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Opinión

Macromachismo mexicano: Sheinbaum presidenta

***Miguel Ángel Romero Ramírez

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México se enfila a tener una primer mujer presidenta, sin embargo, las condiciones que hicieron esto posible no son necesariamente las de una sociedad vanguardista, abierta a una relación equitativa entre hombres y mujeres sino más bien expone y refuerza –en un abierto salto al pasado– que Sheinbaum es uno de los productos más acabados y pulidos del machismo contemporáneo mexicano.

¿Podrá romper con este lastre durante su mandato? Sin duda, es una de las expectativas que naturalmente tendrá que afrontar, le guste o no, la próxima titular del Poder Ejecutivo.

Los aspectos que fundamentan esta visión es posible identificarlos en distintos momentos del performance que ha desplegado Andrés Manuel López Obrador quien se consolida como un poderoso líder sobre el cual giran las decisiones políticas del país.

1.- Sheinbaum candidata. La tozudez de un presidente que quiere pasar a la historia a como dé lugar está implícita en su decantación por la ex jefa de gobierno para heredar el poder. ¿Sería menos relevante heredar el poder a un hombre? Históricamente, sí. A la narrativa que busca destacar que será la primer mandataria mujer le compite que eso no sería posible sin que él, un hombre, le diera la oportunidad y pudiera confiar en ella para tomar las riendas del país. Se trata de un movimiento que confirma su olfato y sentido estratégico. La eligió, sí, para pasar a la historia él. Nadie le podrá regatear que, en efecto, fue gracias a su liderazgo que llegará una mujer al poder.

2.- Una campaña en la que él fue el protagonista. La narrativa de AMLO, su partido, Morena y de los voceros/propagandistas, así como de la propia candidata fue construida alrededor del “proyecto” no de Sheinbaum. La estrategia dio un buen resultado electoralmente. Los mexicanos no votaron por una mujer, pero sí lo hicieron por la continuidad del proyecto que emprendió un hombre. Los incentivos que se diseñaron y lograron instalarse en el inconsciente colectivo dejaron –estratégicamente– de lado el género y todo se convirtió en un referéndum a la gestión del todavía presidente. Otra vez, se trató de él. Para su fortuna, su narcisismo fue alimentado de manera basta en las urnas.

3.- La evolución narrativa y la transformación del poder. Con AMLO en Palacio Nacional la narrativa versó todo el tiempo sobre cómo un líder encarnaba al pueblo. Al más puro estilo populista, la propaganda gubernamental y el discurso de quienes, sin pena ni gloria, formaron parte de su equipo, se concentraba en la construcción de una autoridad superior a la cual no le aplican las reglas de los mortales porque “dejó de ser él para convertirse en la voz de quienes gobernaba, de los de abajo, de la mayoría”. No será así con Sheinbaum quien en su campaña hizo un pequeño guiño sobre la construcción de su personaje sobre las mismas bases pero que rápidamente fue atajada cuando el propio AMLO sentenció que, ahora, lo más importante es el proyecto. Ya no más el pueblo transfigurado en una persona. Eso se acabó… o más que acabarse, esa condición sólo es aplicable a él, quien aún sin el cargo buscará prolongar esa figura. Sheinbaum es clave, pero no es fundamental ni puede asumir un protagonismo que le compita. No hay más líder del “movimiento” que él.

4.- Controles y diques. Aún cuando la próxima presidenta haya obtenido una votación histórica con 33 millones de sufragios (superando a AMLO quien ganó en 2018 con 30 millones) su mandato nace acotado. No gobernará con la misma soltura, fuerza y el amplio margen de maniobra del cual él sí gozó. En principio porque, al ser una administración de continuidad, hereda grandes compromisos que en términos de la nueva narrativa son vistos como pilares del “proyecto”. A eso se le suma que no tendrá libertad total para hacer equipo. La “continuidad” exige sacrificios y eso implica asumir los controles y diques que le construye AMLO –paradójicamente– a la nueva mandataria más votada. A los secretarios de Estado y subsecretarios en posiciones clave que estarán fuera de su alcance y que responderán directamente a AMLO habría que sumar el control del Congreso que aún con mayoría de Morena es posible que tenga a líderes parlamentarios que fueron en su momento sus duros detractores en la lucha interna por la candidatura y quienes también rinden obediencia al tabasqueño.

