{"id":8534,"date":"2021-07-12T11:38:21","date_gmt":"2021-07-12T16:38:21","guid":{"rendered":"https:\/\/arzatenoticias.com\/?p=8534"},"modified":"2021-07-12T14:34:40","modified_gmt":"2021-07-12T19:34:40","slug":"somos-estas-ruinas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/2021\/07\/12\/somos-estas-ruinas\/","title":{"rendered":"Somos estas ruinas"},"content":{"rendered":"\n<p>Max se acomoda penosamente sobre su silla de ruedas con respaldo de mimbre deshilachado. \u00c9l tiene tantas cicatrices como la silla. Se cubre con una cobija estampada en cuadros rojos y negros.<\/p>\n\n\n\n<p>Su espesa barba desali\u00f1ada combina con el cuello de su su\u00e9ter tejido; las mangas, largas en exceso, est\u00e1n plegadas hasta las mu\u00f1ecas. Los brazos del hombre cuelgan por encima de los apoyos de la silla. Con sus u\u00f1as, sue\u00f1a que acaricia un gato. Su cerebro s\u00f3lo inventa: sus manos permanecen quietas.<\/p>\n\n\n\n<p>Mueve la cabeza de atr\u00e1s hacia delante, eso le alivia un poco el hervidero que siente en su interior. Las flemas acumuladas en sus pulmones maximizan el ronquido en su pecho y lo obligan a escupir espesas natas. Tose un par de veces, y vuelve a dormitar. Un grupo de moscas exploradoras le recorren el rostro y hacen equilibrios sobre su barba blanca.<\/p>\n\n\n\n<p>Las l\u00e1minas de su vivienda son un colador por donde se filtran listones de luz que se hacen a\u00f1icos sobre una mesa rectangular de madera apolillada, donde se apilan platos con restos de comida, ennegrecidos por colonias de insectos. La habitaci\u00f3n es una \u201ccaja de galletas\u201d sin cimientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Sujetos a las paredes, diversos anaqueles con mercanc\u00edas vencidas atestiguan que, un d\u00eda, en aquel lugar, se pretendi\u00f3 instalar un peque\u00f1o comercio. \u201cTodo es viejo y rancio, como nosotros\u201d, repite Max a su mujer, diariamente. Ella lo mira de reojo y traga su posible respuesta. Sabe de la caducidad de la vida, de lo perecedero de los cuerpos y de las almas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero se niega a tirar lo que no sirve, se aferra como una \u00faltima posibilidad a lo que pudo haber sido, aunque el lapidario tiempo pasado haya comprobado en una sola y definitiva exhibici\u00f3n que no existen devoluciones ni ajustes en los tiempos perfectos de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella es como aquellas mercanc\u00edas que por un tiempo tuvieron un valor y despu\u00e9s lo perdieron para siempre. Aunque en su mente vivan ilusiones y anhelos que de vez en cuando se turnan para construir realidades alternativas en donde ella es por s\u00ed misma, y no por nadie m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Max aprovecha la t\u00edmida luz que rasga la oscuridad y observa la tierra mal pisoneada de su vivienda. Sus ojos se detienen un momento en su zapato derecho de dos colores, el \u00fanico que se ha desgastado junto con \u00e9l. El zapato izquierdo sigue perdido entre los trebejos. La diabetes le permiti\u00f3 conservar una sola pierna.<\/p>\n\n\n\n<p>Sara, su mujer, empuja trabajosamente la silla de ruedas hasta el quicio de la puerta para que Max tome el sol contra su voluntad; refunfu\u00f1a y maldice, pero ella cumple con su prop\u00f3sito y vuelve a perderse en la penumbra del cuarto.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella tiene la piel color vinagre. Est\u00e1 convencida de que no necesita la luz del sol, mucho menos la luz el\u00e9ctrica; se acostumbr\u00f3 a la oscuridad de su cuarto y de su vida. Con una mano despeja su frente y asegura, tras de sus orejas, sus largos cabellos blancos. Todas las tardes, Sara saca al perro del corral y le deja correr libre por los llanos de Lago Seco. Sabe que un d\u00eda El Hippie no regresar\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Hace a\u00f1os, ha perdido la cuenta, ella dese\u00f3, como el perro, salir corriendo y escapar del corral, pero no tuvo el valor de perderse y abandonar a Max. Hoy recuerda con nostalgia a Juan El Sapo, muerto el a\u00f1o pasado por causa de un ataque cardiaco mientras manejaba su cami\u00f3n de pasajeros.