Opinión
Mole para las tías
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Ricardo MedranoAbuela se esmera en reunir los ingredientes para el mole: vendrán de visita sus hermanas y habrá comilona en su honor. Nicha es madre de Abuela y de sus cinco hermanas. De apelativo Luna, Dionicia quedó viuda muy joven. Abuela dice que los hombres la rondaban porque aún estaba de buen ver, pese a las seis hijas que había parido.
En casa de Abuela, durante varios meses, un guajolote ha sido atendido a cuerpo de rey: cema, maíz quebrado, agua limpia, casita techada… Es un ave gritona y furiosa que corretea a Trosmo por el patio, quiere incrustarle su pico en las corvas. Consciente de la furia del esponjoso-furioso-camaleónico guajolote, Trosmo insiste en provocar al animal: desde la puerta de una pieza, le sacude la chancla de plástico, el pájaro cambia de color las perlas encimadas que le adornan el penacho de su cabeza grumosa, como un ser derretido o leproso. Del nacimiento del pico cuelga un pellejo largo que afloja y encoge según su estado de ánimo, la abuela lo llama moco. El pájaro tiene nombre, Trosmo lo ha llamado Guajostín.
Después de varios días, Abuela ha logrado reunir los ingredientes para el mole. No hay plazo que no se cumpla y a toda capillita le llega su fiestecita: Guajostín es el invitado principal al mole para las tías, por no decir: el plato principal. Abuela pide a Trosmo que se oculte, que no mire cómo sacrifica el ave. El chiquillo se espanta con la sangre, pero puede más su curiosidad y trepa en una silla para ver, desde la ventana, cómo Abuela sujeta a Guajostín sobre un ladrillo y le extiende el cuello tirando de su cabeza y apoyando una rodilla sobre el resto del cuerpo del animal. Chata, tía de Trosmo, grita cuando el guajolote se incorpora y, como un espectro que busca su cabeza perdida, avanza un par de metros hasta chocar con la tapa de la pileta. Nadie entiende por qué Abuela suelta una carcajada y se apresura a tomar el cuerpo del animal y lo introduce en un balde de agua caliente para arrancarle las plumas que durante el proceso desprenden un olor a perro mojado.
Abuela radica en Lago Seco. Ella y Marce, la hermana mayor, son consideradas por Cleta, Mago, Clara y Pancha como las hermanas de la capital. Hay visitas recíprocas entre las hermanas Luna: una vez al año, Abuela hace un viaje de varios días para hacer memorias junto a sus hermanas. Cleta y Mago viven en Irapuato y tienen dos negocios callejeros de comida a un costado del monumento a los Niños Héroes. Una vende tamales de cabeza de puerco en salsa de chile guajillo. Margarita vende gorditas de masa de maíz amarillo, quebrantado. Clara vive en Tijuana, y Pancha radica en León, Guanajuato.
Las visitas a las casas de sus hermanas llenan el espíritu de Abuela de un sabor familiar: el sabor de las tunas verdes y rojas que gustosa comparte la tía Cleta con su familia que la visita. Todos toman asiento en bancos de madera, chaparritos, alrededor de la caja de frutos y todos comen hasta bloquear los intestinos.
Por su parte, en casa de Margarita se recrea la cocina de la abuela Nicha: en cazuela de barro, la carne de cerdo y chiles güeros, largos, martajados con jitomate pellejudo invitan a sopear el plato con tortillas hechas a mano, amarillas y grandes, de las que no puedes comer sólo una.
Años atrás, Abuela llenaba dos cajas de cartón grandes con bolsas de arroz, frijol, sopa de pasta, leche en polvo, ropa nueva, cafiaspirinas y dos pares de tenis para Nicha, su madre, quien vivía en León con Pancha, hermana de Abuela.
Conforme Nicha fue envejeciendo, padeció sus dolencias con mayor intensidad. Por eso se hizo adicta a las cafiaspirinas que le permitían soportar los dolores del cuerpo y mantenerse en pie: las tomaba hasta tres veces al día con sorbos grandes de coca cola fría. Sus pies deformados por la hinchazón toleraban, únicamente, los tenis de lona.
