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Opinión

Como una llamarada

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Rosaura es madre de Belinda. Madre e hija sienten orgullo mutuo. Juntas han trabajado con denuedo y son propietarias de dos comercios de plátano en La Merced. Viven desde hace un par de años en Lago Seco.

Rosaura aprendió a desplazarse en los ambientes considerados sólo de los hombres. A falta de un varón en la familia, ella hubo de enfrentar, en soledad, las vicisitudes para criar y educar a una hija con, aparente, menoscabada autoestima.

Rosy, como la llaman sus más allegados —que son pocos—, temen su lenguaje torvo cuando se enoja —casi siempre—. Hay personas que se molestan por todo, y Rosaura pertenece a ese grupo: le enerva el zumbido de la mosca, el claxon de los autos, el comportamiento de las personas; particularmente, le remueve fibras muy sensibles el acto de poner sebo de veladora en las cuarteaduras de sus talones, todas las noches.

En contraste, es hábil negociante. Si un camión de plátanos le es ofrecido, Rosy oferta, jala, empuja y, de ser necesario, suelta un par de mentadas de madre para lograr el mejor precio. Pocos peces escapan de su característica red. Sabe ahorcar y resucitar, comprar favores, amarrar compromisos; ella siempre obtiene algo, siempre gana.

Desde su llegada a Lago Seco, Rosaura ha sido propuesta, varias ocasiones, para liderar la colonia. Siempre ha declinado la invitación de sus vecinos, arguye que esas son tarugadas: quien quiera vivir bien, que le friegue, y no busque quién le solucione sus problemas —suelta el consejo como un ladrido feroz que a muchos incomoda—.

Sabe que en el barrio no es monedita de oro y, por ende, no cae bien a todos —posiblemente a nadie—. Comprende que una mujer con sus calzones bien puestos nunca será bien vista entre los que debieran ser sus iguales; por eso se dedica con ahínco a trabajar y acumular dinero y propiedades, para que Belinda, un día tenga la vida resuelta y no sufra los desprecios que ella padeció; para que se mude de ese barrio de piojosos y forme una familia con un hombre guapo y profesionista, para que tenga hijos rubios que mejoren la raza:

—Ojalá que un día se diluya esta sangre, que el tiempo borre de nuestras caras estos rasgos prietos y jodidos —sentencia Rosaura a Belinda, para poner en claro que cada una tiene una tarea específica, pero esa aspiración —Belinda lo sabe— es más de su madre que suya.

Belinda está mejor caracterizada que Rosaura. Es delgada, menudita, de muy amplia sonrisa y ojos grandes de búho deslumbrado. Un enorme lunar en la barbilla, del lado derecho del rostro, le obsequia un aire de bruja de cuento, de bruja buena del sur, contrario a Rosaura: la bruja mala del oeste.

Belinda sabe que no es una mujer joven, de hecho, a sus treinta y cinco años, entiende que ha empezado el fin de sus mejores épocas. Pese a que su madre exige que quienes tienen tratos con su hija antecedan el apelativo señorita al nombre de Belinda.

Ella mantiene fresco el gusto de su primera experiencia sexual, con un hombre de mayor edad, al fondo de la bodega de plátanos, sobre cajas de cartón despanzurradas y extendidas como alfombra, para mitigar un poco el frío del piso que les trepaba hasta el lomo cuando intercambiaban posiciones: uno abajo y el otro arriba, y viceversa; de pie o de rodillas, empalmándose como cucharas, o él mirándola flotar encima, bajo la lámpara del techo, bajo los ganchos donde se bamboleaban las pencas de plátanos dominicos, machos, tabascos, rojos, amarillos, fálicos, cremosos, grandes, chicos, maduros y jóvenes, con su olor característico que les incentivaba la libido haciéndolos olvidar el frío, cuando se apretaban las nalgas uno al otro, hasta que se ponían rojas. Disfrutar como monos de nieve, con los ojos entrecerrados, flotando en las aguas termales del amor.

Porque esa fue la primera vez que Belinda supo de la mitigación de los calores del cuerpo. Desde aquel día entendió que sus ansias estaban más allá de los planes de su madre y de los compromisos que como hija le ceñirían una cuerda al cuello para convertirla en la eterna cuidadora de Rosaura; porque, si bien, era su madre, nadie podía atarla, mucho menos, condenarla a vivir en el infierno de resentimientos que su madre había construido en torno suyo. Le resultaba difícil proyectarse a futuro y entenderse como un maniquí de modista que sin chistar acepta los agujazos de la aprendiz. Le asqueaba sentirse objeto de los intereses ajenos, así fueran los de su propia madre. Cada día se lo cuestionaba con mayor frecuencia.

