor amigo era Jojoy, mejor conocido como el Dientei de Serrucho. Éste se ganó su sobrenombre debido a su problema de pronunciación: susituía las letras “erre” y “ese” por la letra “i”. De modo que si Jojoy intentaba piropear a una joven con la frase:

—“No muevas tanto la cuna porque despiertas al niño”, terminaba diciendo:

—“No muevai tanto la cuna poique deipieitai al niño”.

Esos piropos de Jojoy hacían reír a las jóvenes y le ganaron innumerables amigas al atrevido mozalbete. A ellas no les importaba que el ratón le hubiera devorado la lengua.

Payaso y Jojoy eran compañeros en la telesecundaria del barrio. Juntos echaban a andar las más notables travesuras: rompían los focos de las marquesinas, pintarrajeaban paredes, escribían recados de amor anónimos y los depositaban en los buzones de las casas de los maridos más celosos en la colonia. Mataban clase para irse a recorrer la colonia Maravillas, siempre atentos a las posibles miradas de familiares y vecinos. Compraban un peso de tortillas y un chile en vinagre, se sentaban a la orilla de la banqueta y consumían el taco y el tiempo hasta llegada la hora de salida de la escuela. Sus respectivas situaciones familiares, en ninguna forma representaban un motivo para amargarse.

Jojoy era hijastro de un proxeneta que golpeaba por igual a su madre, a él y a su hermano. El padrastro era tipo de baja estatura que compensaba sus complejos con bravatas y golpes. Para el muchacho resultaba más práctico salir de casa desde temprano y regresar por la noche, pero su madre le exigía que volviera a la hora de la comida, después de salir de la telesecundaria. Esa era la única hora obligada en que debía reportarse Jojoy. Así evitaba encontrarse con su padrastro que, por lo general, dormía la mona después de fumarse un churro. Los horarios del hombre fuera de la casa estaban entre las ocho de la noche y las diez de la mañana del día siguiente.

A las seis con cuarenta de la tarde, el hombre debía tener el agua caliente y a la temperatura correcta en un cubo de agua y lista en el improvisado baño. Un rastrillo con navaja nueva —debían dejar a la vista la envoltura de la navaja para que él pudiera comprobarlo—, un jabón para su uso exclusivo que le proveía un tendero del mercado y que conseguía sobre pedido en las tiendas grandes de la calle Jesús María. Las chanclas debían estar listas al pie del camastro donde dormía, y la ropa, perfectamente planchada y doblada sobre la silla de madera. Un trozo de espejo de regular tamaño, carcomido por la humedad le devolvía su luminosa sonrisa cuando orgulloso peinaba con vaselina su copete estilo Elvis Presley. Al pie del espejo, sobre una repisa, siempre en perfecto orden: un tarro grande de crema Teatrical, un peine de carey, un estuche con lentes ahumados tipo gota y un corta uñas.

Porque aquellos objetos eran de uso exclusivo del rey de la casa —así lo había declarado el propio monarca—, y ningún mocoso jijo de la tiznada tenía derecho a hacer uso de ellos.

—Primero deben aprender a ganar el dinero, para poder disfrutar de lo bueno. Por lo pronto sólo son piojos, alimañas que no producen, que sólo chupan la sangre de la gente que sí trabajamos, que somos productivos —era el sermón inspirador que daba el hombre a sus entenados.

La madre sólo guardaba silencio y bajaba la cabeza: cualquier mirada que pudiera ser interpretada por el hombre como una contravención de sus palabras resultaba en una andanada de puntapiés contra los insurrectos, quienes se limitaban a tirarse sobre el piso y adoptar la posición del caracol: encoger las piernas debajo del abdomen, cubrir con las manos la cabeza y ser dóciles ante la voluntad del soberano que se jactaba de tener dos mujeres en el negocio de la diversión, y gracias a ellas, y a su talento y finura, había comida en la mesa de ese cuchitril al que sólo regresaba porque era un hombre piadoso de verdad a quien debían agradecer —remataba su continua perorata.