Abuela y Trosmo se encaminaban a la Central Camionera del Norte. Ella pedía al chamaco que estuviera atento a la caja de despensa para Nicha, la cual ponían en la panza del camión Flecha Roja. Por eso Trosmo, invariablemente, viajaba en el asiento del lado de la ventana. A ella le gustaba viajar de noche, prefería salir a las cero horas para estar en León, Guanajuato, a las cinco de la mañana y desayunar un atole de chaqueta —siempre reían cuando mencionaban esta bebida— con su hermana Pancha y con su madre, Nicha.
Por la noche, las luces del cielo parecían latir. Los árboles del camino simulaban ser el mismo árbol que se multiplicaba en un ciclo interminable, donde unos quedaban atrás y otros árboles simulaban aparecer de la nada y daban continuidad a la misma historia del viaje de Trosmo con Abuela que cada año se repitió hasta que Nicha murió a los ochenta y seis años, producto de una hemorragia masiva.
Todas las hermanas de Abuela tienen sus propias historias. Son madres de varios hijos, varones y mujeres, que han hecho de la familia extendida una especie de multiplicación de seres humanos en los que predomina el apellido Rodríguez, o bien, Prieto del abuelo, esposo de la abuela Nicha, asesinado una tarde de noviembre en el Mineral de Cubo en Guanajuato. Esa es una de las historias que las hermanas tienen en común.
Durante los numerosos viajes a casa de sus hermanas, Abuela gustaba de contarle a Trosmo, con gesto duro y palabras secas un poco de la historia de su vida:
A mi padre lo mataron por un chisme. Por eso uno debe amarrarse la boca y morderse uno y la mitad del otro para atreverse levantar un falso. Quién lo dijera, pero a mi padre lo asesinaron a sangre fría. Lo mató un trueno, un estallido que salió de la boca negra de un arma. Todas corrimos hacia la puerta, nomás alcanzamos a ver cómo el hombre que le disparó dio media vuelta y nos dejó con nuestro herido en el suelo, batallando para ponerse en pie. Las piernas no le respondieron, tampoco el habla.
Con grandes esfuerzos tomamos a mi padre y lo arrastramos hasta el petate donde dormía, porque todos dormíamos sobre el piso de tierra. La bala hizo un hueco en su cabeza por donde brotaba un líquido descolorido mezclado con sangre y trocitos masa grisácea o, tal vez, blanquecina. Pero no acababa de morirse pronto. Cuatro días con sus noches estuvo quejándose levemente y abriendo la boca como un pez fuera del agua. Encogía y estiraba la pierna derecha hasta que rasgó el petate e hizo un surco grande en la tierra. Parecía querer decirnos algo, pero sólo su pierna intranquila parecía tener vida y estar desconectada del resto de su cuerpo.
Nosotras éramos chiquillas. Vivíamos en el cerro rodeadas de árboles que crecían sobre la rivera. Casi siempre comíamos quelites sin sal. Nos gustaba columpiarnos en los árboles y comer frutos rojos que soltaban mielecita blanca de una planta que crecía silvestre, como nosotras, que daba flores rojas, nomás que nos daba mucho sueño; por eso, al comer los frutos, trepábamos en un árbol: Margarita, Cleta y yo, y desde ahí mirábamos el cielo, adormiladas. Los pajaritos guitarreros nos arrullaban cuando alimentaban a sus polluelos. No sé decir qué imaginaba cada una de nosotras.