<\/p>\n\n\n\n<p>En el fondo del cuarto, colgado del muro, y cubierto con una s\u00e1bana de franela, hay un espejo estrellado donde Sara contempla, con diez a\u00f1os menos, su reflejo poli\u00e9drico. Desabotona su blusa y su falda, y permite que resbalen hasta el piso de tierra. Con la ropa interior puesta, imagina las manos rudas de Juan El Sapo recorri\u00e9ndole el alma por debajo de las prendas, desat\u00e1ndole los pudores en un ba\u00f1o p\u00fablico, propiedad de El Espa\u00f1ol, uno de los primeros en Lago Seco.<\/p>\n\n\n\n<p>Sara y Juan empezaron por verse una vez cada mes; conforme la pasi\u00f3n aument\u00f3, tuvieron la necesidad de sentirse con mayor frecuencia. Pero el coraz\u00f3n de ella le desconect\u00f3 la raz\u00f3n: para Max resultaron evidentes las puntuales salidas de su mujer, el cuidado de su f\u00edsico y de su ropa, y la cierta distancia que ella promov\u00eda por las noches en el lecho marital.<\/p>\n\n\n\n<p>En pocos meses, Sara gustaba de lucir sus caderas anchas, su espalda menuda y sus senos firmes y proporcionales bajo un vestido ligero, estampado con flores rojas, blancas y amarillas \u2014mand\u00f3 hacer tres similares con Tinita la costurera.<\/p>\n\n\n\n<p>Max finge no saber, bajo su espesa barba se limita a despachar los ocasionales clientes que piden medio kilo de piloncillo, dos agujas para coser a mano o medio kilo de frijol Flor de mayo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Voy a La Merced, a la boneter\u00eda, me pidieron encaje y list\u00f3n, y no tenemos. No quiero que falte nada en el negocio. Que haya poquito, pero de todo. Regreso en la tarde. Tom\u00e9 cien pesos de la cubeta del dinero.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella se marcha feliz, y \u00e9l acomoda las latas de sardina apil\u00e1ndolas sobre los<\/p>\n\n\n\n<p>anaqueles en torres de seis piezas. En Lago Seco no hay pavimento y el polvo exige limpiar la mercanc\u00eda varias veces por d\u00eda. Max construy\u00f3 un mostrador de madera con l\u00e1mina, y cuatro ventanitas para que los clientes puedan ver el surtido del negocio, y de la vista les nazca el amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Atr\u00e1s quedaron los recuerdos del d\u00eda que se conocieron en la plaza de un pueblo de provincia. Max era vendedor de una distribuidora de mercanc\u00edas, y su ruta de trabajo lo llev\u00f3 a ese lugar apartado. Qued\u00f3 hu\u00e9rfano a los seis a\u00f1os, desde entonces, con ah\u00ednco se dedic\u00f3 por completo al trabajo: \u201cNo siempre voy a ser empleado\u201d, se repet\u00eda y guardaba, en una lata de galletas rectangular, una parte de su sueldo cada quincena. Estaba convencido que el mayor milagro para evitar la miseria es trabajar.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquel pueblo, el gesto m\u00e1s delicado de Max para con Sara fue un intento de piropo que, en resumen, hablaba de los bellos ojos de la joven. En realidad, era algo que la mujer no recordaba con certeza. Siempre prefiri\u00f3 idealizar aquel momento e imaginar que el tiempo fue deslavando el amor entre ambos, hasta alisarlos como dos piedras de r\u00edo, atrincheradas, inamovibles para toda la eternidad.<\/p>\n\n\n\n<p>El jueves entablaron pl\u00e1tica por primera vez y el domingo se casaron. No hubo fiesta. A la ceremonia asistieron los que siempre iban a misa. No hubo m\u00e1s convidados. Ella era hu\u00e9rfana y estuvo bajo el cuidado de la \u00fanica hermana de su madre hasta el d\u00eda que muri\u00f3. Por eso, sin despedirse de nadie, el mismo domingo abordaron el cami\u00f3n que los llev\u00f3 a la capital. Rentaron un peque\u00f1o cuarto durante unos meses. Despu\u00e9s supieron de los terrenos baratos que vend\u00edan por el rumbo del aeropuerto y decidieron ir a verlos.<\/p>\n\n\n\n<p>Hicieron trato con el fraccionador y a la semana siguiente ya estaban mudando, a su propiedad, sus escasas pertenencias\u2014dicho sea de paso, faltaban algunos a\u00f1os y cubrir las mensualidades se\u00f1aladas en un talonario de pagar\u00e9s para que fuera suyo con todas las de la ley. