Los populismos rara vez terminan como comienzan. No por un acto de traición o corrección, sino por desgaste. Al principio son narrativas. Después, son estructuras. Al inicio, giran en torno a una figura. Con el tiempo, lo que queda es una arquitectura institucional que sigue funcionando, incluso cuando el fervor se ha disipado. Y eso es lo que los vuelve tan difíciles de desmantelar: pueden dejar de emocionar sin dejar de operar.
En México, el régimen que se edificó sobre el impulso de redención social, la confrontación política y la promesa de transformación no ha perdido el poder. En parte porque el líder carismático, Andrés Manuel López Obrador, sí bien desapareció de la esfera pública, prevalece y controla parte importante del andamiaje burocrático que aceita la maquinaria.
Lo que está ocurriendo ahora no es propiamente una transición sino una recalibración. El aparato ha aprendido a vivir sin el protagonista, al menos en lo público. El régimen se endurece sin el liderazgo de su presidenta, quien pronto descubrió que el cambio de estafeta no significó la transferencia del poder.
Una señal de esa recalibración es lo que ocurre en el Congreso mexicano. Morena, el partido en el poder, ha convocado un periodo extraordinario de sesiones para acelerar reformas legales (entre 16 y 25) con fuerte contenido de control y sobrevigilancia. No es que el sistema esté colapsando. Es que se está endureciendo, y lo está haciendo de manera anticipada.
Lo preocupante no es la prisa legislativa en sí, sino lo que revela: una intuición clara dentro del régimen de que el desgaste está por venir, y que por eso mismo hay que legislar antes de perder el margen que aún conservan inercialmente producto de la elección presidencial. Es una jugada preventiva, no defensiva. Y eso la vuelve más significativa.
Yascha Mounk, en El pueblo contra la democracia, identifica un patrón en los regímenes populistas. Dice que no caen por la fuerza de sus opositores, sino por la suma de sus contradicciones.
Lo que los vuelve fuertes al principio -su capacidad de movilizar emoción política, de simplificar los conflictos, de absorber el Estado- los vuelve vulnerables cuando los problemas se vuelven complejos, cuando los enemigos ya no son creíbles, cuando el desencanto se acumula.
El populismo, como herramienta para gobernar, se desgasta más rápido de lo que sus líderes anticipan. Pero lo que queda después no es un vacío, sino una estructura que sigue operando bajo la lógica del control. México, como prueba.
Entonces la pregunta no es solo cómo caen los populismos. Sino qué condiciones hacen posible suavizar un régimen antes de que se endurezca aún más. ¿Qué puede empujar una arquitectura de poder que fue pensada para la confrontación hacia un funcionamiento más democrático, más abierto? Y, sobre todo, qué puede hacerlo sin depender de un colapso -porque el colapso es tan incierto como costoso.
Mounk explica algunas de esas condiciones que pueden debilitar un régimen populista sin esperar a que se desintegre: la incapacidad de gobernar, el desgaste del discurso, la resistencia institucional, la articulación de una oposición democrática, y la reconstrucción del contrato social. Pero esas condiciones no se activan al mismo tiempo, ni con la misma fuerza. Y no todas dependen de los actores tradicionales del sistema político.
La más inmediata, y quizá más visible, es el desgaste en la gestión. Los regímenes populistas suelen prometer más de lo que pueden cumplir, en parte porque su narrativa necesita crisis para sostenerse. En México, esa tensión empieza a ser evidente. La inseguridad continúa rompiendo el techo de homicidios. El sistema de salud, además de mantener la corrupción con nuevos ricos, está generando una crisis de falta de atención y medicamentos aprovechada por la iniciativa privada.
Las promesas de transformación, aunque reiteradas en el discurso, no se han traducido en cambios palpables. Y lo más significativo no es que existan estos problemas, sino que la capacidad de resolverlos se ve limitada por la propia ineficacia del diseño centralizado del poder.
El discurso también se desgasta. Los populismos se construyen sobre una tensión: ellos contra nosotros. Pero esa tensión necesita un “ellos” creíble. Y con el tiempo, cuando la oposición se vuelve irrelevante o marginal, el relato pierde fuerza. El enemigo no parece tan amenazante, y el nosotros deja de sentirse tan protegido. Lo que queda es una narrativa que intenta prolongarse sin el oxígeno que le dio vida. Y eso, con el tiempo, agota.
La resistencia institucional es más difícil de evaluar. En el caso mexicano, muchas instituciones fueron cooptadas y debilitadas durante el primer tramo del régimen. Pero debilitadas no significa destruidas. Hay espacios que siguen operando con cierta independencia parcial, con recursos limitados pero con legitimidad intacta.
El punto no es si pueden revertir leyes o frenar reformas, sino si pueden seguir produciendo autoridad pública. Si pueden sostener la idea de que hay reglas que trascienden al poder del momento.
Esa es, en última instancia, la función más crítica de una institución en tiempos de concentración: recordarle al sistema que aún hay límites, incluso si no son inmediatos.
La oposición enfrenta un dilema estructural: cómo oponerse sin parecer reactiva. En muchos contextos populistas, la oposición comete el error de ofrecer nostalgia como propuesta y en estar diluidos. Pero el electorado que eligió el cambio -con razón o sin ella- no está dispuesto a volver al pasado.
Entonces, lo que se requiere no es solo un nuevo liderazgo, sino una nueva gramática política. Una que pueda recoger el malestar sin replicar el modelo autoritario, y que pueda hablar de justicia y esperanza sin caer en el maniqueísmo. Tener una plataforma común es fundamental: partidos y organizaciones democráticas por separado no sirven de absolutamente nada.