Porfirio, nuestro padre, siempre fue muy tosco con todas, además, le gustaba empinar el codo. Él se lamentaba por haber engendrado puras mujeres, pero ese no era impedimento para que nos fletara en el tajo del cerro donde había encontrado una veta. Porque, eso sí, conocía la tierra. Venía de una familia que por generaciones había trabajado en las minas de Guanajuato, donde se rebana el oro, hijos de la tiznada —le gustaba decir a Porfirio. Regularmente era callado —. Ahora estaba ahí, sobre el piso, sin que Dios se decidiera a dejarlo morir o aliviarlo de una vez. De nada le servía llamarse Porfirio Rodríguez o Porfirio Prieto, nadie sabía por qué cambió su apellido, pero, a fin de cuenta, era el mismo hombre, con el nombre que gustes y mandes, el que estaba indefenso sin alcanzar a morirse ni a vivir por completo. Porfirio a medias, como siempre, igual que nosotras en el Mineral de Cubo. Tal vez Dios lo estaba dejando morir de a poco, por aquello que dicen que, en los últimos momentos de la existencia, nuestros recuerdos pasan frente a nosotros. Hasta podríamos pensar que las cosas de su conciencia le daban energía suficiente para arrepentirse de los males que hizo, metido en esa cárcel solitaria de su cuerpo agonizante.
Es cierto que uno no debe juzgar a los padres, pero, mi padre, que en gloria del Creador esté, no fue muy cariñoso con nosotras: nos llevaba a trabajar a la veta y debíamos bajar por el tajo, varios metros. Regularmente, Margarita o Cleta bajaban conmigo. Puede que por el deseo de mi padre del hijo varón que nunca tuvo, a todas nos haya puesto sobrenombres de animales machos: Mago era El Tejón, Cleta era El Tlacuache, yo era El Ratón. Y como machos nos trataba.
Le gustaba que le hiciéramos caso al primer grito, aunque era difícil entenderle porque tenía una curiosa forma de pronunciar, como que masticaba el aire. Era muy mal hablado. A punta de golpes nos enseñó a tantear con la mitad hueca de un cuerno de buey. Él nomás rascaba una muestra de la pared del tajo con una martelina, le ponía un poco de agua y luego de escurrirla miraba el sedimento, su experiencia le indicaba si estaba en el lugar correcto para devastar la pared y sacar un poco de mineral. Se ponía gustoso si la muestra era buena, de lo contrario, nos arrojaba el cuchillo hacia las corvas; yo tengo un par de heridas en los talones donde se me incrustó el filo y nomás se quedaba bailando la hoja, clavada entre carne y hueso.
Por eso digo: no lo juzgo, pero cariñoso no era. Creo que, a pesar de ser pobres y vivir en el cerro comiendo quelites sin sal y frutillas que nos daban sueño, si mi padre no se hubiese bebido el dinero que ganábamos rascando el tajo en el cerro, hubiésemos tenido, por lo menos, una muda de ropa; porque cuando nos bañábamos, también aprovechábamos para lavar el único vestido que teníamos, por eso lo poníamos a secar embrocado en un truenito; el sol hacía su trabajo rápidamente y cuando acabábamos de bañarnos ya estaba seca y planchada nuestra única muda.
A Mago y a mí nos tocó acompañarlo a Guanajuato a vender el mineral que sacábamos: muchas piedrecitas pequeñas que guardaba en una bolsita de gamuza hecha con cuero de cabra y un cordón que servía para cerrar la boca de la bolsa y amarrársela al cinto. Durante el recorrido de ida hacia Guanajuato, íbamos gustosas por acompañar a mi padre, pero al regreso era muy desconsolador verlo zigzaguear, totalmente ebrio, tirando de la rienda al Chanito, nuestro burro, animal bien entendido que aguantaba hasta tres cargas de leña.
Abuela hace una pausa, ya se divisa el sol detrás de los cerros verdes. A ella le gusta viajar a su tierra en el mes de mayo. Dice que es la mejor época del año. Tal vez recuerda su infancia y la infame carencia compartida con sus hermanas. La viudez de su madre y la sangre de su padre muerto que la mantiene atada por un lazo invisible a un lugar que ella recuerda con ojos de nostalgia.
