Opinión
Necesario crear “Sistema Profesional de Carrera Penitenciaria” en cárceles mexicanas
Publicado
el
Por
Arzate NoticiasPor: José Carlos Lozano Sánchez*
En el año 2011, México transitó hacia un nuevo paradigma constitucional, siendo los derechos humanos el eje rector en el ejercicio de las funciones de gobierno. De esta forma, el sistema penitenciario, como componente esencial de la maquinaria del Estado, desplegó sus capacidades institucionales con el propósito de salvaguardar los derechos de las personas privadas de su libertad, y lograr un proceso satisfactorio de reinserción al núcleo social.
Pero esta reivindicación del sistema debe comprenderse desde una perspectiva histórica, ya que, en el pasado, había sido concebido como un medio destinado a reprimir a los infractores de la ley; el mayor referente de esta percepción es el Palacio de Lecumberri, cuyas celdas edificadas a la manera del panóptico de Jeremy Bentham, testificaron los más crueles castigos aplicados a los reclusos, quienes no tenían otro destino que la muerte.
Al paso del tiempo, se erradicaron estas condiciones inhumanas para incorporar a los internos en un régimen basado en el trabajo, aunque a la fecha, se adoptó la creencia de que las prisiones son una “universidad del crimen”, pues la convivencia generada les permite perfeccionar sus técnicas delictivas, para aplicarlas una vez obtenida su libertad.
Actualmente, nuestro sistema penitenciario ha dedicado una incansable labor para procurar que quienes compurgan una pena, convivan en un ambiente de respeto e integración con sus compañeros, a través de la disciplina, las actividades deportivas y la capacitación para el trabajo, recuperen la confianza hacia sí mismos, manejen el estrés y la ansiedad ocasionadas por el encierro, desarrollando talentos creativos que los inspiren a erigir un nuevo plan de vida.
No obstante, el camino que debe recorrerse para cumplir con este objetivo, presenta múltiples obstáculos, tal y como se advierte en el “Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria”, elaborado anualmente por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), que expone las condiciones de los internos en los distintos centros de todo el país.
En el análisis del 2020, fue alarmante encontrar que únicamente seis entidades de la República cumplieron los parámetros para garantizar una estancia digna a la población penitenciaria, en tanto que 20 estados, presentaron diversas áreas de oportunidad para mejorar el desempeño de sus funciones, y seis estados obtuvieron calificaciones negativas por incumplir los estándares mínimos considerados para brindar un trato decoroso en reclusión.
Si bien, cada establecimiento tiene sus particularidades, la gran mayoría, comparten deficiencias que atentan contra la integridad, no sólo de las personas privadas de la libertad, sino del personal que labora para estos centros. Es decir, son comunes ciertas prácticas, como el acceso a sustancias ilegales, alcohol, armas y dispositivos móviles, que lejos de favorecer un proceso de reinserción, promueven la comisión de delitos; es notoria la sobrepoblación al interior de las prisiones, evidenciando la inhabitabilidad y el riesgo para las personas privadas de la libertad; así mismo, el diagnóstico de referencia detectó un total de cien suicidios ocurridos en prisiones estatales, a causa de la falta de personal en psicología para atender la salud mental de las personas privadas de la libertad.
Es cierto que visibilizar estas condiciones, permitirá la implementación de estrategias encaminadas a erradicar los vicios señalados, no obstante, a consideración de quien escribe, esta problemática encuentra su origen en un común denominador: la falta de capacitación del personal penitenciario (en áreas técnicas, de vigilancia y administrativas) y la ausencia de condiciones laborales objetivas.
Son diversas las razones que sostienen esta hipótesis, por ejemplo, ante el exceso de población de personas privadas de la libertad, los elementos de custodia optan por concentrar una cantidad importante de reclusos en celdas más cercanas a ellos para tener un mayor control, sin valorar que se genera una mezcla de éstos, ya que son determinados como de alta y baja seguridad.
En esa misma línea, el personal de vigilancia carece de habilidades de mediación de conflicto, pues tan sólo en el 2020, la CNDH registró un total de 926 enfrentamientos, que van desde riñas, hasta amotinamientos entre grupos que se disputan el control de los centros. La vorágine de esta situación se agudiza si tomamos en cuenta que el tráfico de drogas al interior de las cárceles, ha incrementado la violencia a la que están expuestos los custodios, sin que cuenten con una preparación para neutralizar dichos ataques; todo lo contrario, en no pocas ocasiones son víctimas de grupos criminales, y en total complicidad con algunos directores, limitan sus tareas de supervisión.
