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Opinión

No dudará en usarla

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—Uy, abuelito: ya ni con chochos azules. Pero le vamos a hacer la lucha. Recuéstese un poco, así. Ándele, ponga su cabecita sobre la almohada y déjese llevar. Ande, así mero. No le va a doler, se lo aseguro; con cuidado. Capaz de que, si algo le pasara, me lo cobran como estudiante universitario —con calma, lentamente, la joven mujer levantó las piernas del viejo hasta colocarlas bien alineadas sobre la colcha de estampados naranjas, amarillos y azules.

El abuelo se puso cómodo. Con las puntas de los pies apoyándose en los talones se deshizo de los zapatos deportivos. Fue sintiendo cómo el cuerpo se le alaciaba hasta hacerlo perderse en la luz de la lámpara.

Era su cumpleaños. Había acumulado tantos que casi nadie sabía con certeza qué edad tenía. Pero los nietos insistieron en darle la oportunidad al viejo de echar una canita al aire, porque las vecinas ya murmuraban: Tengan cuidado con don Mumi, se le queda viendo a las muchachas con unos ojos iguales a los del puritito demonio de la lujuria. Casi las desviste con la mirada. No vaya siendo que un día pierda la cordura y le dé un susto a alguna. —Lo cierto es que ninguna de las vecinas conocía al meritito demonio de la lujuria. Si bien les iba, sólo lo presintieron durante algunos, contados, momentos de su efímera vida sexual. También, es cierto, que nadie puede desvestir con la sola mirada, ni por muchas dotes de David Copperfield que pudiera poseer alguien en el barrio.

La cordura del anciano no estaba a discusión, pero las leyendas oscuras que se contaban en torno a él lo habían convertido en una especie de ídolo no declarado de las féminas invernales, quienes habían encontrado, en la propia leyenda, un motivo para echar a revolotear la imaginación a sus anchas. Cada mujer, a su manera, no perdía la oportunidad de intercambiar palabra con el viejo, cuando éste dedicaba el domingo para ir a la misa de las doce de la mañana y luego encaminarse a la paletería para degustar un helado triple de vainilla en cono de harina, salpicado con trozos de nuez picada.

Nadie obligaba a ninguna de las damas a sentarse a un costado del viejo sobre las bancas de solera pintadas de colores rosa y blanco. Se hacían las aparecidas para entablar plática con el viejo. El hombre era receloso. O tal vez la carne vieja había dejado de simpatizarle. Estaba convencido de que las gallinas antiguas no hacen buen caldo, que, mejor dicho, ranciaban el aire con sus alharacas prejuiciosas y sus modos anacrónicos.

Tal vez las historias sobre su persona no estaban tan alejadas de sus apasionamientos carnales, pero los excesos deben ejecutarse lejos del hogar, recordaba haber escuchado alguna vez, muchos años atrás, en una clase de literatura de la secundaria.

La mujer tomó asiento y, como quien no quiere la cosa, abrió la boca para vaciar planteamientos, teorías, prejuicios y complejos sobre el entorno y sus habitantes. El viejo permaneció en silencio mirando cómo las bolas de su helado se hacían pequeñas hasta escurrirse sobre el cono hasta volverlo flácido. Era tal la desfachatez de la mujer que intentó solucionar lo que ella consideró un descuido del viejo: pidió un puño de servilletas a los dependientes de la heladería, extendió hacia el hombre un par de ellas e intentó limpiar las salpicaduras de helado caídas sobre la banca.

—Tenga cuidado. Mire, ya se manchó. Pero por suerte estoy aquí, para ayudarlo. Por cierto, ¿quién le lava y le plancha la ropa? Porque, si gusta, yo puedo hacerlo con gusto, y gratis. Nomás dígame cuándo puedo ir a su casa y a qué horas y le dejo limpia su ropa, hasta almidonada —dijo la mujer, y cuando mencionó la palabra almidón, al viejo le pareció escuchar una acentuación exacerbada: la grafía brincoteó desde el sonido y, en una pirueta parecida al salto mortal, se posó, cuan negra era, sobre aquellos labios cuarteados que pretendían ser sensuales e invitadores.

En microsegundos, todas las sílabas que integran la palabra al-mi-dón, reclamaron un trozo de existencia propia, se rebelaron ante la subordinación totalitaria, entendieron que aquella integralidad estaba dispuesta para que la máquina funcionara. Tomaron conciencia sobre la importancia de su trabajo y se rebelaron frente a la tiranía de la oración, después pensaron en quemar el párrafo completo hasta transformar la historia y reescribirla a su modo. Intentaron convocar a otros artículos, preposiciones, verbos y sustantivos igual de inconformes, pero antes de que la insurrección estallara en su mente, el viejo respondió a la oferta del lavado y planchado con una frase seca: —Le agradezco, me gusta hacerme cargo de mis propias cosas.

Aquella mujer no paraba de hablar y parecía no darse cuenta de su absurdo monólogo. Sus palabras eran tan edulcoradas, que atiborraban los oídos, y cada una de las frases empujaba a las otras en una lucha encarnizada por penetrar primero por el conducto auditivo del viejo; aquello se volvía en una pelea a muerte con armas punzocortantes que terminaba por exacerbar los ánimos del receptor. Sin que el emisor manifestara la más mínima piedad o consideración ante tal apabullamiento.

