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Opinión

Salinas Pliego: mal timing, pésima forma

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Por: Miguel Ángel Romero Ramírez

Rodeado de empleados y justo cuando entró en vigor el Nuevo Poder Judicial —que podría cobrarle un adeudo de 74 mmdp— el magnate mexicano busca conformar un proyecto de oposición.

Luego de su veloz ruptura con el régimen instaurado por Andrés Manuel López Obrador (2021), el empresario mexicano Ricardo Salinas Pliego por fin arrancó de manera visible su proyecto político. Sin embargo, el timing y la forma dejan mucho que desear para uno de los empresarios, que hasta ahora, era de los más avispados. Su lectura errónea, exceso de víscera y pésimos asesores lo aventaron al ruedo en condiciones poco favorables.

Para nadie fue sorpresa la intención del magnate  por formalizar un bloque opositor apalancado en un proyecto político. Lo relevante recayó en la forma y fondo. Hoy sabemos que su plataforma se llama Movimiento Anticrimen y Anticorrupción (MAAC). Desde hace cinco años, en marzo de 2021, advertí en un texto la intención del Salinas Pliego de construir un perfil más visible y mucho más político con tintes parecidos a dos empresarios que con éxito arrebataron el poder: Donald Trump en Estados Unidos y Jaír Bolsonaro en Brasil.

Desde 2021 dejó de ser suficiente tener a senadores, diputados y altos funcionarios incrustados en el poder y operando para él y dio un paso definitorio para comenzar a configurarse a sí mismo como un actor protagónico y central. Sin embargo, todo lo construido durante cinco años fue echado por la borda hace unos días cuando rodeado —mayoritariamente— por quienes son o han sido sus empleados y a pocos días de que entró en vigor el Nuevo Poder Judicial, salió a la opinión pública a proponer su plataforma.

No pasó desapercibido el plot twist digno del endeble andamiaje institucional y la mediocre politiquería mexicana: el Nuevo Poder Judicial —el emanado de las urnas el pasado julio— asignó a la ponencia de la Ministra Lenia Batres el proyecto que podría revocar un amparo que el grupo empresarial de Salinas Pliego tiene para no pagar un crédito fiscal. La próxima resolución —-que inevitablemente será en su contra—- podría simbolizar el inicio del fin de los juicios que han permitido al empresario no pagar cerca de 74 mil millones de pesos, entre impuestos y recargos.

Apenas unos meses atrás, en marzo, la antigua  Corte, presidida por Norma Piña, había impedido a la Ministra Batres conocer del asunto toda vez que la animadversión pública de la togada en contra del empresario podría contaminar la resolución. Ahora en el nuevo contexto, el magnate mexicano señala que es necesario un “Movimiento Anticrimen y Anticorrupción” en el que llama a la ciudadanía a organizarse frente al chasco que ha representado la llegada de la supuesta izquierda al poder con AMLO.

La política exige algo más que capital y visibilidad mediática. Requiere narrativa, legitimidad y capacidad de convocatoria. Ricardo Salinas Pliego demostró que carece de esas cualidades: su narrativa sobre el país no es equivocada pero luce hueca cuando lo enarbola desde el pantano fiscal en el que está atrapado y del cual se sabe perdedor dadas las nuevas circunstancias.

Su legitimidad aparece cuestionada cuando su ejercicio del poder está manchado por el clasismo, aires de superioridad y misoginia. Mientras en lo que se refiere a convocatoria, hay poco que decir cuando quienes lo rodearon en el evento de presentación de su ‘movimiento’ fueron, en su mayoría, sus empleados o quienes en algún momento se han beneficiado de sus empresas. Habrá quien encuentre un símil con los “Servidores de la Nación” de la autodenominada Cuarta Transformación. Es decir, “amor” transaccional.

Sin duda, un mal arranque para el empresario mexicano que había dado señales de tener mejor lectura sobre el tablero político en el que busca ganar terreno. Con partidos de “oposición” patéticos que apuestan a ser virales en redes sociales, un sector de la sociedad esperanzado en que Washington los salve de la “dictadura” y un Salinas Pliego que parece no tener  el tamaño de un Bolsonaro en Brasil o un Trump en Estados Unidos, los mexicanos que no están de acuerdo con el proyecto de la 4T —todo indica— seguirán manteniéndose en la orfandad política… si es que nadie de ellos ajusta su hoja de ruta.

PorMiguel Ángel Romero Ramírez

Afuera de Palacio Nacional se reunió un grupo de personas que gritaban frases como “No a la dictadura” y exhibieron pancartas con la leyenda “SOS Marco Rubio”. Más allá de lo anecdótico, la escena refleja la desesperación real de un sector importante de la sociedad mexicana que considera que el endurecimiento del régimen autodenominado Cuarta Transformación -que ha logrado cooptar los tres Poderes de la Unión- los ha dejado sin mecanismos institucionales para organizarse o defenderse.