Porque el carácter de Belinda era dulce de forma natural, como un durazno jugoso en el punto exacto de acidez y azúcar, eso no era obstáculo para que una llama intensa le iluminara el corazón y le encendiera la entrepierna. Porque aprendió aquella primera vez en la bodega de plátanos, que de la variedad brotaba el gusto hasta volverse vicio, apenas limitado por la perilla de una estufa industrial que funciona perpetua en el alma. Por eso dedicaba buena parte del dinero que obtenía por su trabajo como cajera en el negocio, en comprar amantes con obsequios: relojes, cadenas de oro, zapatos, trajes, enganches para autos o motocicletas…  Ella lo llamaba inversión. El tipo de regalo dependía de las habilidades del hombre. Aunque, al término de cada relación, comprobaba que ninguno había sido tan bueno como lo pregonaba; porque, en el fondo, sus amantes eran todos débiles; ella conocía bien esa especie que farfulla, cacarea y hace alarde, para ocultar sus más profundas debilidades, y sus oscuras discapacidades de macho efímero. Porque ninguno había sido capaz de repetir, ni de lejos, la experiencia de su primera vez. Porque todos habían llegado a ella por una cadena de recomendaciones. Bajos, altos, morenos, blancos, negros, alcohólicos y drogadictos de clóset pretendieron someterla con actitudes de primate. A todos, sin excepción, Belinda los sacó de inmediato de su vida.

Por eso ella aceptaba que su madre exigiera a la gente que le llamase señorita a su niña. Porque Rosaura tenía derecho a vivir en su mundo alternativo, construido con ladrillos de prejuicio y ambiciones personales. Nada de eso alteraría, bajo ningún motivo, la buena relación que madre e hija fueron forjando luego de sendas rebatingas y griterías para que Belinda terminara una carrera universitaria.

Rosaura, por su parte, sólo conoció un hombre, y sólo una vez lo tuvo para ella. Aunque haya sido de forma violenta. Aunque no lo haya vuelto a ver desde entonces porque eran de la misma sangre.

Belinda conocía fragmentos de la historia de su madre. De la misma manera, sólo conocía trozos de un libro fotográfico que su Rosaura guardaba celosamente en una caja, bajo llave, dentro del clóset de su recámara. Fotos viejas que un día capturaron las imágenes de personas que hoy lucían mutiladas por cortes de tijera, fantasmas sin rostro, condenados a ser anónimos, por siempre, para todos, excepto para Rosaura, quien todas las noches unía los pedazos de su vida y prestaba temporalmente sus caras a esos fantasmas de las fotos para hacerlos danzar a su libre antojo, como una especie de divinidad que había encontrado su propia redención en la venganza.

El otro sosiego para el alma de Rosaura era contemplar, admirada, el dinero acumulado dentro del doble fondo del piso de su recámara. Y los billetes, organizados en fajos, aprisionados por ligas, parecían encenderse como luces de fiesta de pueblo, estallar en mil colores y regalar imágenes de niños rubios jugueteando en el patio de una casa enorme de paredes altas, lejos de la maldad del mundo. Porque esas imágenes, y muchas otras, se rebelaban ante Rosaura como catálogo de deseos vívidos, multicromáticos, casi tangibles en esa realidad que de tan deseada empieza a vestirse de locura.

Aquel día, Belinda cerró la bodega a las nueve de la noche. El par de ayudantes recibieron su paga semanal, era sábado, y se alejaron gustosos por la calle semi desierta. Una pandilla juguetona de hojas de periódico hacía piruetas en el aire frío del mes de diciembre. Un grupo de perros disputaban trozos de carne podrida que extraían de una bolsa plástica, entre los enormes montones de basura que desparramaban los contenedores.

Belinda caminó hasta su auto, era un modelo compacto de color amarillo, estacionado a dos calles de distancia de la bodega. Su cuerpo esbelto reflejaba una sombra pequeña sobre el asfalto. Caminaba erguida, soplando sus manos con su aliento caliente. El vapor de su cuerpo se diseminaba como un halo, como una enorme cabellera que salía por todos sus poros y le traspasaba la ropa.

