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Opinión

El sueño de Aurelio

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Aurelio es ciego de nacimiento, Socorro es su lazarillo: menudita, mira fijamente con sus ojos pequeños y aguzados; el cabello azabache le cae sobre la frente como un mechón inquieto, una especie de limpiaparabrisas.

Aurelio y Coco, como suele llamarla él, habitan en una colonia popular rodeada de avenidas bulliciosas. Su vivienda es un espacio lineal muy similar al andén de una estación de tren, contigua al basurero del mercado local, por lo que, a la hora del calor, es urgente cerrar las ventanas para evitar que el olor a podrido impregne el lugar.

Sobre una fila de mesas, junto a la pared del lado izquierdo, Aurelio apila hierbas diversas sobre páginas de periódico extendidas; las sumerge en alcohol dentro de numerosos garrafones de vidrio, para extraer sus propiedades curativas. Del lado derecho, al fondo de la vivienda, hay dos camas individuales y varias sillas acomodadas con el respaldo hacia la ventana, tapizadas con plástico color dorado.

El primer paciente es atendido por Aurelio a las nueve de la mañana y, con frecuencia, el último abandona el lugar cuando ha llegado la noche. Una vez concluidas las consultas, Socorro tranca la puerta y se cerciora que las hierbas estén en su sitio, debidamente organizadas y sin mezclarse, sobre las hojas de los diarios; también revisa que los esparadrapos estén bien roscados en las bocas de los botellones bajo las mesas.

El ciego tiene un aguzado olfato para detectar un bidón mal cerrado o una hierba que se ha mezclado con otra distinta. Lo importante en esta profesión es garantizar la salud del paciente. Uno sólo es instrumento del altísimo, él te cura, yo ayudo —dice a sus pacientes que vienen desde zonas distantes de la ciudad y del país, en busca de aliviar sus malestares físicos o del alma.

No recuerdo con claridad el motivo por el que fuimos a consulta con Aurelio en la colonia Nueva Atzacoalco. Tal vez se trató únicamente de una limpia para “despojar” a la abuela de las sombras negativas, o el mero deseo de ella de sentirse protegida. Pero la abuela era cliente frecuente de ese tipo de alivios —como ella decía.

El mero trayecto para llegar al consultorio del ciego implicaba transbordar en dos ocasiones: salíamos de Lago Seco a bordo de un chimeco y en la estación San Lázaro trepábamos en otro transporte, éste de color amarillo, cuyo frente se asemejaba lo mismo a una pecera que a una vitrina de carnicería.

La hermana mayor de la abuela buscó afanosamente, durante varios años, a su primogénito desaparecido; recurrió a la brujería y a la cartomancia, intentó comunicarse con el espíritu del desaparecido a través de médiums.

Muchos fueron los resultados de esas consultas: está vivo y bien de salud, pero ahora no puede regresar porque está recorriendo el mundo en un barco italiano; perdió la memoria y ahora vive en Chiapas, ahí vive con una mujer buena, en un par de meses serán padres de un varón; un par de agentes policiacos lo asesinaron en una pelea en un bar y arrojaron su cuerpo al canal de aguas negras, pero su alma no encuentra descanso y pide que, por lo menos, hagamos diez sesiones como esta para pedirle al creador que le dé el eterno descanso, pues murió de forma violenta y no tuvo tiempo de arrepentirse de sus pecados —esto dijo el médium y cobró los veinte pesos por sus servicios, luego agendó una cita para la siguiente semana a la misma hora.

Entonces, a la hermana mayor de la abuela, se llamaba Marcelina, le recomendaron los servicios de Aurelio, el ciego. Él no dio le falsas expectativas, tampoco se aprovechó de la esperanza de la mujer. Esa actitud generó en la tía Marce un sentimiento de sosiego y paulatina resignación. Así fue como llegamos al consultorio del ciego, por recomendación de la tía.