Este gesto, dirigido hacia uno de los funcionarios estadounidenses más poderosos, retrata la orfandad de representación que atraviesa una parte significativa de la sociedad mexicana.

El fenómeno no es nuevo, pero últimamente ha sido más visible con legisladores como Lily Téllez y figuras mediáticas como Eduardo Verástegui -que registró una asociación para buscar ser partido político- y polémicas como Simón Levy, quienes han deslizado que sólo Washington puede configurarse como un contrapeso de facto a un proyecto político que ha trazado como estrategia gobernar solo para sus simpatizantes.

Se trata de un síntoma que tiene responsables: el PRI, PAN y Movimiento Ciudadano, partidos que en teoría fungen como oposición y quienes han fracasado en la tarea de construir alternativas, liderazgos y articular proyectos competitivos. Su irrelevancia en el tablero político se refleja cuando catalogan como un “éxito” empujar físicamente a otros legisladores o vociferar sin parar una lista larga de calificativos peyorativos desde tribuna.

Atrapados en cálculos de cortoplacistas y disputas intestinas, su incapacidad de organizar la inconformidad ciudadana está orillando a que cada vez más el sector inconforme anhele de forma ilusa una intromisión de los vecinos del norte para poner un alto a los abusos domésticos.

Quienes ven como salvadores de la democracia mexicana a la administración de Donald Trump pierden de vista que Estados Unidos está atravesando una crisis constitucional grave marcada por desacatos y violaciones a la ley en las que ha incurrido el inquilino de la Casa Blanca. De hecho, pareciera que, cuidadas las proporciones, Donald Trump apuesta por el mismo modelo populista que critica en Latinoamérica, solo desde una posición ideológica distinta, más de derecha conservadora pero con el mismo tinte nacionalista y con líder poderoso que caracteriza los países sudamericanos.

En ese sentido y aunque pareciera lógica la solicitud de ayuda externa para buscar atemperar al régimen mexicano de gustos autoritarios, la evidencia demuestra que Washington históricamente apela y busca su beneficio propio. Lo que impone la nación de las barras y las estrellas en la agenda binacional son básicamente dos temas: cómo de cárteles de la droga y su eficaz operación a partir de redes de corrupción con autoridades mexicanas y cómo establecer un nuevo tratado comercial que garantice una ventaja proporcional a su tamaño y peso económico en la región.

En sentido estricto, la administración de Donald Trump no se ha caracterizado por promover la libertad de expresión, tampoco por la protección de los derechos humanos. Desafía constantemente la ciencia en temas como el cambio climático y la efectividad de las vacunas. Promueve una política de inteligencia artificial sin control que se erige más como una amenaza para la humanidad que como una oportunidad. Con una diplomacia reconvertida y acotada a acuerdos comerciales, su soft power y su reputación como una democracia referente se han esfumado.

Ante este panorama y como incluso se refirió en diciembre de 2024 en este mismo espacio (antes de que Trump rindiera protesta) la orfandad política mexicana no debería de voltear a ver a Trump como salvación ante el deterioro democrático mexicano ya que no encontrarán una respuesta satisfactoria. La reconstrucción de los contrapesos mexicanos no se importará desde el extranjero: se edificará en el territorio, con instituciones propias y con actores dispuestos a representar y desafiar de verdad al régimen. De momento, no parece haber señales serias para hacerlo.

Las pancartas con “SOS Marco Rubio” son el síntoma de una esperanza mal colocada. Washington nunca será el salvador de la democracia mexicana. Construir el futuro pasa por abandonar ilusiones de “rescates” por parte de actores externos y en vez de ello construir ciudadanía que además de que exhiba a la irrelevante oposición institucionalizada en partidos políticos también recupere los espacios de representación y con ello de resistencia.

*** Miguel Ángel Romero Ramírez: Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia.
X: @MRomero_z

Foto: Internet

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¿Quién se robó mi leche?

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Importancia de la leche

Pamela Cerdeira

Hay una sensación que me ha acompañado toda la vida. Es algo que nunca he podido nombrar. No sé si le pasa a otras personas. Se siente como si tuvieras un hueco; está en algún lugar del cuerpo y en todo el cuerpo al mismo tiempo. Se parece a la nostalgia, cuando extrañas algo pero no sabes qué es eso que extrañas. Tiene el rostro de mi infancia, el color de la pintura de la casa de mis papás, sus espacios, y momentos suspendidos; son tan únicos que es imposible distinguir uno solo. Es como querer regresar a un lugar seguro. No sé qué lo desata, es repentino. He llegado a creer que es sólo sed y mi forma peculiar de interpretarla. Pero de lo único que estoy segura es de que en ese momento solo quiero un vaso con leche. Y creo que empezó cuando dejé de vivir ahí.