Payaso, por su parte, sólo tenía un hermano. Era hijo de padre alcohólico y madre esquizofrénica. Por las tardes trabajaba en la tienda de La Chata acomodando las botellas retornables en sus rejas de plástico.

Frente a la tienda había un terreno baldío que hacía las veces de basurero. Ahí los chiquillos se entretenían apedreando ratas que rascaban hoyos en la tierra y lagartijas que asoleaban sus rugosas pieles sobre las bardas de tabique salitroso. Muchos tenían la sangre fría para apuntar y disparar proyectiles certeros contra los bichos que, con la mejor de las suertes, sólo perdían alguna extremidad.

El baldío conservaba un tramo de mampostería de aproximadamente un metro de alto. Monumento a la eterna construcción inconclusa en el barrio. La banda de bribones brincaba sin problemas aquel obstáculo para convertirse en pepenadores ocasionales de latas o botellas.

A la tienda de La Chata acudían los parroquianos para beber cervezas enfriadas en una hielera de lámina. Frecuentemente, los bebedores eran presa de la extorsión policiaca bajo el argumento de que estaba prohibido ingerir bebidas embriagantes en la vía pública.

Sin embargo, todas las tardes, una pareja de payasos se internaban en la noche sentados sobre aquel trozo de frustrada cimentación. Compraban varias cervezas en la tienda y fumaban cigarros Casinos, dejando cementerios nutridos de colillas a su alrededor. El hombre, que aparentaba, por su andar, más de cincuenta años, en cada sorbo a su bebida mostraba sus encías desdentadas y miraba de reojo a la mujer, quien, tímida, daba tragos largos que provocaban la espuma en la botella. De sus rostros blancos destacaban dos pares de ojos pequeños como estrellas. Era una especie de maquillaje de aparente ausencia, con unos labios tan rojos como una rebanada de sandía.

Aquel par, signo inequívoco de que el circo se había instalado sobre la calle siete, abonaban un paisaje diferente. La banda de pequeños rufianes siguió con atención sus movimientos durante tres días continuos, sin atreverse a molestarlos, incluso, sin la mínima aproximación. Eran regulares en su hora de llegada a la tienda: unos minutos, apenas pasadas las nueve de la noche; una vez que el público ingresaba a la última función, y ellos estaban libres de sus ocupaciones: lanzaban fuego durante dos horas continuas a la entrada de la enorme carpa para atraer espectadores, desde las siete hasta las nueve de la noche. El dueño del circo afirmaba que la mejor función, la más concurrida era la última.

Los payasos cara blanca aparecieron al tercer día en la tienda; tras varias cervezas y cigarros, algo en su corazón aceleró sus motores; tal vez era la gasolina que se filtró hasta su cuerpo, quizá, la que no terminó por consumirse en el estallido del dragón. La cerveza y el tabaco contribuyeron en aquella pirotecnia. Los dos vehículos de cara blanca, sin darse cuenta, giraron la llave de sus propios motores y su corazón gruñó como un Cadillac afinado y feroz. Porque bastó un cambio de luz imperceptible, pasaron del preventivo al verde intenso y juntaron sus labios en un beso, lubricado como un cigüeñal en perfecto estado. Así, pasaron a segunda, y luego a tercera, hasta que sus máquinas, ansiosas por devorar el camino del otro, por rasguñar y clavar sus afilados neumáticos sobre asfalto de los cuerpos, los estaba tornando en clásicos que deben tratarse con sumo cuidado.

Pero en aquel desboque de la máquina, no hubo clutch, ni balata, ni freno de motor. Era un camino interminable de bajada. Sus besos acelerados rompieron la tarde. Untaron sus lenguas sobre el maquillaje barato de sus rostros. Se besaron el cuello, y sus manos trazaron nuevas rutas bajos aquellos trajes desgastados, renegridos.