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>En tanto, para empezar, compraron una estufa de petr\u00f3leo, un millar de tabique, polines y fajillas, seis paquetes de l\u00e1minas enchapopotadas y varios kilos de clavos. Recolectaron cientos de corcholatas de refresco para clavar firmemente las l\u00e1minas a los polines e hicieron su casa. Rellenaron con tres camiones de cascajo tra\u00eddo de las demoliciones de edificios viejos del centro de la ciudad. De entre toda la pedacer\u00eda comprada, rescataron una enorme viga que s\u00f3lo requiri\u00f3 una buena cepillada y pas\u00f3 a formar parte de la decoraci\u00f3n y orgullo de la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Max y Sara, cada uno viviendo en sus propios pensamientos, llegaron a imaginar que aquella enorme viga proven\u00eda de la casa de uno de los condes o virreyes coloniales, y que durante siglos un enorme candelabro pendi\u00f3 de ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel gran trozo de madera incentivaba la imaginaci\u00f3n, por eso proyectaron una alberca, una biblioteca y un sal\u00f3n de juegos en sus limitados ciento veinte metros cuadrados de superficie de terreno. Pero ese era un asunto menor si de imaginar se trata: tambi\u00e9n proyectaron los departamentos de los hijos \u2014tres, si Dios lo permit\u00eda\u2014, dise\u00f1ados de forma similar, con su ba\u00f1o aparte, \u201cpara que no haya discordias\u201d \u2014dec\u00eda ella\u2014. Tambi\u00e9n proyectaron, bajo el \u201csal\u00f3n recibidor\u201d, un estacionamiento para cuatro autos y un jard\u00edn con naranjos y manzanos.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobre la enorme viga atravesada en el techo, de muro a muro, se apoyaron fajillas y se extendieron las l\u00e1minas, y Max y sara siguieron edificando sue\u00f1os de nuevos propietarios. Pero todos esos proyectos quedaron suspendidos cuando, tras varios a\u00f1os de intentarlo, no pudieron ser padres. Acordaron guardar silencio y evitar la certeza de saber qui\u00e9n de los dos era inf\u00e9rtil. Por eso se entregaron al negocio que Max puso con el dinero obtenido por su liquidaci\u00f3n en la empresa distribuidora de mercanc\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>La tienda crec\u00eda como negocio, pero la juventud de Sara estaba m\u00e1s all\u00e1 de los satisfactores materiales. Por eso, Juan El Sapo se hab\u00eda convertido en el escape de Sara, el camino hacia un mundo irreal pero adictivo. Narcotizada con ese amor que duele, que espolea las costillas, olvidaba con mayor frecuencia el horario y el compromiso:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No hab\u00eda camiones. Se me hizo tarde viendo lo nuevo que hay en la boneter\u00eda. Cuquita, la bonetera, tiene muchas historias qu\u00e9 contar y se nos fue el tiempo<\/p>\n\n\n\n<p>platicando de esto y de lo otro \u2014explicaciones para sus tardanzas nunca faltaron a Sara. Hasta que los ascos y los mareos aparecieron: estaba en estado de buena esperanza. Esto confirmaba que la infertilidad estaba del lado de Max.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella se preocup\u00f3 al principio, despu\u00e9s se resign\u00f3 y, finalmente, decidi\u00f3 avisar a Juan El Sapo que ser\u00eda pap\u00e1. Estaba segura: el hombre tomar\u00eda la noticia con enorme gusto y juntos emprender\u00edan camino para formar una familia en otras tierras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cTotal, que Max se quede con las caballerizas, la alberca, el negocio, los cuatro autos y los hijos que no puede tener, porque naci\u00f3 vano\u201d \u2014se repet\u00eda a s\u00ed misma, pasando de la aparente consideraci\u00f3n al desprecio. Se convenc\u00eda de que val\u00eda la pena, una y mil veces, vivir la vida al lado del hombre que le incendiaba el alma con s\u00f3lo verla.