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Opinión

El Rincón del Giróvago Cuando el ego desprecia al Bien Común

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Por. J Alejandro Gamboa.

A partir de un conflicto vecinal aparentemente menor —el volumen de una bocina que inunda la calle—, este artículo reflexiona sobre una tensión cada vez más visible en nuestra vida cotidiana: la dificultad de conciliar los gustos personales con el respeto al entorno compartido.

Desde lo legal hasta lo filosófico, pasando por lo sociológico y lo emocional, esta lectura explora cómo el bienestar común se ve comprometido cuando la libertad se confunde con egoísmo, y cómo el concepto de ciudadanía se diluye ante la defensa radical del “yo hago lo que quiero”.

Hace unos días, viví en carne propia un micro conflicto tan cotidiano como revelador, que me sirve de pretexto para hablar de los derechos, la ciudadanía y el bien común.

Hace algunas semanas, pedí en el grupo de WhatsApp de mi calle que un vecino bajara el volumen de su bocina, que a todo volumen resonaba por la cuadra. No había agresión en mi mensaje, sólo una solicitud razonada: si la música sólo es de su gusto, que la escuche hacia adentro de su casa. Lo que siguió fue una serie de respuestas que me dejó pensando: ¿cuándo perdimos el sentido del bien común?

Una vecina, con cierto tono condescendiente, arguyó que “no necesitamos ilustrarnos”, que cada uno en su casa puede hacer lo que le plazca. Otra, con ironía, celebró que “si ya estoy tan informado”, entonces debería saber a qué institución acudir.

En pocas palabras: si no te gusta, aguántate o vete con la autoridad. ¿Y la comunidad? ¿Y la civilidad? ¿Y el bien común?

Lo más revelador, sin embargo, no fueron esos comentarios. Fue el silencio de todas las demás personas que integran el grupo vecinal. Ninguna palabra, ni a favor ni en contra. Una parálisis casi absoluta, como si opinar sobre lo común fuera un riesgo. Un vecino me compartió: “Mi hijo leyó la discusión y me dijo: ‘Tú no te metas’”.  Interesante ¿no?

El límite de mi bocina es tu oído. La ley en el municipio donde radico, por sencilla que parezca, es clara: el artículo 10 del Reglamento de Policía y Buen Gobierno prohíbe “emitir sonidos o ruidos que causen molestia a los vecinos”. No dice “siempre que sea fuera de casa, o sólo si molesta de noche”. El sonido invade, se cuela, impone.

Pero más allá de lo jurídico, está lo fundamental: la conciencia de vivir con otros. Me gusta la música… pero también el respeto

No escribo esto desde una postura moralista ni puritana. Me gusta la música, la disfruto con intensidad. Algunas veces la escucho a buen volumen dentro de mi casa, y he hecho pruebas para saber si el sonido trasciende mis paredes, sale a la calle. No tengo conclusiones absolutas, pero sí una certeza: no coloco una bocina en la puerta para que toda la calle escuche lo que a mí me gusta. Lo que busco en el sonido es calidad, no estridencia. Disfruto el hi-fi, no el escándalo.

Y esa diferencia importa, porque una cosa es compartir el gozo estético de un buen sonido, y otra es imponer ruido por crear conflicto, por descuido o desinterés por el bien común, el bien de todos.

¿Qué pasó con el bien común? Esta idea no es una abstracción: es esa fina red de acuerdos no escritos que permite que la vida en comunidad no se vuelva una guerra de egos. Es un principio filosófico y político que nos recuerda que no vivimos solos, y que nuestras acciones –por pequeñas que parezcan– afectan a quienes nos rodean.

Lo opuesto al bien común no es la maldad, sino el descuido y la indiferencia hacia el otro. La idea de que “en mi casa mando yo” es legítima, pero sólo hasta donde no daña o molesta a quienes también tienen derecho a habitar el mismo espacio de muchas personas más.

Hoy, lamentablemente, el individualismo egoísta parece tener mejor receptividad que el bien común. Vivimos en una cultura que confunde autonomía con anarquía emocional, y libertad con permisividad absoluta.

Libertad no es libertinaje. Isaiah Berlin, en su célebre ensayo sobre la libertad, diferenciaba entre la libertad “negativa” (no ser obstaculizado por otros) y la “positiva” (ser dueño de uno mismo con responsabilidad). En nuestra época, hemos distorsionado incluso esa distinción. Hemos elevado el libertinaje al rango de “derecho humano”, como si todo lo que me place fuera intocable, incuestionable, sagrado.

Pero no hay libertad sin límites. Y los límites no son una jaula: son el marco en el que la libertad se vuelve posible para todos, no solo para quien más grita o más volumen tiene. Cuando mi libertad invade la del otro, deja de ser libertad. Se convierte en imposición.

En sociología, se distingue entre el habitante y el ciudadano. El primero vive en un espacio, lo ocupa. El segundo lo piensa, lo cuida, lo comparte. El habitante se deslinda: “no es mi problema, yo hago lo mío”. El real ciudadano se implica: “esto nos afecta, ¿cómo lo resolvemos?”. La diferencia está en la conciencia y educación.

Y aquí aparece el verdadero dilema: ya no se trata sólo de quienes hacen ruido, sino de quienes callan ante él. El problema no es solo el vecino que impone su música, sino los otros que, por miedo, indiferencia o costumbre, prefieren no meterse. Y ese silencio sí que hace ruido.