La última condición, la más difícil de articular, pero la más necesaria de todas es la reconstrucción del contrato social.
Aquí Mounk es claro: los populismos no se derrotan con tecnocracia, se derrotan con democracia real. Es decir, con una democracia que funcione. Que reparta. Que reconozca. Que escuche.
El sistema político no necesita solo reformas. Necesita renovar su legitimidad. Y eso no ocurre en el Congreso, ni en una elección. Ocurre en la experiencia cotidiana de los ciudadanos. En cómo se traducen e impactan sus decisiones.
Nada de esto garantiza que un régimen con tendencias autoritarias ceda. Pero sin esto, es casi seguro que no lo hará y tampoco habrá posibilidades. La clave está en no esperar al colapso para empezar a construir lo que sigue. En no confundir desgaste con final.
En entender que la oportunidad de cambio no se abre por sí sola, sino que hay que prepararla. Lo que México enfrenta no es un autoritarismo cerrado. Es algo más ambiguo. Un régimen que aún conserva espasmos democráticos, pero que ha desnaturalizado su contenido. Y esa ambigüedad es, al mismo tiempo, un riesgo y una oportunidad.
Los regímenes autoritarios pueden suavizarse. Pero no se suavizan con voluntad. Se suavizan con presión, con propuesta, con estructura. Se suavizan cuando se les deja sin excusas, sin enemigos útiles, sin margen para la excepción. Y si eso ocurre antes de que consoliden su cierre, entonces el sistema no se rompe. Se abre.
*** Miguel Ángel Romero Ramírez: Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia. X: @MRomero_z
El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.
En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.
En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.
La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.
Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.
Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.
Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.
Iniciativa privada invierte en Sinaloa
El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.
El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.
Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.
Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.
Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.
Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.
México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.
En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE). Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.
El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional. Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.
El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.
La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.
De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.
Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.
La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial.
El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.
Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.
Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.
La inversión privada se mantiene como el pilar más sólido para garantizar la estabilidad y el crecimiento de México. Más allá de los indicadores macroeconómicos, es el flujo de capitales, nacionales y extranjeros, lo que traduce las proyecciones en empleos reales, infraestructura y competitividad. Cuando una empresa destina sus recursos económicos en territorio mexicano, no solo apuesta por un mercado consumidor, sino por la capacidad técnica de su gente y la posición estratégica del país en las cadenas de valor globales.
Esta semana, tres anuncios de sectores tan diversos como el de consumo masivo, la belleza y la manufactura pesada, confirman que, pese a los retos, la brújula de los negocios sigue apuntando hacia la consolidación en suelo azteca.
Nestlé apuesta en el Edoméx
La firma suiza Nestlé destinará una inversión de 455 millones de dólares. Lo interesante de este movimiento es su dualidad: 275 millones se destinan a modernizar sus cinco plantas ya existentes (desde el alimento para mascotas en Cuautitlán hasta los snacks saludables en Tultitlán), mientras que 180 millones dan vida a un nuevo Centro de Distribución (CEDIS) en Zumpango.
Con una capacidad de 90 mil posiciones de pallets, este CEDIS no es solo un almacén; es una declaración de eficiencia. Según Fausto Costa, presidente ejecutivo de la compañía, la hoja de ruta incluye automatización y mejoras en eficiencia hídrica y energética. Para una entidad que alberga a casi 3,000 colaboradores directos de la firma, esta inyección de capital asegura que la manufactura mexiquense siga siendo el corazón operativo de Nestlé en la región.
Natura y la conquista del “retail”
Por otra parte, en el sector de venta directa, Natura está rompiendo el molde tradicional. La compañía anunció la apertura de 10 nuevas tiendas y 10 franquicias para este 2026, buscando alcanzar 34 puntos de venta físicos. El objetivo es claro: capitalizar un mercado de belleza que en México supera los 14,000 millones de dólares anuales.
Francisco Demesa, director general de Natura y Avon, ha sido enfático: México es el mercado de habla hispana con mejores oportunidades en Latinoamérica. El giro hacia las franquicias es estratégico, pues permite fomentar el emprendimiento local manteniendo los estándares de una marca global. Es, en esencia, la evolución de la venta por catálogo hacia una experiencia omnicanal donde el consumidor decide dónde y cómo interactuar con la marca.
Die Casting: El silencio estratégico de la manufactura
El sector industrial se prepara para una cita clave en el Bajío. Los próximos 15 y 16 de abril, la Die Casting Expo México 2026 aterrizará en el Centro de Congresos de Querétaro. La fundición a presión es, quizás, uno de los héroes anónimos de nuestra economía; sin ella, las industrias automotriz y aeroespacial simplemente se detendrían.
México se ha consolidado como un centro de manufactura avanzada, y la región del Bajío —Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí y Aguascalientes— es el epicentro de este ecosistema. El evento no solo será una vitrina de maquinaria y aleaciones, sino un termómetro para medir cómo la automatización y la ingeniería de precisión están respondiendo a la creciente demanda de componentes especializados en Norteamérica.
En el balance final…
Desde el café que consumimos hasta las piezas de alta precisión de un motor, la inversión privada está presente. Que estas empresas sigan expandiendo sus líneas de producción y abriendo puntos de venta es la mejor señal de que México, con su infraestructura y talento, sigue siendo un destino indispensable para el capital global.