Por Miguel Ángel Romero Ramírez*** La política no se sostiene solo con instituciones, sino con relatos. Toda fuerza que irrumpe en el poder necesita dotarse de una mística: una explicación moral de su existencia, una épica que distinga a los justos de los corruptos, un guion que convierta la administración del Estado en la continuidad de una batalla histórica. Morena lo entendió como pocos. Durante más de una década tejió una narrativa donde Andrés Manuel López Obrador era mucho más que un político: era el hombre que había esperado la historia para refundar la República.
La mística funcionó. No porque fuera verdadera, sino porque encontró los resortes necesarios para funcionar. Convenció a millones de personas de que no había contradicciones internas, sino enemigos externos; que no existía corrupción dentro del movimiento, sino infiltración de adversarios; que todo abuso era, en realidad, una forma de justicia histórica. Morena no era un partido. Era un mandato divino. Y AMLO, su profeta.
Pero las místicas, cuando no se institucionalizan, se desintegran con quien las encarnó. Hoy, lo que queda de esa historia fundacional es poco más que un cascarón. Una estructura sin alma. Y un país gobernado por un partido sin principios, sin límites y -sobre todo- sin liderazgo.
La presidenta Claudia Sheinbaum es la demostración viva de que la mística era, en el fondo, personalista. Formalmente, lidera la nación. Políticamente, está aislada, sitiada por una nomenklatura que la rebasa en todos los frentes.
En su gabinete coexisten operadores históricos del obradorismo con nuevos cuadros que responden a intereses territoriales, económicos o incluso criminales. En el Congreso, su bancada ya no obedece una línea, sino decenas de microlealtades que se cruzan y se neutralizan. Y en las entidades, los gobernadores morenistas se comportan como virreyes autónomos, más atentos a sus propias redes de poder que al proyecto nacional.
No hay dirección. No hay disciplina. No hay principio que funcione como ancla común. La presidenta habla, “sugiere” pero no manda. Observa, pero no impone. Su autoridad se diluye en el mar de cuotas, pactos y silencios que rige hoy a Morena.
La evidencia de ese desgobierno está en los hechos, no en la retórica. Adrián Rubalcava, exalcalde priista de Cuajimalpa, con múltiples señalamientos por vínculos criminales, fue premiado con la dirección del Metro de la Ciudad de México. ¿Quién lo puso ahí? ¿Qué lógica lo justifica? Nadie lo explica. Nadie lo asume. Solo se impone. Como si no hiciera falta responder ante nadie.
En Sinaloa, el gobernador Rubén Rocha Moya es el encargado de pacificar la entidad cuando ha sido acusado de proteger y mantener relaciones opacas con el Cartel de drogas más poderoso a nivel internacional y cuyos cabecillas son procesados en territorio estadounidense. ¿Paz o pacto? ¿Limpieza social? ¿Con qué fracción opera el gobernador? Preguntas que nadie en el partido quiere formular.
Y luego está Veracruz, en donde Rocío Nahle gobierna sin oposición efectiva, mientras su yerno recibe sin licitación más de mil millones de pesos por parte del IMSS para compra de medicamentos para tratar la diabetes y el cáncer con sobreprecios de hasta 800%. ¿Desde dónde se lidera el “movimiento” ahora que AMLO no está? El viejo mantra de “no mentir, no robar, no traicionar” se ha convertido en una muletilla vacía sin consecuencias, sin vigilancia y sin ética.
La degradación no es anecdótica. Es sistémica. En Morena ya no hay un “nosotros”. Hay tribus, cuotas, facciones, empresas. Hay senadores ligados al huachicol. Hay diputados que sabotean reformas laborales en nombre de los intereses privados que supuestamente se venían a combatir. Hay gobernadores que administran sus estados como franquicias privadas. Hay familias enteras incrustadas en la nómina federal, estatal y municipal que hablan y repiten -sin sonrojarse- que no hay nepotismo.
Lo más preocupante no es la traición a los principios. Es que esos principios, probablemente, nunca existieron fuera del discurso de un solo hombre. AMLO no creó un nuevo régimen. Creó una liturgia. Una cultura de lealtad personal que nunca se tradujo en instituciones. Hoy que ha dejado el poder -al menos formalmente- el vacío es total.
Y en política, los vacíos no duran: se llenan. Lo que ha ocupado el espacio que dejó su liderazgo es un caos gobernado por nadie y controlado por todos.
Sheinbaum está atrapada. No tiene el carisma de su antecesor ni el margen de acción para imponer orden. Su presidencia, lejos de consolidar un nuevo modelo de poder, parece destinada a administrar su fragmentación. Un juego peligroso donde cada uno toma lo que puede, mientras la jefa del Estado observa cómo su gobierno se le diluye entre los dedos.