<\/p>\n\n\n\n<p>Juan El Sapo la llev\u00f3 a vivir con \u00e9l al barrio de Los Patos, donde una vieja con olor a tabaco y manos gruesas le practic\u00f3 un aborto, sobre un camastro, en un cuarto de vecindad. Tras convalecer, \u00e9l la oblig\u00f3 a prostituirse durante casi cinco a\u00f1os. Hasta que un d\u00eda, Sara no supo m\u00e1s de \u00e9l. Le llegaron rumores de que lo mataron en una pelea a navajazos. Otros dicen que ten\u00eda muchos enemigos y que lo desaparecieron en el r\u00edo de aguas negras.<\/p>\n\n\n\n<p>Eran casi las seis de la tarde. Luces color naranja pesta\u00f1eaban en el cielo. Ella subi\u00f3 al cami\u00f3n con rumbo a Lago Seco. Necesitaba morirse de algo, pero nada en el mundo val\u00eda la pena. \u201cUno, a veces, quiere morir por todo, pero vivir es lo que vale la pena\u201d \u2014logr\u00f3 esta certeza mientras miraba por la ventana del autob\u00fas. Tal vez por eso baj\u00f3 del cami\u00f3n en la calle siete y la emprendi\u00f3 por el caser\u00edo: pas\u00f3 por el tendaj\u00f3n de El Jarocho, mir\u00f3 la casa de Las Medel, el hijo de El Gordo ya era un peque\u00f1o de cabellos rizados que jugueteaba sobre el terregal\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Realmente, nada hab\u00eda cambiado mucho. Ella se plant\u00f3 frente a la que fue su casa, con la actitud de quien espera morir dignamente bajo la espada del ofendido. <\/p>\n\n\n\n<p>Un hombre fuma en el quicio de la puerta. Su barba espesa oculta las nuevas arrugas obtenidas este a\u00f1o. \u00c9l no est\u00e1 sorprendido. Siempre supo que as\u00ed ser\u00eda, que ella volver\u00eda. \u00c9l da la espalda, arroja el resto del cigarrillo al piso, y abre la improvisada puerta de madera, de par en par. Es un gesto que ella sabe interpretar. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l entra primero, ella espera unos segundos, luego entra y cierra tras de s\u00ed. De entonces a la fecha han pasado m\u00e1s de cuarenta a\u00f1os. Nuevas personas llegaron a Lago Seco, se pavimentaron las calles, hay agua potable en cada casa, no hay necesidad de robarse la energ\u00eda el\u00e9ctrica con diablitos, y hay transporte a todas horas. Muchas cosas pasaron, otras nunca cambiaron. <\/p>\n\n\n\n<p>Hace d\u00edas que Max no maldice. Tiene la mirada triste, cansada. Le es indiferente si el sol le rostiza o si Sara lo olvid\u00f3 en el quicio de la puerta, ya entrada la tarde. Pero ella, desde hace d\u00edas, saca una silla de madera y toma asiento junto a Max.<\/p>\n\n\n\n<p>Los dos viejos miran hacia el firmamento; quienes hemos escuchado su historia, s\u00f3lo podemos imaginar los pormenores de su vida durante estos \u00faltimos cuarenta a\u00f1os; de la misma forma como ellos imaginaron una casa y una familia. Aunque, para la mayor\u00eda de los vecinos, la historia de los viejos es indiferente. Nadie sabe que esperan, pero seguir\u00e1n esperando hasta que uno de los dos termine por fugarse hacia ese punto que miran en el cielo.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Max se acomoda penosamente sobre su silla de ruedas con respaldo de mimbre deshilachado. \u00c9l tiene tantas cicatrices como la silla. Se cubre con una cobija estampada en cuadros rojos y negros. Su espesa barba desali\u00f1ada combina con el cuello de su su\u00e9ter tejido; las mangas, largas en exceso, est\u00e1n plegadas hasta las mu\u00f1ecas. Los [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":15,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[180],"tags":[],"class_list":["post-8534","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-opinion"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8534","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/15"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=8534"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8534\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":8539,"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8534\/revisions\/8539"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=8534"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=8534"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/arzatenoticias.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=8534"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}