Los pequeños gandules contemplaron curiosos aquellos besos, aquel amor que los payasos se dieron a su manera, sin recatos, incendiario, provocador, extraño por desconocido; en el mismo lugar donde cazaban lagartijas y ratas. Los chiquillos sólo miraron, mudos, sin gestos, como posando para una fotografía; voyeristas de ocasión asomándose a otras realidades, estatuas de sal cuyo pecado, si algo pudiese imputárseles, hubiese sido la oportunidad: estaban en el momento justo y en el lugar preciso. Cualquier juez, bajo esas circunstancias, no dudaría: culpables. Milagrosamente, ninguna de las madres de familia se apersonaba a esa hora en la tienda de La Chata. No había motivo para temer que alguien rompiera la escena. Las estufas debían estar cociendo la cena y los tendederos soportando grandes cargas de ropa extendida, lista para orearse toda la noche.

Payaso y Jojoy rompieron aquel silencio atronador, tan lleno de preguntas, tan desbordante. En sus respectivos hogares, la mejor aproximación al verbo amar se relacionaba con los verbos tragar: “si no te quisiera no te daría de tragar”; golpear: “porque te quiero te pego”; habitar: “dale gracias a Dios que tienes un techo y no andas como perro en la calle dando lástimas” …

—No muevai tanto la cuna poique deipieitai al niño —dijo Jojoy.

—Jojoy dientei de serrucho —dijo Payaso y una feroz carcajada hizo que La Chata de la tienda saliera a correr con agua a los chamagosos.

—Órale, a su casa o le voy a decir a sus madres lo que estaban viendo —amenazó la dependienta y los chamacos corrieron en desbandada.

Los payasos cara blanca, atolondrados, medio abotonaron sus ropas, y caminaron abrazados, tambaleantes en dirección al circo, a cinco calles de distancia.

Los años transcurrieron. Payaso se casó joven y se convirtió en padre con las obligaciones que ello implica. Ejerció diferentes oficios: fue ayudante de taquero, pero picar cebolla y lavar las tripas le causaba llanto y repulsión; fue morrongo, pero la sangre le daba asquito; como ayudante de albañil también fracasó porque la mezcla le quedaba aguada.

Pero los caminos de Dios son inescrutables, y Payaso encontró la oportunidad de oro para ejercer profesionalmente el trabajo soñado, aquel que garantiza hacer lo que a cada uno le gusta y, además, recibir un salario por ejercerlo: se transformó en un auténtico payaso. Al principio no fue fácil. Aprender las rutinas y perfeccionarse en el difícil arte de hacer reír le costó varios litros de lágrimas: hubo quienes se negaron a pagarle bajo argumentos absurdos, y también recibió amenazas de muerte porque no hizo reír al padre del festejado. Pero quién puede hacer reír a un tipo drogado con solvente que se siente más gracioso que el artista.

Historias de este tipo le sucedieron con frecuencia. Regularmente, los chiquillos malcriados le arrancaban las narices postizas; en la mente de muchos estaba la idea de que agredir al payaso era un derecho, aceptable por aquello de “el que paga manda”, y “si no le gusta hacer reír, para qué se alquila”.

También hubo intentos fallidos de parroquianos que se creían graciosos e intentaron alburear al payaso sin medir las consecuencias; porque en eso de Melón y Melames, el payaso se pintaba solo y rápido como pronto les daba la vuelta y los volteaba de revés en su ignorancia supina, en lo más básico: el lenguaje del barrio. Pero a nadie le gusta perder, y menos ser albureados con inteligencia, por eso se victimizaban, y se negaban a pagar el espectáculo porque el payaso les había exhibido en sus primitivas pretensiones de joder a alguien, porque Payaso entendía bien aquello de la dignidad del artista. Porque les faltó barrio y sensibilidad para saber dónde y cuándo. Porque su jefita sólo les dijo que eran bonitos y ellos lo creyeron. Porque pensaron que sólo ellos podían ser malos y gandallas. Y de eso, payaso sabía mucho, y Jojoy, y la banda de chamagosos también. Porque Payaso estaba ganándose el pan haciendo algo que le gustaba, y que disfrutaba desde niño: hacer reír. Porque sabía que vivir amargado es un pesar. Por eso Payaso salía de su casa, casi todas las tardes de sábado y domingo, y se persignaba pidiéndole a Dios que le evitara tratos con tipos frustrados y gandallas.

