A partir de un Tik Tok, donde vi a una chica cuyos contenidos no me agradan tanto, se tocó el tema del poder y el trabajo de una autora que en mis años de la facultad de Políticas leí con gusto. Se abordó el concepto “banalidad del mal”, que no recordaba o simplemente no estudié con atención.
Lo retomo ahora para reivindicarme, ya que esta vez sí me pareció inspirador el contenido de esta persona, a partir de un cierto deseo de autoritarismo fascista que ronda en el mundo y que interesa a algunos poderosos que ocurra.
Desde que Hannah Arendt formuló el concepto de “banalidad del mal” en un análisis sobre el juicio de Adolf Eichmann, la idea de que los sistemas autoritarios pueden consolidarse gracias a la indiferencia de los ciudadanos ha sido objeto de amplio estudio.
Arendt advirtió que el mal no siempre se manifiesta en figuras “demoníacas” y carismáticas, sino en individuos comunes que simplemente cumplen órdenes sin cuestionarlas. Hoy, esa lección es más relevante que nunca, pues la apatía ante el deterioro democrático y el autoritarismo está cobrando fuerza en diversas naciones.
En efecto, en los últimos años países con una tradición democrática han experimentado señales preocupantes de erosión institucional. La pasividad de sus ciudadanos ante estos cambios recuerda los análisis de Arendt sobre la normalización de la opresión.
En Argentina, el ascenso de figuras como Javier Milei han polarizado a la sociedad y puesto en jaque el papel de las instituciones tradicionales. Su discurso de demolición del Estado y el ataque a los medios críticos ha encontrado el respaldo en un sector de la población que, hastiado de la corrupción y el clientelismo, acepta medidas extremas como solución.
La resignación ante estas prácticas es un signo claro de la banalización del “mal”: las decisiones autoritarias se justifican como el “mal menor” frente a un enemigo mayor, sea el llamado socialismo, el kirchnerismo o el establishment político.
España no está exenta de estos fenómenos. El auge de partidos como Vox ha normalizado discursos que antes eran impensables en el debate público. La criminalización de movimientos sociales, la estigmatización de la migración y el ataque a organismos de derechos humanos, todos son síntomas de una ciudadanía que comienza a aceptar narrativas autoritarias sin resistencia.
Como señalaría Arendt, este tipo de discursos, cuando no encuentran oposición suficiente, se asientan en el imaginario colectivo y terminan por transformar la realidad política.
Italia, con el gobierno de Giorgia Meloni, representa otro caso donde el autoritarismo se filtra bajo la justificación de preservar la identidad nacional y la soberanía. Sus políticas restrictivas contra la migración y su relación con movimientos de extrema derecha son indicativos de un país que se desliza progresivamente hacia la aceptación de medidas antidemocráticas.
Aquí, la indiferencia de una parte de la sociedad ante estos cambios ya sea por cansancio o desinterés, encarna la advertencia de Arendt sobre la “banalidad del mal”.
Estados Unidos también ha mostrado signos preocupantes. El fenómeno de Donald Trump y el asalto al Capitolio en 2021 fueron pruebas de cómo una parte de la población puede aceptar la erosión de las normas democráticas en nombre de una causa superior. La retórica de fraude electoral, la deslegitimación de la prensa y la polarización extrema han contribuido a una crisis institucional que aún persiste.
La normalización del discurso violento y conspirativo en segmentos del electorado norteamericano es una manifestación clara de cómo el llamado mal se vuelve cotidiano.
¿Y México?
El caso de México es singular, pues el discurso autoritario no proviene del gobierno en turno, sino de ciertos sectores opositores que anhelan un régimen más restrictivo y alineado con las prácticas del pasado.
Aunque la democracia al estilo mexicano ha abierto espacios a sectores históricamente marginados, la reacción de algunos grupos se ha inclinado hacia la descalificación absoluta del actual gobierno, al punto de promover una narrativa que, sin pruebas, lo vincula con el crimen organizado.
Este fenómeno es impulsado por campañas en redes sociales que califican al gobierno como un “narcoestado” sin evidencia concreta, generando un clima de desinformación y polarización extrema.
Detrás de esta estrategia se encuentran actores políticos ligados al ex presidente Felipe Calderón, cuyo gobierno militarizó la seguridad pública y exacerbó la violencia en el país. En este sector, la nostalgia por un Estado represivo y la justificación del autoritarismo como herramienta de control son señales claras de una inclinación hacia el fascismo.