Ya he dicho que la abuela era proclive a lo desconocido, prueba de ello es que en sus épocas más difíciles hubo de poner a su pequeño hijo Nicolás en manos de Dios:

Definitivamente, ese niño no era para mí; era como un angelito de los que están en los cuadros de la iglesia. Me duró seis días con sus noches el gusto de tener un cachito de cielo en mi casa, porque Nicolás empezó a ponerse morado, primero un dedito, después una mano, luego un brazo, hasta que el pecho se le tiñó de púrpura.

Nomás lloraba, siempre de noche. Dios me perdone, pero no dudo que algo malo me le hayan hecho a mi niño, puede que la mujer con la que andaba mi esposo haya querido hacerme mal a mí, pero Dios, como es tan grande, lo detuvo a través de mi angelito. No sé, sólo imagino. Murió una noche, iban a dar las doce. Lo estaba acomodando para darle pecho, nomás se quedó con la boca abierta, una gota de leche se cuajó apenas hubo salido de mi pezón.

No te miento. Es más, tardé varios meses en quitarme la sensación de seguir amamantando a Nicolás, a pesar de que mi cuerpo ya no producía leche. Él nació antes que Juan y hubiera sido más grande que mi hija Rosa, pero éramos muy pobres y mi marido andaba de picos pardos; no tenía ni para el doctor, de hecho, los doctores me pidieron que les regalara el cuerpo de mi Nicolás, dizque para estudiarlo porque su enfermedad era muy rara. Yo les dije que no, y pedí prestado para sepultar a mi niño. Pero eso sí, cuando lo vi muy malo se lo encomendé al creador y le dije: si no ha de ser para mí, por favor, quítalo de sufrir. Creo que por eso se murió esa misma noche, porque a Dios no se le ponen condiciones. También puede que Dios se apiadara de nuestro sufrimiento. No sé, sólo pienso.

La abuela hablaba y hablaba en esas largas sesiones con Aurelio, me evadía de su monólogo, apenas ponía atención, como entre sueños, a sus historias de hambre, muerte y desesperanza. Durante el viaje de ida, miraba a través del parabrisas del autobús, por eso me gustaba sentarme en el pasillo. Esos camiones, por lo general, no circulaban con gente de pie, eso me parecía.

Salíamos de Lago Seco pasadas las nueve de la mañana, hacíamos una escala en casa de la tía Marce para platicar un rato —eran tres horas de historias y almuerzo—. Luego caminábamos rumbo al consultorio de Aurelio.

Me aturdía el olor a hierbas que impregnaba el ambiente. En tanto, Aurelio sentaba a la abuela sobre una silla y colocaba ambas manos sobre la cabeza de ella, musitaba algo como una oración que involucraba santos, ángeles y querubines; sus párpados plegados hacían conjunto con aquellos ojos blancos de persianas cerradas que miraban dentro de sí y escudriñaban las penas que atormentaban las almas de sus clientes.

La abuela cerraba los ojos y se abandonaba a la imposición de manos del ciego que lanzaba chillidos y elevaba el rostro hacia el cielo, tal vez solicitando a la divinidad, de tú a tú, que el alma atormentada de la abuela fuera liberada. Tal vez por eso ella recurría a su ciego de lujo, entrón y sanador. Yo, sentado al borde de una de las camas al fondo de la habitación, miraba los ojos cocidos del ciego. Era extraño, pero me sentía observado por él. Era lógico: si él era capaz de escudriñar las cosas más íntimas del alma ajena, qué podía impedirle asomarse a mis pensamientos. Eso me incomodaba.