Este día, Jojoy toma en sus manos la urna que contiene las cenizas de Payaso. Con un trozo de papel higiénico quita el polvo que ha logrado colarse al nicho donde reposa desde hace varios años. Esas inescrutables rutas divinas lo llevaron a formar una nueva familia en un país de Sudamérica, donde murió. Sólo la mitad del polvo al que volvió, según reza la sentencia bíblica, regresó al país. La otra mitad se quedó allá.

Jojoy resiste las ganas de reírse, porque aprendió a reír en la tragedia. Porque le causa gracia que su mejor amigo esté metido en una caja de madera aparentando ser la mismísima muerte: bufona, vacía, blofera y fanfarrona. Está seguro de que el Payaso está actuando.

Una vez que el empleado del panteón coloca el seguro en el nicho. Jojoy imagina a su amigo Payaso cumpliendo el viejo ritual del maquillaje. Mira su rostro tipo Augusto, aunque siempre ha sabido que su corazón era Tramp o vagabundo. Sabe por él que la mera existencia requiere de unos zapatos grandes.

En el camposanto, la voz y las risotadas de dos cábulas se escuchan claramente piropeando jóvenes imaginarias: “No muevai tanto la cuna poique deipieitai al niño”.

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Nahle, una “pirata” en Veracruz

***Miguel Ángel Romero Ramírez

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“El infierno vino del mar” es una de las frases célebres con la que los veracruzanos recuerdan los asaltos históricos que sufrió la ciudad portuaria ubicada en el Golfo de México durante el siglo XVI y parte del XVII.

La entrada a la Nueva España fue este puerto que tuvo que convertirse en una fortaleza. Sin embargo, ahora, esos mismos ciudadanos alzan la voz ante una nueva amenaza, una que llega desde el “centro” y que se torna como imposición de Palacio Nacional: Rocío Nahle.

A pesar de que legalmente está facultada para ser candidata de Morena a la entidad, entre los veracruzanos el debate de fondo está en si vale la pena adoptar a la ex secretaria de Energía como uno de los suyos. La imborrable sensación de ser un territorio tomado por asalto por parte de grupos externos es un fantasma que sobrevuela entre las murallas edificadas y diseñadas para resistir saqueos.

La entidad es clave dentro del tablero político nacional. Se trata del cuarto padrón electoral con 6 millones de ciudadanos que podrán acudir a las urnas el próximo 2 de junio. Su multiculturalidad es potente y excepcional según la zona, comunidad o municipio.

Las diferencias entre unos y otros son acentuadas de acuerdo a la región. Sin embargo, en el imaginario colectivo crece de manera acelerada el mote de “pirata” para la candidata morenista. Se trata de un piso común que los empieza a unir rumbo al próximo proceso electoral.

No es que la ex funcionaria esté operando del todo mal, pues a pesar de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ya le castigó en 2021 por realizar propaganda gubernamental en medio de un proceso electoral, la candidata ha buscado generar alianzas al interior de la entidad que hoy en día gobierna Cuitláhuac García. Los resultados, hasta el momento, han sido pobres, en parte por la degradación social y la ingobernabilidad que azota a la entidad.

Los veracruzanos no son tontos y no perdieron de vista la búsqueda de imposición de una zacatecana para pretender gobernarlos. Recuerdan perfectamente el diseño de la Ley Nahle en donde el Congreso local aprobó una ridícula modificación a la Legislación local para que las personas que tuvieran hijos en Veracruz terminaran por ser veracruzanas. El absurdo intento que terminó por enmendar la Suprema Corte de Justicia de la Nación a inicios del año pasado tenía como fin único beneficiar a la ex funcionaria que vivía dicha circunstancia.

Las charlas en los principales comedores en la ciudad portuaria apuntan a que la Nueva España acabó, los virreinatos son obsoletos y que por más que se busque instaurar a una “pirata” que rinda tributo al “centro”, es decir, a Palacio Nacional, le será imposible concretar su asalto, ya que su principal obstáculo no es legal, sino recae en su falta de legitimidad.