Trosmo la mira despedirse, alejarse hasta perderse en el verde de los cerros, en este sueño revuelto que lo mantiene atento, esperando una señal más clara. Ya está amaneciendo. Piensa que el día nunca termina de morirse, aunque el cerebro se escurra y el pellejo se arrugue, y los gusanos hagan una fiesta con nuestros desperdicios. Abuela murió un mes de mayo, a los ochenta y cinco años —vivió un año menos que su madre, Nicha—. En casa de Trosmo, flota en el ambiente de la noche una fiesta aromática. Una cazuela de mole espera la visita de seis mujeres, ellas tienen un lugar especial en la ofrenda que recuerda a los muertos, pero festeja la vida.
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Opinión
Presidenta, lejos de construir nuevos liderazgos en el país
*** Por Miguel Ángel Romero
Publicado
el
20/11/2024Por
Arzate NoticiasEl tablero en el que la nueva presidenta de México, Claudia Sheinbaum, mueve sus fichas no solo es complejo, sino que ella no lo diseñó y muchas de las piezas que supuestamente debería poder usar y habilitar no responden a ella. Parece una natural consecuencia ante el elefante en la sala del cual nadie habla: para muchos actores políticos su legitimidad es de papel.
Los 36 millones de votos que obtuvo en la pasada elección son vistos como una consecuencia inercial y un reflejo del capital político que sí construyó el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Por lo tanto, no son de ella, son prestados y el “respaldo” puede dejar de serlo o cambiar de sentido de ser necesario.
Bajo esa premisa, es totalmente entendible que la postura del partido Morena -que fue el vehículo para llevarla al poder- busque lucir con independencia al gobierno. La “institucionalización” del movimiento que fundó AMLO no pasa por respaldar incondicionalmente a quien hoy habita en Palacio Nacional, sino que corre de manera paralela con una estrategia de creación de cuadros y militancia que funcionará más como contrapeso que como soporte. Sheinbaum estará lejos de poder construir o impulsar nuevos liderazgos en todo el país.
Al menos, así lo dejó entrever Luisa María Alcalde en entrevista que le dio a El País en donde disfraza esa “sana distancia” entre el partido y la mandataria como una táctica para no caer supuestamente en los vicios que instauró el PRI cuando fue hegemónico, tal como ahora lo es Morena. El hijo del ex presidente AMLO, Andy López, (señalado por corrupción) como protagonista en las decisiones del instituto político que recibirá en 2025 más de 2 mil 500 millones de pesos de dinero público.
Otras pruebas de que el régimen se endurece sin el liderazgo de la presidenta son la reforma judicial, la incorporación de la Guardia Nacional al Ejército, la ratificación de Rosario Piedra al frente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos para complacer a los militares, así como la próxima eliminación de órganos autónomos constitucionales; a lo que se le suma que en la Ciudad de México, de donde salió y no logró imponer a Omar García Harfuch como Jefe de Gobierno y en vez de él se le instaló un dique más con Clara Brugada.
En el control de crisis y para no lucir lastimada, Sheinbaum está siendo orillada a abrazar determinaciones que están lejos de su alcance, y sobre, todo de su convicción. La próxima jugada en el tablero que podría continuar exhibiendo su poco margen maniobra será la definición del titular de la Fiscalía General de la CDMX, una posición clave, en donde todo indica será ungida Betha Alcalde Luján; es decir, se suma una figura de contención al tablero.
En el Congreso de la Unión, la presidenta tiene que lidiar con dos personajes que mantienen una franca e incluso grosera independencia de ella. Sirven al régimen (personificado en AMLO) pero no a la ahora inquilina de Palacio Nacional.
Adán Augusto en el Senado y Ricardo Monreal desde la Cámara de Diputados quienes, para cuidar y proteger su propio espectro de poder, alientan y promueven -de manera velada- la narrativa que Sheinbaum no guarda mayor capital político y que el título de presidenta es un membrete que no tiene mayor incidencia en el ámbito legislativo, un espacio en el que ellos dan continuidad a la agenda que marcó AMLO, como la eliminación de órganos autónomos, y desde donde incluso se aventuran a abrir nuevas discusiones, como lo es una reforma fiscal que, si bien luce necesaria, la presidenta se comprometió a no llevarla a cabo.