En una de esas sesiones, conocí de voz de la abuela, por vez primera, la historia de la tía Cuca, mujer del tío José, que estuvo en la cárcel un año, por matar al querido de ella:

Cuca siempre fue muy livianita. Como dirían en mi pueblo, le gustaba el lingo lilingo. Eso sí, era muy guapa, de ojos muy grandes y verdes; era coqueta, siempre andaba muy arreglada, con unos vestidos bonitos. La mamá de mi tío José siempre dijo que esa mujer le daría problemas, pero él nunca quiso oírla. Se casó con ella, eso sí, de blanco. Y la llevó a vivir cerca de los padres de él. José salía a trabajar y ella se quedaba en la casa. Dicen, a mí no me consta, que hasta en su propia cama se acostaba con el querido. Los viejitos, los suegros de ella, bien que se daban cuenta, pero no querían darle un disgusto al hijo. Pues no pasó ni un año y a ella le ganó más la comezón y se escapó con el otro, y dejó a José. Pero mi tío no era tarugo, lo querían hacer tarugo, pero eso es diferente, por eso anduvo averiguando a dónde se habían ido “los novios” hasta que dio con ellos. Sin decirle nada a nadie tomó un camión a Guadalajara y luego otro que lo llevó hasta donde habían hecho hogar. Llegó a la tienda y haciéndose el desentendido le dijo al tendero que andaba buscando a una pareja de recién casados, que ella se llamaba Refugio y que era muy amigo de ellos, pero quería darles una sorpresa y… en fin, que el cuento funcionó y el mismo tendero, gustoso, fue a informar al nuevo marido de Cuca que un buen amigo lo estaba esperando en la tienda. Pasados cinco minutos regresó el tendero con el rival del tío José.

El hombre caminaba entelerido. No tuvo tiempo de entender: sólo alcanzó a abrir desmesuradamente los ojos cuando el tío le arrebató la vida vaciándole el cargador del arma. Al tío José le dieron una pena de cárcel de 25 años. Reunía todas las agravantes: premeditación, alevosía y ventaja. Te vas a pudrir en la cárcel, le dijo la tía Cuca durante una inesperada visita en la cárcel, la última vez que se vieron con una reja de por medio. Pero la mujer no partió sin antes sentenciar: me mataste uno, a ver, mátamelos a todos. Dio media vuelta y coqueta salió de la cárcel echando miradas invitadoras a los custodios. Pero mira que Dios es grande: José dormía en una especie de cueva, así era la cárcel de ese entonces; los metían con la cabeza hacia dentro, boca arriba, en una especie de tumba donde no podían darse vuelta y apenas se podía respirar. A muchos los sacaban muertos, anochecían y no amanecían.

Así pasó un año, pero le prometió a la virgen de San Juan de los Lagos que, si lo libraba de esa pena, para agradecérselo, él iría caminando desde la misma puerta de la cárcel hasta el santuario de la morenita, pero iría descalzo, con los ojos vendados; cargando dos pencas de nopal, una en el pecho y una en la espalda; también llevaría un mecate amarrado del pescuezo, de donde su madre lo iría arreando, como un buey. En esos tiempos, cuando iniciaba en el encargo el nuevo presidente de la república, se acostumbraba a indultar un cierto número de presos, y le tocó a mi tío José. Un año estuvo dentro, condenado por homicidio, con todas las agravantes. Sólo un año. Dios bendito. Y le cumplió a la virgen. Pagó sangre con sangre, porque sólo así se pagan estas cosas.

Yo miraba a la abuela, sin descuidar los ojos cocidos del ciego. Mis pulmones estaban repletos del olor a hierbas y alcohol. De pronto, en el ambiente se hizo un gran vacío, un silencio que parecía trasladarnos de la vida hacia la muerte y de regreso. El olor a podrido se impuso al aroma de las hierbas con alcohol y Aurelio lanzó un nuevo chillido elevando la cara hacia el cielo. Así permaneció por unos segundos, tal vez fueron minutos, como una escultura, petrificado, con los brazos abiertos, extasiado. Hasta que el olor a podrido se disipó. La abuela suspiró y de su suspiro brotaron mil desahogos —o eso me pareció— que estallaron en luces blancas y rojas, y se esparcieron, primero por la vivienda y luego se arrastraron por debajo de la puerta para escapar y anidarse en otro sitio. La abuela permaneció quieta, con los ojos cerrados, sentada sobre la silla. Pude sentir la densidad del ambiente.