“La ciudad está construida como una fortaleza y no dejaremos que externos nos transgredan. Nuestros antepasados ya le hicieron frente a españoles, ingleses y franceses. Ahora estamos listos para evitar que los problemas de delincuencia y pobreza se agraven de la mano de Rocío Nahle”, expresa un personaje que pide anonimato en la mesa de una de las cafeterías con más historia del heroico Puerto de Veracruz. Se trata de una sensación que crece y se expande.

¿Será que los tamborazos zacatecanos se imponen a los sones jarochos en Veracruz? De momento, la resistencia y la fortaleza ideológica e identitaria de los veracruzanos parece que prevalece. Foto: Internet

***Miguel Ángel Romero Ramírez

Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.

X: @MRomero_z

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Meméxico lindo y…

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Me acuerdo de Cabeza de Vaca… Es que no sé si Santiago Nieto o ya Pablo (Gómez), me llevaron un documento en donde el gobierno de Estados Unidos estaba solicitando información y luego supe de que… ¡Ah!, y que por eso se había iniciado la investigación en la fiscalía, por una solicitud del gobierno de Estados Unidos. Y luego supe de que el documento era apócrifo. ¡¿Cómo?! Pero no volví a saber más.

Esta declaración fue hecha por el presidente López Obrador durante su conferencia mañanera del viernes 9 de febrero. Muestra el verdadero rostro del gobierno federal morenista: la utilización de todo el poder gubernamental para someter políticamente a todos aquellos opositores o personajes que están en contra de la mal llamada cuarta transformación.

El caso del ex gobernador de Tamaulipas, Francisco Javier García Cabeza de Vaca, quien fue acusado falsamente de tener nexos con el narcotráfico con un apócrifo documento del FBI, puso de rodillas al tabasqueño, quien públicamente aceptó la mala actuación de sus entonces subalternos para incriminar a alguien que en ese momento le estorbaba para poner a uno de sus alfiles en la entidad.

Pero este caso no es el único caso donde López Obrador muestra el cobre, también está el de la ex titular de la Secretaría de Desarrollo Social y de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, Rosario Robles, quien fue presuntamente acusada del delito de desvío de recursos públicos en la llamada “Estafa Maestra”.

En este señalamiento, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México terminó por confirmar la falsedad de la licencia de conducir utilizada para encarcelar a Rosario Robles por parte de la Fiscalía General de la República, en claro detrimento de los derechos fundamentales de la ex jefa de gobierno de la capital del país.

Estos casos nos muestran como personajes cercanos al presidente y a su candidata presidencial, Claudia Sheinbaum, utilizaron las instituciones y recursos públicos para eliminar lo que ellos consideraban peligros políticos para su movimiento, amén del servilismo de Santiago Nieto y Ernestina Godoy.

Tanto López Obrador como su corcholata hablan de trabajar en la edificación del segundo piso de la cuarta transformación, esto en el marco del proceso electoral del próximo 2 de junio, olvidándose que el primero piso está cimentado en el engaño, la utilización de las instituciones públicas para coaccionar a opositores, la corrupción y la traición. Nos queda esperar solamente que el día de la elección, las y los mexicanos se encarguen de derruir a este gobierno que está destruyendo a México.

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El poco sexy antídoto contra la radicalización

***Miguel Ángel Romero Ramírez

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A nadie conviene la incertidumbre antes, durante y después del proceso electoral del próximo 2 de junio. Mientras el gobierno de la 4T y la oposición, así como los poderes fácticos, representados en el crimen organizado, la Iglesia, los medios de comunicación y los grandes empresarios, despliegan sus estrategias para arrebatar, conservar o conseguir más poder; el único anclaje históricamente funcional para hacer prevalecer una sociedad son las instituciones.

Defenderlas suele ser poco sexy. Más aún cuando existen personas que las encabezan y tienen como misión inmolarse junto a ellas. Algo muy sintomático en los tiempos de la Cuarta Transformación.