De los registros del drenaje emanaba un olor nauseabundo y un vapor intenso como el de las tintorerías. Belinda caminaba entre aquellas fumarolas, esquivándolas, con las piernas heladas, pese a las pantimedias negras que le aminoraban un poco la sensación helada de la escarcha que empezaba a meterse violentamente bajo su falda. Decidió ir a la miscelánea, cuatro calles después del estacionamiento, a comprar un paquete de pastillas para el aliento y una caja de cigarros. Rosaura, su madre, detestaba el humo del tabaco; ese minúsculo placer motivó un par de fricciones entre las mujeres que, más tarde, terminaron por desvanecerse.  Desde entonces, Belinda no fumaba más delante de su madre.

Pese a que era sábado, la avenida mostraba poco tránsito vehicular. Escasas personas, tal vez empleados, regresaban caminando a sus hogares; otros se retiraban del lugar y se perdían en la lejanía, como una mancha bajo las luces del alumbrado público.

Belinda golpeó la cajetilla de cigarrillos contra la palma de su mano para compactar el tabaco. Eso le enseñó uno de sus amantes, posiblemente, el único con quien se acostó más de seis meses. Retiró la cinta de la cajetilla y el celofán que cubría la tapa, con dos dedos tomó el papel plateado y con el celofán lo hizo una sola pelota diminuta, después la introdujo en la bolsa de su abrigo corto de color negro, de marca. Aspiró la primera bocanada de humo y entrecerró los ojos mirando a lo lejos las luces neón de un hotel de paso al que la semana pasada había acudido en compañía de su más reciente inversión: un hombre a quien, por lo menos, superaba en edad por diez años.

Para Belinda, nada estaba vedado. Aunque gran parte de su vida había transcurrido en el encierro del trabajo en una bodega de plátanos, el trato rudo de su madre y su amplia experiencia en la cama le permitían ahora conocer las más ocultas intenciones de aquellos con quienes establecía cualquier tipo de trato o relación. Le bastaba observar sus expresiones corporales; también había aprendido a percibir hasta el más mínimo cambio en el tono de la voz. Así descubría, anticipadamente, los requiebros malsanos de sus aduladores, también la rabia oculta en el aparente trato diplomático. En múltiples ocasiones, ella y su madre fueron amenazadas, y siempre su madre mostró el temple enfrentando a sus acosadores:

—Para que vean que aquí hay ovarios —manifestaba la madre tocándose el vientre sobre el mandil de lona donde cargaba grandes fajos de billetes, producto de sus ventas de plátano al mayoreo.

Definitivamente, aquellas dos mujeres formaban un equipo. Ambas sabían para qué servían los machos y sus enclenques fuerzas: para cargar las pencas de plátano y para satisfacerse un rato. En ambos terrenos, estas damas eran sumamente exigentes.

En casa, esa misma noche, Rosaura había retirado la tapa del doble piso donde guardaba su dinero. Simulaba una niña pequeña rebotando, sentada, sobre el borde de la cama; abría sus ojos, deslumbrada. Múltiples fajos de billetes, perfectamente disimulados, que difícilmente hubiesen sido, siquiera, imaginados por alguno de sus vecinos en Lago Seco, quienes, penosamente, ingerían alimentos bajo la misma filosofía que un alcohólico en rehabilitación: sólo por hoy.

Belinda siguió su camino hacia el estacionamiento donde estaba su vehículo. Se dispuso a cruzar la avenida. El viento insistía en cortar la piel de los escasos transeúntes con sus finas y múltiples navajas heladas. La mujer encogió los hombros para preservar un poco sus mejillas entre las amplias solapas de su abrigo. El aire frío le impidió dar otra bocanada al resto del cigarro, y decidió arrojarlo sobre el piso, no sin antes pisarlo con la parte más ancha de la suela de sus botines negros de gamuza.

Entonces, un estruendo como de una olla hirviendo, tal vez, más parecido al de miles de papeles crepitando en un incendio monumental, apareció de pronto ante sus ojos y le impidió volver sobre sus pasos. El enorme monstruo la absorbió bajo sus aspas de alambre, como un enorme erizo, barriendo su vida con violencia.

El operador dijo en su descargo que la mujer salió, aparentemente, de la nada, como un fantasma pequeño, que voluntariamente se arrojó debajo de la gigantesca escoba mecanizada. A muchos pareció increíble que Belinda no se percatara de la peligrosa proximidad entre ella y la máquina.

Rosaura fue enterada de la muerte de su hija durante la madrugada del día siguiente por un par de agentes de la policía, a quienes la propia mujer pidió que le dejaran sola, que posteriormente iría a tramitar la entrega del cuerpo de la fallecida.