En otro aspecto, el personal penitenciario, atraviesa por circunstancias laborales complejas, empezando por una baja percepción salarial, jornadas extensas de trabajo, escasos días de descanso, falta de capacitación para el manejo del personal bajo su custodia, nulas oportunidades de crecimiento laboral, tratos arbitrarios de sus superiores y prestaciones de seguridad social limitadas.
Se debe dimensionar que el personal penitenciario cumple con una tarea difícil, pues son responsables de supervisar a quienes perdieron el bien más preciado en la vida como lo es la libertad, aunque no tengan a su alcance las herramientas más elementales.
Por este motivo es que las “Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de los Reclusos” en sus numerales 74 y 75, resaltan la necesidad de que el personal en todos los niveles, posea una formación íntegra en su esfera de valores, con un sólido espíritu de vocación y una preparación profesional acorde con las circunstancias; se le dará capacitación constante y acorde con su nivel de responsabilidad, mejorando el desempeño de sus actividades; y debido al nivel de compromiso adquirido, será elemental que tengan un empleo bien pagado, con todas las prestaciones de ley, cuya estabilidad laboral dependerá de la eficiencia demostrada.
Etas directrices nos reflejan que el funcionamiento de las prisiones será directamente proporcional al respeto de las garantías laborales para el personal penitenciario, y por consiguiente, si no son respetados los derechos mínimos de estos servidores públicos, es probable que fenómenos como la corrupción, el autogobierno y la violencia se apoderen de las instituciones carcelarias.
Es momento de plantear la siguiente pregunta… A 10 años de las reformas en materia de derechos humanos ¿El sistema penitenciario generó verdaderas condiciones para lograr una auténtica reinserción social? El mejor parámetro lo encontramos en el “Censo Nacional de Gobierno, Seguridad Pública y Sistema Penitenciario Estatales” del 2020, el cual reporta que durante el 2019, ingresaron un total de 112, 811 personas a los centros penitenciarios, de los cuales, una cifra de 14,435 fueron reincidentes, y un total de 9,574 registraron un reingreso a prisión.
Estas estadísticas demuestran que un total de 24,009 personas no lograron construir un nuevo plan de vida, lo cual refleja que los programas de reinserción social no han cumplido con la efectividad esperada.
Por lo tanto, si la aspiración es mejorar la calidad de los servicios que brindan las instituciones penitenciarias, para que toda persona que cumplió una pena privativa de libertad pueda labrarse un nuevo porvenir, es fundamental el establecimiento de un “Sistema Profesional de Carrera Penitenciaria” que renueve los procesos de selección y capacitación del personal, generando un cambio de conciencia en la prestación del servicio.
Sin embargo, esta propuesta implicará un gran compromiso coordinado en el ámbito estatal y federal, no sólo para impulsar las leyes sobre la materia que definirán las bases de este nuevo sistema, sino también para destinar los recursos económicos que resulten necesarios.
Este sistema, debe ceñirse a los principios de honradez, legalidad, transparencia y rectitud; contar con un “Comité de Selección” dependiente de un “Subsistema de Ingreso”, encargado de publicar las convocatorias que contendrán los requisitos y el perfil necesario para cubrir un cargo específico, siendo indispensable que los aspirantes cuenten, por lo menos, con nivel licenciatura; como parte de esta etapa de ingreso, se encargará de aplicar las evaluaciones de conocimientos, psicométricas y de control de confianza, para elegir a los mejores elementos.
Igualmente, se requerirá un “Subsistema de Desarrollo Profesional”, cuya función consistirá en estructurar un plan escalafonario basado en el mérito y las competencias, para brindarle la oportunidad a los servidores públicos de aspirar a un mayor nivel jerárquico en la estructura administrativa.
Asimismo, debe instaurarse un “Subsistema de Certificación”, cuya misión será desarrollar los programas de capacitación para todo el personal, a través de cursos, talleres, especializaciones, seminarios y diplomados de actualización, con los que se potenciarán las capacidades técnicas en los servidores públicos penitenciarios.
Finalmente, el “Subsistema de Evaluación de Desempeño” calificará anualmente el cumplimiento de los objetivos, metas y resultados obtenidos por el personal penitenciario, y este indicador servirá como parámetro para determinar los probables ascensos en los centros penitenciarios, la estabilidad en el empleo, pero también notificará a los funcionarios acerca de las áreas de oportunidad que deberán mejorar para su desarrollo profesional.