Salimos de aquel lugar cuando la calle ya estaba oscura. Al salir, sentí la mano del ciego acariciarme la coronilla. Estaba seguro de que él no veía con los ojos, pero era capaz de observarlo todo. Socorrito me regaló una sonrisa. El ciego también sonrió, ese gesto me sigue inquietando: suelo soñar que miro mi reflejo en el par de espejos incrustados detrás de mis párpados. En ellos no existen las dimensiones de espacio o tiempo. Escucho mis latidos. Sueño que duermo y vuelvo a despertar, de forma intermitente.

Todo sucede durante un imaginario traslado desde la colonia Nueva Atzacoalco hasta nuestra casa en Lago Seco, a bordo de un camión que asemeja la vitrina de una carnicería o una pecera. Intento ver a través del pasillo repleto de personas que se aferran a los pasamanos donde nadie toma asiento. Afuera, los demás vehículos lanzan destellos luminosos esporádicos. Desde el interior, miro con atención los reflejos distorsionados en las ventanillas.

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Presos de la celda COVID

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Por: Andrea Leal Cajero*

La pandemia a la que nos hemos enfrentado desde hace más de dos años, ha causado un impacto social que ha golpeado rotundamente al sector penitenciario, dejando la secuela más grave e incurable en la vida y salud de los presos en las cárceles mexicanas.

La COVID-19 ha venido a revelar una vez más las condiciones insalubres en las que se encuentran las cárceles y lo que se vive detrás de las rejas y del sistema penitenciario de nuestro país y del mundo.

Esta vez se hace un enfoque en las prisiones mexicanas, donde el SARS-CoV-2 ha causado un daño físico y sobre todo emocional irreversible en la vida de los presos. Se conoce que las personas privadas de su libertad padecen miserables condiciones de aseo y deja una profunda indignación por la situación de vida de estos seres humanos que han sido olvidados por el gobierno, alejándolos de poder gozar y ejercer sus derechos humanos en prisión.

Es bien conocido que el sistema penitenciario se encuentra en la precariedad y que dentro de las cárceles mexicanas se tiene un riesgo latente para la pronta propagación del virus, viéndose así afectada la población de más de 225,000 personas, de las cuales no se cuenta con una cifra actual fehaciente que nos pueda arrojar con certeza el número de casos infectados dentro de los centros penitenciaros y de las muertes que ha cobrado este virus.

Cabe mencionar que se ha generado una crisis carcelaria, es por ello que  para contrarrestar esta enfermedad, se debe atender a las necesidades de los reos así como garantizar la atención médica, suministros de medicamentos y de información esencial que llegue a los internos para conocer la manera de enfrentar al virus dentro de las celdas. Es importante facilitarles insumos necesarios que les garanticen tener una adecuada higiene y alimentación tomando en cuenta las precauciones sanitarias que los mantengan a salvo.

La Organización Mundial De la Salud y la Organización de las Naciones Unidas han hecho un llamado a los gobiernos para que emitan acciones de prevención y de atención a los casos COVID dentro de las prisiones, toda vez que este sector se ha visto golpeado de manera desproporcionada por la pandemia, siendo afectados en diversas áreas de su vida como lo es la salud física, emocional, familiar, entre otros. La situación de las cárceles se ha vuelto más intensa de lo habitual, la restricción de visitas, el escaso contacto por periodos prolongados con sus familiares, el hacinamiento, la situación procesal de los internos, la falta de insumos, condiciones insalubres, la restricción de actividades recreativas, el alojamiento de personas infectadas, la falta de información y sobre todo la carente atención medica ha dejado a los internos en un estado vulnerable que debe ser atendido por las autoridades nacionales.

Los centros de reclusión deben de atender las necesidades de los internos, otorgarles la facilidad de video – llamadas con sus familiares, con la finalidad de impedir que la población se amotine, darles platicas de medidas sanitarias, dotarles de agua potable, habilitar espacios para evitar la sobrepoblación en las celdas, tratar de que pasen el mayor tiempo posible fuera de las celdas y no dejar que hagan reuniones de más de 10 internos.