Cuando los policías se retiraron, sin la menor expresión en el rostro, con la firmeza que siempre la caracterizó, la mujer se encerró en su recámara, esparció gasolina en cada rincón de la casa, y sentada sobre la orilla de la cama miró arder su dinero, y al fuego llevarse a sus nietos rubios y a su yerno profesionista de buena familia, todos imaginarios. Se miró arder en el espejo, inexpresiva, firme, como siempre.

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Opinión

El crimen de periodistas

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 * Somos 1er lugar en el mundo 

* Terror y angustia imperan 

 La Secretaría de Gobernación (Segob), informó que de diciembre de 2018 a la fecha 43 periodistas y 68 defensores de los derechos humanos han sido asesinados en el país. Una cifra negra que lacera el alma, más cuando se trata de dos sectores tan vulnerados. 

 La Segob, precisó que siete periodistas y dos defensores eran beneficiarios del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas. Es evidente que el mecanismo tiene fallas contundentes, ya que en estos casos no funcionaron. 

 Este enero que aún no termina, ya van tres comunicadores ejecutados, en el orden, el pasado 10 del mes, en Veracruz fue asesinado el periodista José Luis Gamboa Arena y, apenas el viernes 21 mataron al fotoperiodista Margarito Martínez, el domingo 23, las balas acabaron con la vida de Lourdes Maldonado, pese a la custodia municipal que le habían asignado. 

Sobre Lourdes, en un Tuit, la Fiscalía General del Estado informó que una mujer periodista fue asesinada en la colonia Santa Fe, en la ciudad de Tijuana, a causa de las heridas resultantes al haber sido atacada con un arma de fuego, mientras se encontraba en un vehículo.  

Era muy conocida y querida en el gremio por su experiencia en medios importantes, amén de su sencillez y buen trato con quienes la trataron y su ejecución estremeció a sus cercanos. 

La periodista temía por su vida y pidió ayuda al presidente Andrés Manuel López Obrador en una conferencia matutina, se le concedió, pero ya sabemos su inoperancia. El domingo fue asesinada en un ataque frente a su casa. 

Fue en la mañanera del 26 de marzo del 2019, que, en Palacio Nacional se presentó como periodista del Semanario del Séptimo Día y, tras cuestionar al mandatario sobre comercio y la aduana, señaló que tenía una situación relacionada a una demanda laboral. Era con la empresa de Jaime Bonilla, ex gobernador. 

“No se puede vincular asesinato de periodista con demanda contra empresa de Jaime Bonilla”, afirmó el presidente en la mañanera de ayer. Es totalmente verdad, pero prometió que se hará una profunda indagación y se esperan resultados y no ocurra como los del resto que la mayor parte están olvidados. 

Otro caso emblemático, es el de José Luis Gamboa Arena: después de un video en el que desmenuzó la complicidad de los grupos delincuentes organizados y sus nexos con políticos encumbrados del estado, pelos y señales con valor suicida; cobró venganza y fue ultimado este 10 de enero y hay lúgubre silencio. 

Datos de Reporteros Sin Fronteras, 39 profesionales de medios de comunicación fueron asesinados por su labor en lo que va de año. La cifra de noviembre 2021 y con siete crímenes registrados en lo que va de año, México se convirtió en el país más mortífero para el gremio. Le siguen Afganistán y la India. Empieza 2022. 

rrrart2000@hotmail.com y Facebook 

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La filiación de México a EU

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* Es desde Miguel Hidalgo 

* Con rigor desde 1924 

En marzo, 21 de 1811: prendieron en Acatita de Baján, Coahuila, a Miguel Hidalgo y a los más importantes insurgentes de la lucha por la independencia mexicana. Iban a solicitar ayuda económica a los Estadio Unidos para la causa. 

José María Morelos y Pavón, pactó a cambio de apoyo financiero y el reconocimiento de México con el mismo país la construcción de un Canal que partiera de Veracruz a Salina Cruz, Oaxaca a través de Juan Pablo Anaya que no se concretó. 

Y, de acuerdo a historiadora Patricia Galeana, que nos entrega: Si Juárez no hubiera firmado, la ayuda de Estados Unidos no se habría dado y el gobierno liberal habría desaparecido”. Así que, con todo, la 4T, le debe el liberalismo al país vecino.

Robert Lansing, secretario de Estado de EUA dirigió a William Randolph Hearst en Febrero de1924, una carta en la que aconsejó “abrirles a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de sus universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto del liderazgo de Estados Unidos”.  

Y fue en la administración de Miguel de la Madrid Hurtado cuando se desató fiebre de estudiantes ambiciosos con miras políticas para ingresar a las universidades del vecino país, verbigracia, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo entre otros que ocuparon cargos importantes en el gobierno mexicano.  