Este subsistema tendrá la facultad para implementar exámenes de control de confianza, y así tener la certeza de que los funcionarios públicos se conducirán durante el desempeño de sus labores con probidad y rectitud.
Pero es muy importante que este sistema cuente con la supervisión permanente de un órgano interno de control, instancia que sancionará el incumplimiento de los principios básicos en el servicio penitenciario en perjuicio de las personas privadas de su libertad, y dará seguimiento a las acciones cometidas por los servidores públicos que puedan ser constitutivas de delito; pero eso no es todo, ya que se necesitará que en todos los establecimientos penitenciarios exista un área de quejas, para que los familiares y personas que durante su visita, sufran alguna deficiencia en la atención que se les brinda, puedan formular sus demandas y el órgano interno realice las investigaciones correspondientes, sancionando a los funcionarios responsables.
Este esquema descrito que favorecerá la calidad en el servicio público, respetará en todo momento los derechos laborales de los trabajadores, generando sueldos justos, jornadas equitativas, días de descanso, periodos vacacionales y prestaciones de seguridad social objetivas, con las cuales se asegurará la estabilidad de su empleo, desalentando cualquier práctica que atente contra su espíritu de vocación.
Al respecto, debe reconocerse el gran avance alcanzado por el gobierno del estado de Querétaro, que, a principios de agosto de este año, destinó una importante inversión para inaugurar el Instituto del Servicio Profesional de Carrera Penitenciaria de la entidad, cuya meta trazada es potencializar las habilidades integrales del personal penitenciario, a través de un esquema como el que se describe.
No podemos negar que México tiene una deuda histórica con la población penitenciaria, que cómo resultado de las malas decisiones del pasado, hoy están compurgando una pena en prisión; corresponde a las autoridades penitenciarias, en los distintos niveles de gobierno, estar a la altura de las circunstancias, y más allá de brindar un servicio de calidad, es necesario que brinden un acompañamiento y un apoyo solidario, moral y humano para los internos.
Todo ello es posible, sentando las bases de un sistema profesionalizante bien delineado en el que todos quienes formen parte de esta noble labor tengan al fin las competencias y habilidades, que les permitan desempeñarse con toda plenitud, abonando a un cambio no sólo en la vida de las personas privadas de la libertad, sino en nuestro propio tejido social.
Es el momento de redignificar las instituciones penitenciarias, y dotar de plena vigencia los derechos de su personal y de los internos, para que al paso del tiempo podamos decir con satisfacción que en México si existe una auténtica y verdadera reinserción social.*Estudia la Maestría en Ciencias Penales, en la Facultad de Derecho de la Barra Nacional de Abogados.
Tal vez te guste
Pamela Cerdeira
Hay una sensación que me ha acompañado toda la vida. Es algo que nunca he podido nombrar. No sé si le pasa a otras personas. Se siente como si tuvieras un hueco; está en algún lugar del cuerpo y en todo el cuerpo al mismo tiempo. Se parece a la nostalgia, cuando extrañas algo pero no sabes qué es eso que extrañas. Tiene el rostro de mi infancia, el color de la pintura de la casa de mis papás, sus espacios, y momentos suspendidos; son tan únicos que es imposible distinguir uno solo. Es como querer regresar a un lugar seguro. No sé qué lo desata, es repentino. He llegado a creer que es sólo sed y mi forma peculiar de interpretarla. Pero de lo único que estoy segura es de que en ese momento solo quiero un vaso con leche. Y creo que empezó cuando dejé de vivir ahí.
Mi mamá decía con orgullo y sorpresa: “mis hijos toman leche hasta con la comida”. Era cierto, siempre había agua de limón, pero nosotros preferíamos leche. Leche con chocolate en la mañana, leche en la comida y leche en la cena. ¿Sed a mitad del día? Leche. Era la época en la que nadie contaba vasos de agua ni necesitaba sensores para medir la biología más básica como los pasos o el sueño.