5.- Tributo al patriarca. Para muchas feministas mexicanas, Claudia Sheinbaum, no garantiza la implementación de una política de género. Incluso, al representar la continuidad se convierte en un riesgo. No solo AMLO desdeñó esa agenda desde el gobierno federal en donde de nada sirvió un gabinete paritario, sino que también en la CDMX que gobernó la violencia en contra de la mujer prevaleció e incluso se buscó ocultarla proactivamente: carpetas de investigación de feminicidios que se abrían en CDMX pero que terminaban en Edomex para “mejorar” las cifras. Es cierto que sin su disciplina y sometimiento, Sheinbaum nunca hubiera podido colocarse en la línea de consanguinidad ideológica para heredar el poder… y aunque es entendible –y fue estratégica su acción pragmática de rendir culto al patriarca– dicha actitud es inaceptable para un sector del feminismo mexicano. Feminicidios al alza, marchas de mujeres dispersadas con gas y toletes, achicamiento de políticas públicas, son apenas un botón de muestra de lo ocurrido en el ámbito local.

Sin duda es positivo que una mujer llegue al poder en México. Será histórico. Sin embargo, también es relevante revisar las formas y el fondo.

De momento, todo el andamiaje sobre el cual Sheinbaum arrancará su administración –mismo que le está diseñando e imponiendo AMLO– tiene implícito su acotamiento y nulo margen de maniobra. Interesante será ver si la próxima titular del Ejecutivo –más allá de agradecer, elogiar y ensalzar de forma perenne la figura de quién la creó e instruyó– logra configurarse como una estadista que construya su propia identidad y supere la sombra de un hombre al que poco a poco debe dejar fuera de la ecuación… si es que de verdad busca ejercer el poder.

***Miguel Ángel Romero Ramírez

Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.

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¿Quién se robó mi leche?

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Importancia de la leche

Pamela Cerdeira

Hay una sensación que me ha acompañado toda la vida. Es algo que nunca he podido nombrar. No sé si le pasa a otras personas. Se siente como si tuvieras un hueco; está en algún lugar del cuerpo y en todo el cuerpo al mismo tiempo. Se parece a la nostalgia, cuando extrañas algo pero no sabes qué es eso que extrañas. Tiene el rostro de mi infancia, el color de la pintura de la casa de mis papás, sus espacios, y momentos suspendidos; son tan únicos que es imposible distinguir uno solo. Es como querer regresar a un lugar seguro. No sé qué lo desata, es repentino. He llegado a creer que es sólo sed y mi forma peculiar de interpretarla. Pero de lo único que estoy segura es de que en ese momento solo quiero un vaso con leche. Y creo que empezó cuando dejé de vivir ahí.

Mi mamá decía con orgullo y sorpresa: “mis hijos toman leche hasta con la comida”. Era cierto, siempre había agua de limón, pero nosotros preferíamos leche. Leche con chocolate en la mañana, leche en la comida y leche en la cena. ¿Sed a mitad del día? Leche. Era la época en la que nadie contaba vasos de agua ni necesitaba sensores para medir la biología más básica como los pasos o el sueño.