Recordemos la irreflexión del presidente al afirmar que, a que las personas que van a estudiar a la Universidad de Harvard o en alguna otra universidad del extranjero, son personas que únicamente van a aprender a robar, o a ayudar a que roben otros para quedarse con las “migajas” del botín. 

 Con ello les dio sopapo a 12 colabores cercanos, entre ellos Marcelo Ebrard, Olga Sánchez Cordero, Jhon Hakerman y su esposa que ya se fue, Jorge Alcocer, Miguel Torruco, Luisa María Alcalde, Javier Jiménez Spriú, Josefa Blanco Ortiz, Esteban Moctezuma, Román Meyer Falcón y Graciela Márquez Colín. Estudiaron en el extranjero. 

Pero también los impreparados de su gobierno, que abundan, tanto en su gabinete como en provincia y legislaturas; han sido exhibidos en actos corruptos, pues en materia de honestidad, han reprobado que únicamente se perfeccionaron en acciones putrefactas. 

 El ataque a la corrupción fue el arma más contundente del presidente en campaña que se ha desdibujado en el ejercicio de su gestión; nadie ignora que los señalamientos son sólo para adversarios y todo el arrope para los de su grupo y sin consecuencias. Ejemplos claros abundan. 

Corrupción: Preferencia, aprovisionamiento, negociación, amiguismo, nepotismo, discriminación, favoritismo y exclusión; poder, fraude, desfalco, malversación, influencia, acoso, omisión, protección, pago, lavado de dinero, soborno, estafa, extorsión y propina. Ubique lector, cuáles de estos términos hemos conocido en funcionarios de la 4T… 

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Meméxico lindo y…

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El lunes 17 de enero inició el Parlamento Abierto en la Cámara de Diputados para debatir la contrarreforma que el presidente López Obrador presentó en materia de energía (Reforma Eléctrica), y que pretende, entre otras cosas, acabar con la competencia en el sector energético.

Este ejercicio se desarrolla a partir de este día y hasta el 15 de febrero, y pretende echar atrás la reforma en materia de energía de 2013 y dar paso a la presentada por el jefe del Ejecutivo el pasado 30 de septiembre del 2021, en donde se plantea reformar los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en materia de energía y recursos naturales.

En la primera sesión de trabajo, a la cual acudieron varios gobernadores, el partido en el gobierno mostró músculo, pues sus mandatarios estatales de Campeche, Ciudad de México, Guerrero, San Luis Potosí y Sonora cerraron filas con la iniciativa presidencial.

A pesar de que los ejecutivos estatales de oposición no fueron escuchados, hubo un reconocimiento por parte de los diputados federales morenistas de que la aprobación de la contrarreforma presidencial necesita de la oposición, la cual ha declarado que busca otros objetivos, como la prevalencia de las energías limpias.

Con esta declaración queda claro que por esta vez la aplanadora morenista en el Congreso de la Unión no podrá echar mano de la simulación mediante el Parlamento Abierto, pues ahí se escuchará a políticos, académicos, expertos en materia energética y ciudadanas y ciudadanos que no comparten la visión energética del presidente.

Cabe señalar que, de aprobarse, sin moverle una coma, tal y como lo ha dicho el tabasqueño, la propuesta de Reforma Eléctrica lópezobradorista tendría graves repercusiones a nivel nacional e internacional que afectarían a las familias mexicanas como, por ejemplo, el aumento de las tarifas eléctricas, tanto a nivel doméstico como industrial.

La primera y más importante, como se mencionó líneas arriba, es que acabaría con la competencia en materia del sector eléctrico para regresar a un modelo monopólico de la Comisión Federal de Electricidad. Este modelo produciría al menos el 54% de la energía eléctrica requerida en el país, en el que se controlaría la participación privada.

Además, desaparecerían a los órganos reguladores en la materia como la Comisión Nacional de Hidrocarburos y la Comisión Reguladora de Energía, con lo que se eliminarían los contrapesos. Las atribuciones de ambos órganos reguladores se incorporarían a la Secretaría de Energía.

En el ámbito mundial se romperían los acuerdos internacionales suscritos por el Estado mexicano en materia del cuidado del medio ambiente, como el Acuerdo de París o el T-MEC.

Por estas y otras razones es necesario que las y los mexicanos estemos atentos a los resolutivos de este Parlamento Abierto y posteriormente a la votación en San Lázaro. Es hora de participar y ganarle a la visión de un solo hombre, es hora de luchar por México.

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