Mi mamá decía con orgullo y sorpresa: “mis hijos toman leche hasta con la comida”. Era cierto, siempre había agua de limón, pero nosotros preferíamos leche. Leche con chocolate en la mañana, leche en la comida y leche en la cena. ¿Sed a mitad del día? Leche. Era la época en la que nadie contaba vasos de agua ni necesitaba sensores para medir la biología más básica como los pasos o el sueño.

Estaba en segundo de primaria, aprendíamos BASIC en la clase de computación, una fila de instrucciones para que la Macintosh hiciera un círculo. Alejandro, mi compañero de máquina, volteó a verme con desagrado y me dijo: “Awww, tienes bigote”. Sí, tenía bigote y no tenía a Frida Kahlo de referencia. Así que para resolverlo se me ocurrió la brillante idea de pintarme el bigote con sombras para ojos color blanco. Mi bigote quedó tan bien escondido como un bandido gordo tras un poste de luz. A la mañana siguiente, un minuto antes de bajarme del coche, mi mamá me miró (de esas miradas que escanean en busca de algo que corregir) y me dijo: “te dejaste bigote de leche”, chupó su dedo y me limpió la cara. Pero yo no iba a rendirme, tenía un plan. Así que al otro día utilicé sombras color café claro. Y la escena se repitió, esta vez mi mamá dijo: “Te dejaste bigote de chocolate, te lo limpio”, y me lo quitó de nuevo.

Llegó la adolescencia y la leche se transformó, como toda la comida, en puntos intercambiables. Entré en el imposible laberinto de contar calorías y todo tenía un límite: una porción del circulito azul que era el que representaba a los lácteos. Como debe sucederle a la mayoría de quienes me leen, mi relación con la comida era como la vida amorosa de Johnny Depp: complicada. Tardé mucho en cambiar la forma de mirarla, de poner el valor nutricional primero y disfrutar y agradecer cada bocado por todo lo que aporta a mi cuerpo. Hace poco, en un Starbucks, me sorprendió la cantidad de veces que tuve que aclarar que quería leche. ¿Quiere leche de almendra? No, solo leche. ¿De soya? No, leche, de vaca. Tengo leche light. No, solo quiero leche. ¿Deslactosada? Leche. Leche y ya. La señorita me vio con ojos de sospecha.

Y es que, en tiempos donde todo parece inmediato, ultraprocesado o hiperespecializado, a veces nos cuesta entender la belleza de lo simple. Se nos olvida que la leche es un alimento que la naturaleza diseñó con una ingeniería perfecta. Hay que sumar el viaje titánico que ocurre antes de abrir el refrigerador. Ese vaso de “leche y ya” empieza en el origen, en una historia que tan solo en México sostienen treinta y cinco mil colaboradores que forman parte de la familia Lala.

La historia de nuestro vaso de leche diario empieza a las tres de la mañana, bajo un silencio que solo conocen quienes trabajan la tierra. Mientras nosotros damos la media vuelta en la cama, en alguno de los más de ciento veinticuatro ranchos que proveen a Lala en México comienza el primer ordeño de un total de casi quinientas mil vacas. Muchas de las familias ganaderas detrás de este esfuerzo llevan más de cincuenta años trabajando de la mano con la marca.

Al final, esta inmensa cadena de valor no solo mueve cajas y botellas de un punto a otro. Detrás de cada trago trabajan miles de personas: ganaderos, veterinarios, nutriólogos, ingenieros y expertos en sustentabilidad que generan empleos, impulsan las economías de nuestras regiones y fortalecen el campo mexicano. Entender este camino invisible no solo nos nutre físicamente; también nos conecta con quienes lo hacen posible y nos recuerda que agradecer lo que comemos sigue siendo una de las formas más profundas de reconocer la vida cotidiana.

La edad me ha devuelto la leche, y con ella, la gratitud. Los músculos se convierten en un baúl sin fondo sediento de proteína y los lácteos han sido mi mejor forma de darles lo que necesitan. Cada vaso de leche, fría porque así me gusta —y que al final es solo uno de los más de 33 millones de vasos que Lala procesa al día en nuestro país—, entra a mi cuerpo mientras pienso en todo lo que me aporta, que en mi caso, es una mezcla de nutrición y ese algo imposible de nombrar que llega directo al corazón.

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Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa

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Por Ángel Pérez Sánchez

El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.

En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.

En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.

La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.

Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.

Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.

Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.

Iniciativa privada invierte en Sinaloa

El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.

El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.

Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.

Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.

Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.

Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.

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Gas natural: del dogma a la realidad

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México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.

En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE).  Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.

El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional.  Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.

El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.

La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.

De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.

Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.

La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial. 

El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.

Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.

Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.

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