Estaba en segundo de primaria, aprendíamos BASIC en la clase de computación, una fila de instrucciones para que la Macintosh hiciera un círculo. Alejandro, mi compañero de máquina, volteó a verme con desagrado y me dijo: “Awww, tienes bigote”. Sí, tenía bigote y no tenía a Frida Kahlo de referencia. Así que para resolverlo se me ocurrió la brillante idea de pintarme el bigote con sombras para ojos color blanco. Mi bigote quedó tan bien escondido como un bandido gordo tras un poste de luz. A la mañana siguiente, un minuto antes de bajarme del coche, mi mamá me miró (de esas miradas que escanean en busca de algo que corregir) y me dijo: “te dejaste bigote de leche”, chupó su dedo y me limpió la cara. Pero yo no iba a rendirme, tenía un plan. Así que al otro día utilicé sombras color café claro. Y la escena se repitió, esta vez mi mamá dijo: “Te dejaste bigote de chocolate, te lo limpio”, y me lo quitó de nuevo.

Llegó la adolescencia y la leche se transformó, como toda la comida, en puntos intercambiables. Entré en el imposible laberinto de contar calorías y todo tenía un límite: una porción del circulito azul que era el que representaba a los lácteos. Como debe sucederle a la mayoría de quienes me leen, mi relación con la comida era como la vida amorosa de Johnny Depp: complicada. Tardé mucho en cambiar la forma de mirarla, de poner el valor nutricional primero y disfrutar y agradecer cada bocado por todo lo que aporta a mi cuerpo. Hace poco, en un Starbucks, me sorprendió la cantidad de veces que tuve que aclarar que quería leche. ¿Quiere leche de almendra? No, solo leche. ¿De soya? No, leche, de vaca. Tengo leche light. No, solo quiero leche. ¿Deslactosada? Leche. Leche y ya. La señorita me vio con ojos de sospecha.

Y es que, en tiempos donde todo parece inmediato, ultraprocesado o hiperespecializado, a veces nos cuesta entender la belleza de lo simple. Se nos olvida que la leche es un alimento que la naturaleza diseñó con una ingeniería perfecta. Hay que sumar el viaje titánico que ocurre antes de abrir el refrigerador. Ese vaso de “leche y ya” empieza en el origen, en una historia que tan solo en México sostienen treinta y cinco mil colaboradores que forman parte de la familia Lala.

La historia de nuestro vaso de leche diario empieza a las tres de la mañana, bajo un silencio que solo conocen quienes trabajan la tierra. Mientras nosotros damos la media vuelta en la cama, en alguno de los más de ciento veinticuatro ranchos que proveen a Lala en México comienza el primer ordeño de un total de casi quinientas mil vacas. Muchas de las familias ganaderas detrás de este esfuerzo llevan más de cincuenta años trabajando de la mano con la marca.

Al final, esta inmensa cadena de valor no solo mueve cajas y botellas de un punto a otro. Detrás de cada trago trabajan miles de personas: ganaderos, veterinarios, nutriólogos, ingenieros y expertos en sustentabilidad que generan empleos, impulsan las economías de nuestras regiones y fortalecen el campo mexicano. Entender este camino invisible no solo nos nutre físicamente; también nos conecta con quienes lo hacen posible y nos recuerda que agradecer lo que comemos sigue siendo una de las formas más profundas de reconocer la vida cotidiana.

La edad me ha devuelto la leche, y con ella, la gratitud. Los músculos se convierten en un baúl sin fondo sediento de proteína y los lácteos han sido mi mejor forma de darles lo que necesitan. Cada vaso de leche, fría porque así me gusta —y que al final es solo uno de los más de 33 millones de vasos que Lala procesa al día en nuestro país—, entra a mi cuerpo mientras pienso en todo lo que me aporta, que en mi caso, es una mezcla de nutrición y ese algo imposible de nombrar que llega directo al corazón.

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Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa

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Por Ángel Pérez Sánchez

El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.

En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.

En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.

La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.

Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.

Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.

Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.

Iniciativa privada invierte en Sinaloa

El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.

El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.

Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.

Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.

Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.

Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.

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Gas natural: del dogma a la realidad

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México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.

En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE).  Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.

El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional.  Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.

El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.

La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.

De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.

Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.

La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial. 

El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.

Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.

Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.

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