Se les debe aplicar las vacunas y los refuerzos, atender a los reos infectados con atención médica inmediata, hacer un enfoque en los presos que padecen de enfermedades crónico degenerativas para que se les mantenga asilados de la demás población y considerar un arraigo domiciliario, con esto  atender mediante pre liberaciones a personas que estén prontas a cumplir con sus sentencias y estudiar casos de internos que puedan obtener su libertad para evitar el hacinamiento en las cárceles y con esto lograr que la población privada de su libertad tenga oportunidad de salvaguardar su vida.

Con estas propuestas se pretende también tratar la salud mental de los internos la cual es de suma importancia para una reinserción social, el que estén en contacto con sus familias garantiza una estabilidad emocional, permitirles el acceso a sus visitas con todas las medidas sanitarias necesarias aún y cuando el semáforo epidemiológico cambie constantemente de acuerdo al índice de casos infectados en el país.

Se debe usar un calendario de visitas por módulos cuando el semáforo este en rojo o bien planear horarios de video llamadas si es que el riesgo de infección es alarmante, pero que COVId por los menos quincenalmente para que tengan la seguridad de que se encuentran sin incidencia del virus. Estas medidas convertirían a esta situación social en una situación menos lesiva dentro de las cárceles mexicanas.

Para que todo esto funcione las autoridades nacionales deben de prestar la suficiente atención a los presos durante la pandemia aún y cuando la mayoría de la población en general ya cuenta con la vacunación, se debe de hacer énfasis en robustecer las medidas sanitarias para el ingreso de las familias y abogados a los penales, toda vez que las prisiones son un foco de infección latente por los factores que se ha venido mencionando, ya que la población carcelaria registra a menudo una incidencia de enfermedades transmisibles y no trasmisibles que ponen en riesgo a la población en general.

No basta con que autoridades internacionales emitan opiniones o recomendaciones si los estados no ejercen las acciones y medidas necesarias. Se debe actuar y garantizar los Derechos Humanos de las personas privadas de su libertad apegándose a los cinco ejes de la reinserción social sin perder de vista que los presos también son seres humanos.

*Alumna de la Maestría en Ciencias Penales y Criminalística de la Facultad de Derecho de la Barra Nacional de Abogados

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Opinión

Coca-Cola multiplica “amor” e inversión

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La Industria Mexicana de Coca-Cola (IMCC) tiene claro que la mejor manera de llegar a las personas, es a través de un mensaje simple y que las pequeñas acciones transforman vidas, lo que se traduce en desarrollo económico e inversión.

Esta industria que nació en 1926 y que hoy agrupa a ocho grandes embotelladores, junto con Jugos del Valle-Santa Clara y la planta de reciclaje Petstar e IMER, busca ser un agente de cambio a través de la iniciativa “El amor multiplica”.

¿Cuáles son los objetivos? Impulsar el talento femenino, el desarrollo de las comunidades, el uso responsable del agua y el reciclaje.

Las tareas planteadas no parecen sencillas, pero vamos punto por punto:

Talento femenino. IMCC ha planteado la importancia de que las mujeres emprendedoras, pilares en la economía nacional, tengan las herramientas necesarias para hacer crecer su negocio.

Una de estas herramientas es la capacitación y a la fecha suman más de 180 mil mujeres que han aprendido sobre administración, el manejo de su negocio y más.

También, la Industria Mexicana de Coca-Cola destinó en 2021 una inversión de 5 mil millones de pesos en el mantenimiento y la mejora de tiendas, de las cuales seis de cada 10 son operadas por mujeres.

Comunidades. Las problemáticas que estos grupos enfrentan se debaten en conversaciones y diálogos promovidos por IMCC para poner en la mesa sus principales necesidades en la búsqueda de posibles soluciones.

A inicios de julio de este año se celebró el primero de cuatro foros cuyas sedes son lugares abiertos al público y tienen como finalidad invitar a realizar acciones que beneficien su entorno y su país.