La mística se ha desvanecido o está reducida a cinismo. Ya nadie habla de regeneración moral. Hoy se celebra la operación política, la eficacia electoral, la capacidad de “resolver”.
Morena, rápidamente, ya no es el instrumento de un movimiento. Es el reflejo de su fracaso. Un partido sin ética, sin control y sin futuro, gobernando un país que empieza a darse cuenta de que la esperanza no era un proyecto: era un espejismo fundado en una figura que hoy ya no está. No hubo institucionalización y el natural vacío de AMLO se convirtió en un peligro porque él asimismo lo diseñó.
*** Miguel Ángel Romero Ramírez: Analista y consultor político. Por más de 12 años, creador de estrategias de comunicación para el sector público y privado. Licenciado en comunicación y periodismo por la UNAM y maestro en gobierno por el Instituto Ortega y Gasset. Observador del uso de las nuevas tecnologías y su impacto en la democracia. X: @MRomero_z
El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.
En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.
En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.
La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.
Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.
Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.
Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.
Iniciativa privada invierte en Sinaloa
El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.
El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.
Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.
Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.
Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.
Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.
México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.
En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE). Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.
El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional. Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.
El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.
La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.
De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.
Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.
La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial.
El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.
Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.
Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.
La inversión privada se mantiene como el pilar más sólido para garantizar la estabilidad y el crecimiento de México. Más allá de los indicadores macroeconómicos, es el flujo de capitales, nacionales y extranjeros, lo que traduce las proyecciones en empleos reales, infraestructura y competitividad. Cuando una empresa destina sus recursos económicos en territorio mexicano, no solo apuesta por un mercado consumidor, sino por la capacidad técnica de su gente y la posición estratégica del país en las cadenas de valor globales.
Esta semana, tres anuncios de sectores tan diversos como el de consumo masivo, la belleza y la manufactura pesada, confirman que, pese a los retos, la brújula de los negocios sigue apuntando hacia la consolidación en suelo azteca.
Nestlé apuesta en el Edoméx
La firma suiza Nestlé destinará una inversión de 455 millones de dólares. Lo interesante de este movimiento es su dualidad: 275 millones se destinan a modernizar sus cinco plantas ya existentes (desde el alimento para mascotas en Cuautitlán hasta los snacks saludables en Tultitlán), mientras que 180 millones dan vida a un nuevo Centro de Distribución (CEDIS) en Zumpango.
Con una capacidad de 90 mil posiciones de pallets, este CEDIS no es solo un almacén; es una declaración de eficiencia. Según Fausto Costa, presidente ejecutivo de la compañía, la hoja de ruta incluye automatización y mejoras en eficiencia hídrica y energética. Para una entidad que alberga a casi 3,000 colaboradores directos de la firma, esta inyección de capital asegura que la manufactura mexiquense siga siendo el corazón operativo de Nestlé en la región.
Natura y la conquista del “retail”
Por otra parte, en el sector de venta directa, Natura está rompiendo el molde tradicional. La compañía anunció la apertura de 10 nuevas tiendas y 10 franquicias para este 2026, buscando alcanzar 34 puntos de venta físicos. El objetivo es claro: capitalizar un mercado de belleza que en México supera los 14,000 millones de dólares anuales.
Francisco Demesa, director general de Natura y Avon, ha sido enfático: México es el mercado de habla hispana con mejores oportunidades en Latinoamérica. El giro hacia las franquicias es estratégico, pues permite fomentar el emprendimiento local manteniendo los estándares de una marca global. Es, en esencia, la evolución de la venta por catálogo hacia una experiencia omnicanal donde el consumidor decide dónde y cómo interactuar con la marca.
Die Casting: El silencio estratégico de la manufactura
El sector industrial se prepara para una cita clave en el Bajío. Los próximos 15 y 16 de abril, la Die Casting Expo México 2026 aterrizará en el Centro de Congresos de Querétaro. La fundición a presión es, quizás, uno de los héroes anónimos de nuestra economía; sin ella, las industrias automotriz y aeroespacial simplemente se detendrían.
México se ha consolidado como un centro de manufactura avanzada, y la región del Bajío —Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí y Aguascalientes— es el epicentro de este ecosistema. El evento no solo será una vitrina de maquinaria y aleaciones, sino un termómetro para medir cómo la automatización y la ingeniería de precisión están respondiendo a la creciente demanda de componentes especializados en Norteamérica.
En el balance final…
Desde el café que consumimos hasta las piezas de alta precisión de un motor, la inversión privada está presente. Que estas empresas sigan expandiendo sus líneas de producción y abriendo puntos de venta es la mejor señal de que México, con su infraestructura y talento, sigue siendo un destino indispensable para el capital global.