Es muy temprano para asegurar que esta tendencia continuará pero a escaso mes y medio en el poder queda claro que todos los actores políticos y piezas en el tablero que supuestamente deberían estar en sintonía con la presidenta están hoy en día funcionando como un contrapeso: una definición por sí misma problemática ya que, de momento, no parece haber incentivos para que todos esos diques y muros diseñados por AMLO para heredar su poder, quieran moverse o busquen la colaboración con Claudia Sheinbaum. Y, por el contrario, sí existen estímulos para que cada uno de ellos busque acotar y restringir a Sheinbaum: conservar su parcela de poder.
La presidenta no está feliz. Ha usado a sus voceros y propagandistas en medios de comunicación para, por lo menos, poner de manifiesto que muchas de las acciones que están endureciendo el régimen no las comparte, ya sea por la forma o por el fondo. Una proyección lógica a mediano plazo es que ambas visiones choquen: el andamiaje construido por AMLO versus el que busque instalar Sheinbaum.
Será interesante ver si el argumento que todos utilizan para maltratar a la presidenta se mantiene. ¿Hasta dónde podrá usar la legitimidad prestada para construir la propia? El problema no es menor y no se constriñe a ella, sino también a la forma en cómo los ciudadanos vamos a padecer ese natural encontronazo.
*** Miguel Ángel Romero: Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.
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Opinión
Hoy, día clave para las relaciones México-EU. UU.
***Miguel Ángel Romero Ramírez
Publicado
el
05/11/2024Por
mbXCpxkI5NLa agenda binacional, de por lo menos los próximos 6 años, entre México y Estados Unidos tiene en este martes 5 de noviembre un día clave. Mientras concluyen las elecciones estadounidenses que podrían llevar de vuelta a Donald Trump a la Casa Blanca; en México, la Suprema Corte analiza el proyecto que podría frenar parcialmente el esfuerzo del oficialismo -ahora, con Claudia Sheinbaum a la cabeza- para romper el equilibrio entre poderes y así provocar una crisis constitucional sin precedentes. Sucesos históricos que traerán consigo profundas consecuencias.
A medida que ambos casos se desarrollan, vale la pena revisar cómo estos líderes, aunque desde espectros ideológicos distintos, mantienen similitudes que colocan en una franca desventaja a la región. Se trata de coincidencias enmarcadas en el manual del populismo que encuentra, cada vez más, espacio y margen de tracción derivado de un desencanto de los ciudadanos por un sistema democrático.
En lo que respecta a concentración de poder, ambos la buscan a partir de la figura del “pueblo” entendida esta como la imagen que los habilita y “autoriza” para cuestionar e ignorar las normas establecidas con la finalidad de acatar dicha “voluntad”.
Mientras Trump se presenta como una figura antisistema que “realmente” escucha al pueblo, Sheinbaum coloca como piedra angular de la reforma judicial, los 36 millones de votos obtenidos en las urnas para intentar instalar la falacia de que dicho resultado la autoriza y habilita para emprender cualquier acción, aunque estas vayan en contra de los principios democráticos.
Los líderes populistas tienden a dividir a la sociedad en “el pueblo” y “los otros”, generalmente representados como élites corruptas o adversarios. Trump se posiciona como el defensor de los “americanos reales” frente a una élite que presuntamente los menosprecia, consolidando una base leal que ve en sus enemigos los obstáculos al progreso.
Sheinbaum, también polariza al referirse a los opositores de la reforma judicial como “conservadores” que buscan frenar el cambio, estableciendo una división que genera desconfianza hacia quienes no comparten su peligroso proyecto de romper el orden constitucional mexicano.
Ambos comparten una estrategia de deslegitimación de sus detractores. Trump acusa a los medios y a los demócratas de conspirar en su contra, sugiriendo incluso que sus derrotas son producto de fraudes, lo que mina la confianza en las instituciones democráticas. Sheinbaum etiqueta a medios críticos como “conservadores” y denosta en sus conferencias a todo aquel sector o grupo de la sociedad que no comparte sus ideales autoritarios.