La llamada banalidad del mal por nuestra autora se refleja en la normalización de la violencia en estados como Tamaulipas y Guanajuato, donde el crimen organizado ha impuesto por momentos su propio orden, mientras la clase política local ha sido cómplice o incapaz de frenar la crisis.
En estas regiones, la ciudadanía se ha visto atrapada entre el miedo y la indiferencia, permitiendo que la violencia extrema sea vista como parte del paisaje cotidiano. Arendt advertía que el peor enemigo de la democracia no es solo la opresión directa, sino la aceptación pasiva de la injusticia.
El peligro de la apatía…
Si algo nos enseñó Hannah Arendt es que el mayor aliado del autoritarismo es la indiferencia de quienes permiten su avance. La resignación ante la degradación de las instituciones, la aceptación de discursos autoritarios y la justificación de medidas represivas en nombre de la estabilidad son síntomas claros de un proceso de banalización del mal.
Hoy, Argentina, España, Italia, Estados Unidos y México enfrentan desafíos que no solo dependen de la acción de los gobernantes, sino de la reacción —o falta de ella— de sus ciudadanos. Arendt nos dejó una advertencia clara: cuando la gente deja de pensar y cuestionar, el mal deja de ser una excepción y se convierte en rutina.
Gráfico: Internet
***Alejandro Gamboa C. Licenciado en periodismo con estudios en Ciencia Política y Administración Pública (UNAM) Enfocado a las comunicaciones corporativas. Colaboró como co editor Diario Reforma. En temas de ciencia y comunicación en Milenio y otros medios digitales. Cuenta con 15 años dedicado a las Relaciones Públicas. Ha colaborado en la fundación de la Agencia Umbrella RP. Ha realizado trabajos como corrector de estilo, creador de contenidos y algunas colaboraciones como profesor en escuelas locales.
México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.
En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE). Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.
El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional. Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.
El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.
La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.
De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.
Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.
La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial.
El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.
Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.
Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.
La inversión privada se mantiene como el pilar más sólido para garantizar la estabilidad y el crecimiento de México. Más allá de los indicadores macroeconómicos, es el flujo de capitales, nacionales y extranjeros, lo que traduce las proyecciones en empleos reales, infraestructura y competitividad. Cuando una empresa destina sus recursos económicos en territorio mexicano, no solo apuesta por un mercado consumidor, sino por la capacidad técnica de su gente y la posición estratégica del país en las cadenas de valor globales.
Esta semana, tres anuncios de sectores tan diversos como el de consumo masivo, la belleza y la manufactura pesada, confirman que, pese a los retos, la brújula de los negocios sigue apuntando hacia la consolidación en suelo azteca.
Nestlé apuesta en el Edoméx
La firma suiza Nestlé destinará una inversión de 455 millones de dólares. Lo interesante de este movimiento es su dualidad: 275 millones se destinan a modernizar sus cinco plantas ya existentes (desde el alimento para mascotas en Cuautitlán hasta los snacks saludables en Tultitlán), mientras que 180 millones dan vida a un nuevo Centro de Distribución (CEDIS) en Zumpango.
Con una capacidad de 90 mil posiciones de pallets, este CEDIS no es solo un almacén; es una declaración de eficiencia. Según Fausto Costa, presidente ejecutivo de la compañía, la hoja de ruta incluye automatización y mejoras en eficiencia hídrica y energética. Para una entidad que alberga a casi 3,000 colaboradores directos de la firma, esta inyección de capital asegura que la manufactura mexiquense siga siendo el corazón operativo de Nestlé en la región.
Natura y la conquista del “retail”
Por otra parte, en el sector de venta directa, Natura está rompiendo el molde tradicional. La compañía anunció la apertura de 10 nuevas tiendas y 10 franquicias para este 2026, buscando alcanzar 34 puntos de venta físicos. El objetivo es claro: capitalizar un mercado de belleza que en México supera los 14,000 millones de dólares anuales.
Francisco Demesa, director general de Natura y Avon, ha sido enfático: México es el mercado de habla hispana con mejores oportunidades en Latinoamérica. El giro hacia las franquicias es estratégico, pues permite fomentar el emprendimiento local manteniendo los estándares de una marca global. Es, en esencia, la evolución de la venta por catálogo hacia una experiencia omnicanal donde el consumidor decide dónde y cómo interactuar con la marca.