Estaba en segundo de primaria, aprendíamos BASIC en la clase de computación, una fila de instrucciones para que la Macintosh hiciera un círculo. Alejandro, mi compañero de máquina, volteó a verme con desagrado y me dijo: “Awww, tienes bigote”. Sí, tenía bigote y no tenía a Frida Kahlo de referencia. Así que para resolverlo se me ocurrió la brillante idea de pintarme el bigote con sombras para ojos color blanco. Mi bigote quedó tan bien escondido como un bandido gordo tras un poste de luz. A la mañana siguiente, un minuto antes de bajarme del coche, mi mamá me miró (de esas miradas que escanean en busca de algo que corregir) y me dijo: “te dejaste bigote de leche”, chupó su dedo y me limpió la cara. Pero yo no iba a rendirme, tenía un plan. Así que al otro día utilicé sombras color café claro. Y la escena se repitió, esta vez mi mamá dijo: “Te dejaste bigote de chocolate, te lo limpio”, y me lo quitó de nuevo.
Llegó la adolescencia y la leche se transformó, como toda la comida, en puntos intercambiables. Entré en el imposible laberinto de contar calorías y todo tenía un límite: una porción del circulito azul que era el que representaba a los lácteos. Como debe sucederle a la mayoría de quienes me leen, mi relación con la comida era como la vida amorosa de Johnny Depp: complicada. Tardé mucho en cambiar la forma de mirarla, de poner el valor nutricional primero y disfrutar y agradecer cada bocado por todo lo que aporta a mi cuerpo. Hace poco, en un Starbucks, me sorprendió la cantidad de veces que tuve que aclarar que quería leche. ¿Quiere leche de almendra? No, solo leche. ¿De soya? No, leche, de vaca. Tengo leche light. No, solo quiero leche. ¿Deslactosada? Leche. Leche y ya. La señorita me vio con ojos de sospecha.
Y es que, en tiempos donde todo parece inmediato, ultraprocesado o hiperespecializado, a veces nos cuesta entender la belleza de lo simple. Se nos olvida que la leche es un alimento que la naturaleza diseñó con una ingeniería perfecta. Hay que sumar el viaje titánico que ocurre antes de abrir el refrigerador. Ese vaso de “leche y ya” empieza en el origen, en una historia que tan solo en México sostienen treinta y cinco mil colaboradores que forman parte de la familia Lala.
La historia de nuestro vaso de leche diario empieza a las tres de la mañana, bajo un silencio que solo conocen quienes trabajan la tierra. Mientras nosotros damos la media vuelta en la cama, en alguno de los más de ciento veinticuatro ranchos que proveen a Lala en México comienza el primer ordeño de un total de casi quinientas mil vacas. Muchas de las familias ganaderas detrás de este esfuerzo llevan más de cincuenta años trabajando de la mano con la marca.
Al final, esta inmensa cadena de valor no solo mueve cajas y botellas de un punto a otro. Detrás de cada trago trabajan miles de personas: ganaderos, veterinarios, nutriólogos, ingenieros y expertos en sustentabilidad que generan empleos, impulsan las economías de nuestras regiones y fortalecen el campo mexicano. Entender este camino invisible no solo nos nutre físicamente; también nos conecta con quienes lo hacen posible y nos recuerda que agradecer lo que comemos sigue siendo una de las formas más profundas de reconocer la vida cotidiana.
La edad me ha devuelto la leche, y con ella, la gratitud. Los músculos se convierten en un baúl sin fondo sediento de proteína y los lácteos han sido mi mejor forma de darles lo que necesitan. Cada vaso de leche, fría porque así me gusta —y que al final es solo uno de los más de 33 millones de vasos que Lala procesa al día en nuestro país—, entra a mi cuerpo mientras pienso en todo lo que me aporta, que en mi caso, es una mezcla de nutrición y ese algo imposible de nombrar que llega directo al corazón.
Opinión
Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa
Publicado
el
28/04/2026Por
Arzate Noticias
Por Ángel Pérez Sánchez
El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.
En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.
En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.
La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.
Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.
Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.
Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.
Iniciativa privada invierte en Sinaloa
El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.
El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.
Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.
Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.
Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.
Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.
México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.
En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE). Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.
El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional. Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.
El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.
La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.
De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.
Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.
La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial.
El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.
Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.
Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.
-
NegociosPresentan 40 obras literarias y editoriales en la XII Expo Libros de la FES Aragón
-
by defaultExpo Pack México 2026 reúne a más de 700 empresas y anticipa la transición obligatoria hacia códigos 2D
-
MineríaGenerará gran beneficio social el 16 Congreso Internacional Minero Sonora 2026: Sitten Ayala
-
by defaultÁngeles Verdes y PASE firman convenio de colaboración
-
NegociosViakable celebra 15 años de innovación industrial en el CETIV
-
NegociosIPADE inaugura sede Santa Fe ante nuevos desafíos del liderazgo empresarial