La oferta de soluciones simples y rápidas a problemas complejos es otra táctica común. Trump promete construir muros y negociar tratados, presentando estos temas complejos como resolubles por él solo. Sheinbaum, por su parte, promete una transformación radical en México, promoviendo la una reforma judicial que, como han admitido incluso sus propios asesores como el ex Ministro Arturo Zaldívar, no resuelve de fondo la impunidad que prevalece la sociedad mexicana porque su objetivo primordial es cooptar y eliminar un contrapeso esencial que establece un régimen democrático.
El control de la narrativa pública también distingue a los populistas. Trump empleó redes sociales, especialmente Twitter, para difundir sus mensajes sin mediadores, presentándose como el defensor de los “estadounidenses olvidados” y desacreditando a los medios como “fake news”. Sheinbaum utiliza el poderoso andamiaje de propaganda digital heredado de López Obrador para instalar como culpable de la crisis constitucional a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que lo único que ha hecho es ejercer su natural papel de contrapeso.
Cabe destacar que la seducción de las mayorías por este tipo de liderazgos no es fortuita y no se limita a la región de Norteamérica. El virus del populismo tiene como un componente de efectividad en su propagación a sociedades desilusionadas porque no han encontrado respuestas puntuales a sus demandas. La generalizada mediocridad de la clase política gobernante ha tenido como una de las principales consecuencias el ensanchamiento de la brecha de desigualdad; y es ahí, en ese espacio en el que los líderes populistas encuentran margen de maniobra para capitalizar el resentimiento y el enojo.
La advertencia, en ambos casos, es que el poder concentrado en manos de una sola figura, en detrimento de la independencia de instituciones clave como el poder judicial, suele conducir a dinámicas autoritarias, donde la justicia se convierte en un mecanismo de persecución o protección de ciertos intereses.
La ansiedad binacional por lo que ocurra este martes en ambos lados del Río Bravo crece, y no es para menos, pues las consecuencias futuras pueden ser profundas y devastadoras tanto para la sociedad mexicana como para la estadounidense.
Miguel Ángel Romero: Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.
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Opinión
La narrativa del miedo y cómo la violencia se convierte en control
***Alejandro Gamboa C.
Publicado
el
04/11/2024Por
Arzate NoticiasLa violencia no es sólo un acto físico. En los últimos años he observado algo nada nuevo pero que vale la pena volverlo a señalar: cómo se convierte la violencia en una herramienta política, un espectáculo mediático cuyo propósito principal es sembrar el miedo.
En América Latina, los medios de comunicación y los grupos de poder han sabido jugar con este temor, manipulando la realidad para mantener sociedades controladas y sumisas.
El caso de Colombia es emblemático. Durante décadas, el conflicto armado ha dominado los titulares de los periódicos, especialmente en las zonas rurales. En el interior de esas noticias no siempre se cuenta el contexto completo. Se muestran los actos de violencia de manera aislada, creando una narrativa que, en lugar de buscar soluciones, alimenta la percepción de que la violencia es inevitable. Esta representación ha ayudado a crear una cultura donde el miedo no solo paraliza, sino que normaliza lo inaceptable
Este enfoque fragmentado es una herramienta efectiva para evitar conversaciones profundas sobre las raíces de los conflictos.
En México, el narcotráfico ha aprovechado esta capacidad mediática para construir su propio discurso de poder. Los cárteles han adoptado la violencia como un mensaje, transformando sus crímenes en espectáculos diseñados para infundir pavor. La brutalidad, captada por las cámaras y luego transmitida masivamente, contribuye a una atmósfera de inseguridad que afecta a la población, generando el terror necesario para mantener su dominio
Los medios, principalmente comerciales de comunicación, al difundir estas imágenes, se convierten en amplificadores de la estrategia del miedo, tal vez sin intencionalidad (o tal vez sí), pero definitivamente con consecuencias devastadoras.