Die Casting: El silencio estratégico de la manufactura
El sector industrial se prepara para una cita clave en el Bajío. Los próximos 15 y 16 de abril, la Die Casting Expo México 2026 aterrizará en el Centro de Congresos de Querétaro. La fundición a presión es, quizás, uno de los héroes anónimos de nuestra economía; sin ella, las industrias automotriz y aeroespacial simplemente se detendrían.
México se ha consolidado como un centro de manufactura avanzada, y la región del Bajío —Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí y Aguascalientes— es el epicentro de este ecosistema. El evento no solo será una vitrina de maquinaria y aleaciones, sino un termómetro para medir cómo la automatización y la ingeniería de precisión están respondiendo a la creciente demanda de componentes especializados en Norteamérica.
En el balance final…
Desde el café que consumimos hasta las piezas de alta precisión de un motor, la inversión privada está presente. Que estas empresas sigan expandiendo sus líneas de producción y abriendo puntos de venta es la mejor señal de que México, con su infraestructura y talento, sigue siendo un destino indispensable para el capital global.
El Mercado Eléctrico Mayorista (MEM), como cualquier otro, se mueve al ritmo de la oferta y la demanda. En el sector energético, más allá de una simple ley de mercado, las fluctuaciones de los precios reflejan las condiciones de todo el sistema eléctrico.
A partir del 2023, los precios en el Mercado para el Balance de Potencia (MBP), que forma parte del MEM, captaron la atención del sector y las empresas debido a su aumento exponencial. En términos sencillos, la potencia puede entenderse como la disponibilidad de capacidad firme para atender la máxima demanda de electricidad que requieren los usuarios para cubrir sus necesidades.
Los costos de la Potencia para un año se calculan por el nivel de oferta y demanda durante las 100 horas críticas del año anterior. Durante la pandemia, los precios se mantuvieron por debajo de 1 millón de pesos (mdp) por MW/año. En 2022, bajo el cálculo de 2021, aún se mantenía un rezago, con precios que incluso llegaron a cero. Posteriormente, hubo incrementos: de 0 a 3 mdp y luego a 4.6 mdp. En febrero de 2025, con la operación de 2024, el precio por MW alcanzó un récord histórico con 4.9 MDP/MW-año.
En 2025, cuatro factores propiciaron un panorama más equilibrado: mayor generación hidroeléctrica, ausencia de salidas a mantenimiento en verano, mejor planeación del sistema y una mayor disponibilidad de generación de energía. Esto permitió que las condiciones fueran más favorables, con un precio neto de 4.3 MDP/ MW. De hecho, en 2025, las horas críticas se concentraron principalmente entre abril y junio, periodo en el cual la disponibilidad de generación fue mayor, logrando un factor de cruce de oferta y demanda de 1.37 (menor al factor de 2.00 de 2024)
Tecnología y planeación
En este 2026, bajo el cálculo de 2025, el Mercado para el Balance de Potencia (MBP) inició un nuevo ciclo tras la revisión de la Tecnología de Generación de Referencia (TGR) realizada en 2025, proceso que ocurre cada tres años, la cual sirve como base para calcular el precio de la potencia.
Si bien la actualización de los parámetros asociados a la TGR es favorable para reflejar la situación actual del sistema eléctrico y los costos actuales de las Centrales de Generación, así como para dar visibilidad a las empresas que ya operan en el MEM, en esta nueva etapa el verdadero ahorro no solo dependerá de un mercado más ordenado, sino de la integración estratégica de tecnologías “detrás del medidor”.
Al sumar soluciones de almacenamiento en baterías (BESS) para la gestión de picos de demanda y el traslado de consumo de horarios en dónde la red está más saturada a horarios con menor estrés, las organizaciones no solo estarían comprando energía más barata, también blindarían su operación contra futuras fluctuaciones en los precios del MBP.
El futuro que marca la regulación
La industria energética en México está en plena evolución. Los cambios regulatorios recientes, como la publicación de la Ley del Sector Eléctrico (LSE) y la incorporación de las Disposiciones Administrativas de Carácter General (DACG) para el autoconsumo, están sentando las bases para una mayor claridad y flexibilidad en la integración de soluciones energéticas.
El futuro del MEM y del Mercado de Potencia parece estar tomando un giro positivo. Aunque persisten varios retos, la planeación estratégica es una oportunidad para las empresas que deseen fortalecer su posición en el mercado a través de la implementación de soluciones integrales de energía.
*El autor es Director de Suministro Calificado de Energía Real.