¿Cuidar a la Suprema Corte cuando la integran personajes como Lenia Batres, Yasmín Esquivel y Loretta Ortíz?. La respuesta: siempre. ¿Proteger una Comisión Nacional de Derechos Humanos aún encabezada por Rosario Piedra? Todo el tiempo. ¿resguardar la investidura presidencial? Por supuesto que sí.

Si bien la degradación institucional es, en parte, consecuencia de quienes están al frente de ellas, el fenómeno responde al encumbramiento del populismo como una forma de gobierno. Pocas cosas son más seductoras que las promesas superfluas a problemas complejos. No importa si es de ideología de derecha o de izquierda, este tipo de liderazgos se aprovechan del desencanto genuino y fundamentado que tiene el ciudadano por la democracia.

En ese sentido, el nuevo intento del presidente Andrés Manuel López Obrador para reformar la Constitución es consistente con lo que ha construido narrativamente durante décadas. “Al diablo con las instituciones” y “a mí que no me vengan con que ‘la ley es la ley’” son un mantra que lo dibuja a vísperas del término de su mandato.

Se trata de la radicalización de la que muchos teóricos como Yasch Mounk hablan al referirse al círculo vicioso en el que eventualmente todos los líderes populistas caen. En su objetivo por conservar el poder comienzan a impulsar acciones desesperadas que terminan por exhibirlos en su afán. Paradójicamente las muestras de fuerza terminan por debilitarlos.

No importa cuánto se esmeren los propagandistas. El círculo termina por cerrarse y no hay narrativa que alcance. Se trata de un ciclo natural de pérdida y obtención de poder, en donde el que menor tiempo lo retiene es quien se radicaliza más rápido. En ese sentido, lo que el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador promueve con sus iniciativas de ley en el marco de la conmemoración de la Constitución son un síntoma de este fenómeno que busca dinamitar el andamiaje institucional que él mismo usó para alcanzar la Presidencia.

Buscar que la seguridad pública pase a ser controlada por el Ejército es un síntoma de radicalización. Disminuir financieramente a los organismos autónomos y minar su reputación también lo es. Dejar inoperante la búsqueda e identificación de desaparecidos forma parte. Mantener una estrategia de brazos caídos frente el crimen organizado está en la misma ruta. Intentar maniatar al Instituto Nacional Electoral y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es lo mismo.

Con un proceso electoral histórico en puerta, la única salida que queda entre la ciudadanía es apostar por las instituciones. No se trata de defender a Guadalupe Taddei, sino a un instituto que literalmente costó sangre su emancipación del gobierno. Tampoco se trata de defender a los consejeros del INAI que usan la tarjeta de crédito institucional para pagar el table dance, sino de proteger nuestro derecho a la transparencia.

Parece aburrido, pero blindar a la institucionalidad es crucial si se busca construir una sociedad más justa en todos y cada uno de los sentidos. Es la única opción para caminar dentro del espectro de la democracia liberal.

Son pocos los perfiles que abonan en ese sentido. El 2024 depende particularmente de la institución que además de calificar las elecciones del próximo 2 de junio también podrá ayudar a emitir un diagnóstico sobre la calidad democrática que vive México, se trata del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en donde la magistrada Mónica Soto acaba de asumir hace algunas semanas su presidencia.

El reto es enorme: dar certeza y proveer gobernabilidad a la lucha institucional por el poder. Los indicios, de momento son esperanzadores. Sin duda son nuevos tiempos: México tendrá una nueva presidente de la República, pero también será una mujer quien encabeza el tribunal quien calificará dicha elección.

Su reciente denuncia sobre la injerencia del crimen organizado en las elecciones de 2024 la dota de valentía al elaborar un diagnóstico certero sobre uno de los principales enemigos de la democracia.

La ratificación de la multa en contra de Morena por parte del Tribunal por la promoción ilegal de Sheinbaum se erige como un oasis en medio del desmantelamiento institucional. La apuesta, aunque poco sexy debe ser la misma siempre: defender a nuestras instituciones y también visibilizar a quienes desde ahí trabajan en beneficio del país.

Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.

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