Hay minerales que no vemos, pero que nos sostienen. No brillan en vitrinas ni se muestran en pasarelas, sin embargo, están ahí cuando el cuerpo se rompe, cuando la vida se detiene por un instante y necesita volver a empezar. Lo sé porque, en 2009, la tierra —esa misma que guarda los minerales en su entraña— fue la que me devolvió el movimiento, la independencia y la alegría de seguir con mi vida.
Todo ocurrió en un segundo. Una caída. Un instante fue suficiente para que mi tibia y mi peroné se fracturaran, para que un tendón cediera y mi pie derecho se dislocara de una forma tan brutal que la punta de mi pie quedó mirando hacia un lado y perdió el rumbo. Fue tan grande el dolor que sólo lo expresé con lágrimas y un grito contenido. El cuerpo, que damos por hecho todos los días, se convirtió de pronto en un territorio desconocido, vulnerable, frágil, incapaz de sostenerse.
Entré a quirófano consciente. Me sedaron de la mitad del cuerpo, pero mi mente estaba despierta, alerta. Recuerdo con claridad los sonidos: el taladro atravesando el hueso, el eco metálico de las herramientas, la precisión con la que los médicos colocaban dos placas y seis tornillos de titanio dentro de mí. Titanio: un mineral fuerte, ligero, resistente, capaz de integrarse al cuerpo humano sin rechazarlo. En ese momento no lo pensé, pero hoy lo sé: mi cuerpo comenzó a reconstruirse con ayuda de la tierra.
La cirugía fue exitosa, pero la prueba no terminó ahí. Una bacteria se alojó en mi pie y estuve a punto de perderlo. Los días se volvieron largos, inciertos. La posibilidad de no volver a caminar, de perder la autonomía, de depender para siempre de otros, se volvió real. Fue entonces cuando la ciencia y los minerales volvieron a entrar en escena: medicamentos formulados con compuestos minerales esenciales: elementos como el zinc, el hierro, el cobre o el magnesio, fundamentales para los procesos de cicatrización, defensa del sistema inmune y recuperación del tejido. Medicamentos que combatieron la infección, protegieron mis tejidos y me mantuvieron con esperanza.
La rehabilitación fue otro capítulo de resistencia. Más de cien días de terapias y de mucha paciencia. Tinas de hidromasaje hechas de acero, aditamentos, barras metálicas y estructuras diseñadas para resistir; después vino el uso de muletas que sostenían mi peso cuando yo aún no podía hacerlo sola. Todo, absolutamente todo, construido a partir de minerales extraídos de la tierra. Cada paso asistido, cada ejercicio, cada avance mínimo estuvo acompañado por materiales que existen gracias a la minería responsable.
Y no estuve sola. Mi familia fue el otro pilar, el humano, el irremplazable. Pero incluso ese cuidado amoroso se apoyó en lo invisible: en el poder de Dios, en la pericia de los médicos, en la medicina, en la tecnología, en los materiales que hicieron posible mi recuperación.
Hoy camino. Corro. Bailo. Y bailar, para mí, es celebrar que el cuerpo volvió a ser mío. Que recuperé la independencia. Que puedo moverme sin miedo. Que puedo vivir plenamente. Llevo minerales metálicos dentro de mí, integrados a mis huesos, como una prueba silenciosa de que la minería, cuando se hace con responsabilidad, no destruye como falsamente algunos piensan: reconstruye vidas.
A veces hablamos de la minería como algo lejano, abstracto, ajeno. Pero si no existiera, mi historia sería distinta. Tal vez no tendría pie. Tal vez no tendría movimiento. Tal vez no tendría la vida que hoy disfruto. Los minerales no son solo recursos; son puentes entre la fragilidad humana y la posibilidad de sanar.
Mi cuerpo es testimonio de ello. En mí habita la tierra transformada en esperanza, en ciencia y en futuro. Y cada vez que apoyo mi pie para iniciar un nuevo día, le agradezco a Dios en voz alta y en silencio a las mineras, a los mineros y a los minerales invisibles que, en lo más profundo de la tierra, me devolvieron la vida.