A la par de estos foros, se develó el primer mural comunitario de la muralista Dulce V. Ríos, y vecinos del pueblo de Xoco, en la alcaldía Benito Juárez, en Ciudad de México, con lo cual se dio inicio a una serie de 10 obras artísticas que se realizarán por todo el país.

Agua. Para generar consciencia sobre un mayor cuidado del agua, IMCC es consciente de que la mejor manera de enseñar es con el ejemplo, por lo que hoy devuelve 100% del líquido vital que utiliz en la elaboración de sus productos. 

Con el objetivo de llevar agua limpia a las comunidades a través de la construcción de cuatro humedales que benefician al Estado de México, Baja California, Jalisco y Quintana Roo, el año pasado, se destinaron 170 millones de pesos. 

Reciclaje. La simple acción de recoger una botella de plástico o una lata de aluminio de la cual se disfrutó su contenido es sin duda el comienzo de la cultura de reutilizar. 

El resultado de esta labor, es que los embotelladores que integran a IMCC: Arca Continental, Bebidas Refrescantes de Nogales, Bepensa, Coca-Cola FEMSA, Corporación del Fuerte, Corporación RICA, Embotelladora de Colima y Embotelladora del Nayar, procesan 85 mil toneladas de PET o Polietileno Tereftalato al año.

Este año la cadena de acopio, reciclaje y retornables en el país comprometió una inversión de 175 millones de pesos.

Sin duda las pequeñas acciones sí cuentan y se multiplican. 

Ecoce protagonistas del reciclaje en México 

Ecoce, al frente de Carlos Sanchez, y sus asociados, han trabajado durante 20 años con gobiernos y organizaciones civiles, en rubros como la educación ambiental, el acopio, así como el manejo de envases y empaques en México.

Estas acciones permiten el desarrollo de la industria del reciclado, considerada actualmente como la más grande de América Latina.

La historia inició hace dos décadas, cuando un grupo de empresarios de la industria de bebidas y alimentos, preocupados por la problemática ambiental, notó que en México no existía una Ley de Residuos ni reglamentos o normas para manejarlos, por lo que conformaron Ecología y Compromiso Empresarial o Ecoce.

Entre los logros obtenidos a lo largo de estos años están más de 79 mil toneladas de materiales reciclables, principalmente de PET, PEAD, aluminio, hojalata, empaques flexibles metalizados y no metalizados, vidrio y cartón.   

Lo anterior se traduce en el ahorro de 62 millones de kilogramos de materia prima, así como el ahorro de agua para llenar 12 albercas olímpicas y una reducción de 305 camiones de basura en rellenos sanitarios.

Es de destacar que el organismo lidera los programas Eco Reto, Acopio Institucional y Acopio Móvil, así como diferentes jornadas de limpieza. 

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Exigen justicia para víctimas de ataques con sustancias corrosivas

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Desafortunadamente, en lo que va del presente año, en México se siguen acumulando los casos de ataques a mujeres con ácido sulfúrico o ácido clorhídrico u otras substancias corrosivas, cáusticas, irritantes, tóxicas e inflamables.

Es importante mencionar que sobre este tipo de agresiones no se tiene el registro de la cifra oficial del número de mujeres víctimas ya que existen muchos casos que no se denuncian y, por lo mismo, no se hacen públicos.

A través de los diferentes medios de comunicación, nos hemos enterado de algunos casos de ataques con ácido, por ejemplo: en Estado de México, tres; en Aguascalientes, dos; en Hidalgo, Quintana Roo, Oaxaca, Guanajuato, Jalisco, Puebla, Querétaro y Yucatán, solamente uno en cada entidad.

Un dato importante que se tiene de estos acontecimientos, es el que la edad promedio de las víctimas se ubica entre 20 y 30 años; además de que, en la mayoría de ellos, los agresores fueron su pareja o expareja y, por si algo faltara, la mayoría de los casos están en la impunidad y sin reparación integral del daño.