Lo más alarmante es que esta misma estrategia no se limita a grupos armados. Gobiernos en la región han aprendido a manipular el miedo para justificar acciones que atentan contra las libertades civiles.
En Argentina y Chile, durante las dictaduras, los gobiernos militares utilizaron la violencia del estado como una herramienta silenciosa, apoyados en una narrativa mediática que presentaba a los opositores como enemigos peligrosos. El miedo era la llave para mantener a la sociedad bajo control y aceptar lo inaceptable.
El uso del miedo también se ha modernizado. En la era de la información instantánea, las redes sociales han demostrado ser un campo fértil para la difusión de noticias que influyen en el comportamiento social.
Durante la pandemia de COVID-19, el miedo al virus fue exacerbado por la sobreexposición a la información, creando ansiedad y pánico en la población. Las redes, que amplifican el contenido que genera más emociones, mostraron lo peligrosas que pueden ser como vehículo del miedo
La violencia en nuestro país ha sido amplificada y convertida en espectáculo por los medios de comunicación comerciales, donde las noticias sensacionalistas y el uso de narrativas melodramáticas capturan la atención de las audiencias y mantienen a los espectadores en un ciclo constante de entretenimiento morboso.
Un claro ejemplo de esta construcción de narrativas fue el uso de recreaciones de crímenes y eventos violentos en cine y televisión durante el México posrevolucionario. Películas como El automóvil gris (1919) y La banda del automóvil (también de 1919) dramatizaban la violencia real o la mezclaban con escenas ficcionadas, convirtiendo los crímenes en espectáculos visuales destinados a generar impacto emocional y captar el interés de la audiencia.
Estas producciones, que mezclaban documental y ficción, ayudaban a los medios a construir una visión sensacionalista de la criminalidad y el peligro en la vida cotidiana.
Actualmente, este enfoque no solo persiste, sino que se refuerza en programas de noticias, series y reality shows que explotan crímenes y actos violentos. Muchos de estos contenidos incluyen escenas re-creadas, manipuladas o narradas de manera sensacionalista para maximizar la respuesta emocional de los espectadores.
Esta exposición intensiva a imágenes y relatos violentos fomenta una percepción desproporcionada de inseguridad y una especie de fascinación morbosa, lo que contribuye a un estado de vigilancia constante en la población, atrapándola en un ciclo de consumo de violencia como entretenimiento.
Este fenómeno convierte a los espectadores en participantes involuntarios de un espectáculo que perpetúa el miedo y la desconfianza en el entorno social, manteniéndolos enganchados en un contexto donde la violencia no es solo una realidad, sino un producto de consumo continuo que define y refuerza la visión del mundo de quienes lo observan.
Debemos cuestionar el rol de los medios en nuestra percepción del miedo. ¿Hasta qué punto somos partícipes involuntarios de esta maquinaria de terror? ¿Estamos consumiendo noticias que informan o que manipulan nuestras emociones? La violencia es real, pero su representación a menudo es un reflejo distorsionado con fines oscuros.
Es momento de que dejemos de ser víctimas de estas narrativas y recuperemos nuestra capacidad crítica. No podemos permitir que el miedo siga siendo el arma favorita de quienes desean mantenernos sometidos. La violencia no solo deja marcas físicas; deja cicatrices profundas en nuestra percepción de la realidad. Pero lo más disruptivo es que el miedo, ese enemigo invisible, puede que sea más peligroso que el mismo acto violento.
***Alejandro Gamboa C. Licenciado en periodismo con estudios en Ciencia Política y Administración Pública (UNAM) Enfocado a las comunicaciones corporativas. Colaboró como co editor Diario Reforma. En temas de ciencia y comunicación en Milenio y otros medios digitales. Cuenta con 15 años dedicado a las Relaciones Públicas. Ha colaborado en la fundación de la Agencia Umbrella RP. Ha realizado trabajos como corrector de estilo, creador de contenidos y algunas colaboraciones como profesor en escuelas locales.
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