¿Qué vale más hoy? Vale más lo que elegimos sostener colectivamente en comunidad. Si permitimos que la lógica del “yo hago lo que quiero” anule la lógica del “vivamos mejor todos”, el resultado es una convivencia empobrecida, fragmentada, ruidosa, no sólo en el sentido sonoro, sino en todo sentido.

No se trata de callar bocinas, se trata de algo más profundo: recuperar la conciencia de que cada acción, por pequeña que sea, teje o rompe el delicado pacto de lo común, el pacto que nos hace ciudadanos. Hablar por lo común, por el bien de todos, incluso cuando incomoda, también es un acto de ciudadanía.

***Alejandro Gamboa C. Licenciado en periodismo con estudios en Ciencia Política y Administración Pública (UNAM) Enfocado a las comunicaciones corporativas. Colaboró como co editor Diario Reforma. En temas de Ciencia y Comunicación en Milenio y otros medios digitales. Cuenta con 15 años dedicado a las Relaciones Públicas. Ha colaborado en la fundación de la Agencia Umbrella RP. Ha realizado trabajos como corrector de estilo, creador de contenidos y algunas colaboraciones como profesor en escuelas locales.

Alex.gamboa.castillo@gmail.com

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Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa

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Por Ángel Pérez Sánchez

El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.

En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.

En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.

La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.

Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.

Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.

Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.

Iniciativa privada invierte en Sinaloa

El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.

El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.

Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.

Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.

Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.

Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.

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Gas natural: del dogma a la realidad

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México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.

En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE).  Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.

El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional.  Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.

El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.

La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.

De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.

Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.

La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial. 

El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.

Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.

Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.

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Fuera de Balance / Inversión privada, motor que no debe detenerse

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Por Ángel Pérez Sánchez

La inversión privada se mantiene como el pilar más sólido para garantizar la estabilidad y el crecimiento de México. Más allá de los indicadores macroeconómicos, es el flujo de capitales, nacionales y extranjeros, lo que traduce las proyecciones en empleos reales, infraestructura y competitividad. Cuando una empresa destina sus recursos económicos en territorio mexicano, no solo apuesta por un mercado consumidor, sino por la capacidad técnica de su gente y la posición estratégica del país en las cadenas de valor globales.

Esta semana, tres anuncios de sectores tan diversos como el de consumo masivo, la belleza y la manufactura pesada, confirman que, pese a los retos, la brújula de los negocios sigue apuntando hacia la consolidación en suelo azteca.

Nestlé apuesta en el Edoméx

La firma suiza Nestlé destinará una inversión de 455 millones de dólares. Lo interesante de este movimiento es su dualidad: 275 millones se destinan a modernizar sus cinco plantas ya existentes (desde el alimento para mascotas en Cuautitlán hasta los snacks saludables en Tultitlán), mientras que 180 millones dan vida a un nuevo Centro de Distribución (CEDIS) en Zumpango.

Con una capacidad de 90 mil posiciones de pallets, este CEDIS no es solo un almacén; es una declaración de eficiencia. Según Fausto Costa, presidente ejecutivo de la compañía, la hoja de ruta incluye automatización y mejoras en eficiencia hídrica y energética. Para una entidad que alberga a casi 3,000 colaboradores directos de la firma, esta inyección de capital asegura que la manufactura mexiquense siga siendo el corazón operativo de Nestlé en la región.

Natura y la conquista del “retail”

Por otra parte, en el sector de venta directa, Natura está rompiendo el molde tradicional. La compañía anunció la apertura de 10 nuevas tiendas y 10 franquicias para este 2026, buscando alcanzar 34 puntos de venta físicos. El objetivo es claro: capitalizar un mercado de belleza que en México supera los 14,000 millones de dólares anuales.

Francisco Demesa, director general de Natura y Avon, ha sido enfático: México es el mercado de habla hispana con mejores oportunidades en Latinoamérica. El giro hacia las franquicias es estratégico, pues permite fomentar el emprendimiento local manteniendo los estándares de una marca global. Es, en esencia, la evolución de la venta por catálogo hacia una experiencia omnicanal donde el consumidor decide dónde y cómo interactuar con la marca.

Die Casting: El silencio estratégico de la manufactura

El sector industrial se prepara para una cita clave en el Bajío. Los próximos 15 y 16 de abril, la Die Casting Expo México 2026 aterrizará en el Centro de Congresos de Querétaro. La fundición a presión es, quizás, uno de los héroes anónimos de nuestra economía; sin ella, las industrias automotriz y aeroespacial simplemente se detendrían.

México se ha consolidado como un centro de manufactura avanzada, y la región del Bajío —Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí y Aguascalientes— es el epicentro de este ecosistema. El evento no solo será una vitrina de maquinaria y aleaciones, sino un termómetro para medir cómo la automatización y la ingeniería de precisión están respondiendo a la creciente demanda de componentes especializados en Norteamérica.

En el balance final…

Desde el café que consumimos hasta las piezas de alta precisión de un motor, la inversión privada está presente. Que estas empresas sigan expandiendo sus líneas de producción y abriendo puntos de venta es la mejor señal de que México, con su infraestructura y talento, sigue siendo un destino indispensable para el capital global.

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