Para que estos ataques no se queden en la cifra oscura o en la impunidad, algunas de las víctimas han contado sus historias para visibilizar todo lo que han enfrentado, desde la carencia en la atención médica, falta de apoyo, hasta la re-victimización y falta de justicia, ya que sus agresores siguen libres o sin sentencia.

En Huixquilucan, Estado de México, se realizó un mural que visibiliza y nombra a algunas de las mujeres atacadas con ácido en México, además se muestra los rostros del dolor y la rabia de algunas de ellas, como es el caso de Carmen Sánchez, Esmeralda Millán, Elena Ríos y Ana Saldaña, ya que, como lo mencioné, desafortunadamente aún existe impunidad. Este mural fue creado por los artistas Pedro Peña Reyes, Trom y Miguel Sant, con el apoyo de Alejandro León del Consejo de Organizaciones de la Sociedad Civil del Estado de México.

Ante esta situación, algunas legisladoras se han pronunciado por la defensa de las víctimas de estos ataques, por lo que se envió al Congreso una iniciativa que está dirigida a todas las personas expuestas a múltiples y diversos riesgos de sufrir un ataque con substancias corrosivas y por quienes nadie hace efectiva y eficiente justicia.

Dicha iniciativa busca elevar de 15 a 25 años de prisión y multa de 500 a 5 mil veces el valor diario de la UMA, a quien provoque dolosamente una lesión que deje en la víctima cicatriz perpetuamente notable en la cara o en cualquier parte de su cuerpo.

Asimismo, cabe resaltar que la iniciativa tiene como prioridad robustecer el Código Penal Federal, en materia de sanciones contra victimarios de mujeres agredidas con sustancias corrosivas, como ácido o alcohol, además de duplicar las penas señaladas cuando la agresión se cometa por razones de género, con premeditación, alevosía y ventaja.

Con esta reforma al Código Penal Federal, se busca establecer una herramienta jurídica para que los juzgadores tengan en sus manos la capacidad fundada de imponer sanciones más severas a los responsables de estos actos.

La reforma consiste en adicionar al artículo 294 del Código Penal Federal, que se incremente la pena de prisión si las lesiones corporales son causadas con ácido o cualquier otra sustancia corrosiva, dejando un daño físico, motriz, psicológico o económico.

Ahora bien, vale la pena hacernos dos preguntas, ¿Es necesario aumentar las penas para castigar a los responsables de cometer agresiones contra la mujer con sustancias corrosivas? ¿Con aumentar la pena de prisión se eliminará o por lo menos se reducirán las agresiones de este tipo?

Mi respuesta es que, si es necesario aumentar las penas, ya que con ello se puede inhibir a cualquier persona para que no incurra en dicha acción contra la mujer, sin embargo, para la segunda pregunta, mi respuesta es que no se eliminará, pero sí puede disminuir, ya que el privar de la libertad a una persona por mucho tiempo no garantiza que dejará de hacerlo, sin embargo, se puede considerar una forma de que otras personas no lo hagan y eso tiene como consecuencia la reducción de casos.

También considero que no solamente se tiene que llevar a cabo una reforma penal, es muy importante establecer estrategias y líneas de acción que instrumente el Estado en materia de prevención, atención, sanción y erradicación de cualquier tipo de violencia contra las mujeres, para garantizar a las victimas el derecho, efectivo y real al acceso a una vida libre de violencia que favorezca su desarrollo y bienestar.

Por ello, es incuestionable la necesidad de tener las políticas públicas del Estado debidamente articuladas y sistematizadas, esto solo es posible a través de un programa que aporte la metodología adecuada, con la firme posibilidad de no solamente disminuir la violencia, sino erradicarla para que, cualquier mujer, se sienta debidamente segura en su casa, en la calle, en el trabajo o donde quiera que se encuentre.

 “Cada mujer dañada, agredida, asesinada, es el testimonio mudo e indefenso de lo peor que encierra el ser humano: del triunfo de la fuerza bruta, ciega, salvaje, enferma, sobre cualquier sentimiento, sobre cualquier pensamiento, sobre todo lo que nos hace dignos. Gritemos basta” (David del Puerto).

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