Por un momento, al viejo le pareció percibir que paletadas de estiércol llegaban hasta sus oídos, sintió que aquella mujer lo estaba transformando en una fosa séptica, en una fosa común donde los muertos se reanimaban para arrojarse trozos agusanados de carne que arrancaban, con sus propias manos, de su propio cuerpo. Una bacanal fétida donde él estaba amordazado, atado a una banca de metal pintada de colores rosa y blanco, como un inocente estúpido incapaz de reunir un poco de voluntad y retacar su flácido cono de helado en aquella bocaza inmunda. Pero, ante todo, se impuso la caballerosidad, se puso en pie y se despidió cortésmente, sin argumentar nada. Estaba asqueado.

Sin embargo, algo era cierto, algo tenía el viejo en la mirada que a lo largo de su vida le atrajo numerosos conflictos y enfrentamientos. Si la vista es muy natural, decía en su descargo. Pero no todos pensaban lo mismo. En cierta ocasión, en los mingitorios de una cantina, el mero entrecruzamiento accidental de miradas bastó para que un ebrio se sintiera agraviado y pretendiera, sin higiene de por medio, propinarle un par de bofetadas. Hasta que un grupo de meseros acudió para mediar las cosas y pedir amablemente al viejo que mejor se retirara para no importunar al “señor licenciado” quien era, además, agente del ministerio público.

En la familia se preguntaron por largo tiempo qué rasgo de él le había resultado atractivo a su mujer, hoy difunta. Porque ambos eran como dos opuestos irreconciliables. En ella, todo era dulzura y don de gentes. En él todo era marcialidad, control, subordinación, disciplina… hasta que los hijos se hicieron adultos y decidieron, por sí mismos, la forma de continuar con su vida, ya sin el yugo paterno.

A ratos se preguntaba en la oscuridad de su recámara: —¿Si el muerto fuera yo y mi mujer estuviera viva? ¿Qué haría ella en estos momentos?

Aquellas elucubraciones, frecuentemente, ocupaban su pensamiento hasta muy avanzada la madrugada. Hasta que los ojos gobernaban el cerebro y cerraban la ventanilla de atención de los asuntos inútiles. Todo sucedía en esa especie de burocracia existencial que no tiene ni pies, ni cabeza, ni razón de ser, en tanto, siempre conduce al mismo callejón sin salida por donde transitan quienes, en definitiva, tienen temor de vivir.

Una tarde, luego de varias horas de búsqueda, sus nietos le encontraron vagando al interior del mercado público. Desorientado, intentaba reconocer en cada rostro de los marchantes un indicio sobre sí mismo, pero sólo rondaba la indiferencia haciendo sus compras. Un sentimiento de angustia llegaba hasta él y luego se alejaba aleteando, como una mariposa frágil de la que no se precisan colores ni formas.

—Vente abuelo. Llevamos buscándote un buen rato. Fuimos a la heladería, y cuando vimos la banca vacía nos espantamos. Capaz que te hubiera pasado algo.

Los jóvenes tomaron al viejo por el brazo, uno a cada lado, como se toma un enfermo que no puede valerse por sí mismo. Por vez primera, el hombre sintió la necesidad de dejarse conducir, de entregarse a la voluntad del otro, de callar lo que pensaba para no importunar a sus atentos lazarillos.

Por la noche, los hijos recriminaron al viejo, convirtiendo el asunto en una especie de venganza esperada durante muchos años. Tal vez sólo se trataba de la continuación, del tiempo de cosecha de los frutos amargos, sembrados en sus vástagos. Pero la mente ya no daba para esa reflexión. Así se fueron suscitando nuevos episodios. Al viejo le dio por caminar desnudo en el patio. Por tomar agua del lavadero con la vieja jícara de plástico y verterla sobre su cuerpo, le gustaba sentir el agua deslizarse fría, desde su cabeza hasta sus pies. A sus nietos le divertían los aparentes disparates del anciano. Por eso, cuando sus padres no estaban en casa, se convirtieron en sus cómplices, en facilitadores de sus ocurrencias. Para ellos, no existía la mínima malicia, ni pudor alguno ensuciaba aquellos momentos cuando el viejo, desnudo, dibujaba ángeles de agua, tendido sobre las losetas del patio. Múltiples carcajadas brotaron de aquellos jóvenes recién salidos de la infancia, por tanto, expertos en esa clase de goces que permanecen en el alma por siempre.

Por varios meses, pese a las recomendaciones del médico, el abuelo siguió recibiendo su dosis de azúcar en forma de helado de vainilla salpicado de nuez picada. Como un niño, era llevado a la misa de doce por sus nietos. En silencio, sentado sobre las enormes bancas de madera, seguía atento el ritual. Algo en su interior le guiaba. Aunque las formas tuvieran menos significado, subyacía lo inexplicable proveyéndolo de un sentimiento reconfortante, como un abrazo, como un suéter nuevo hecho a la medida que se ajusta al cuerpo y que tiene la temperatura perfecta, deseada, ideal para quien lo usa.

En medio de aquel cúmulo de olvidos que vaciaban los recuerdos de su vida, como un pizarrón sobre el que se escribe nueva información, aunque efímera, el cuerpo del anciano recordaba. Porque una cosa es el recuerdo que ha de archivarse, el que se transformará en la memoria, para bien o para mal, a gusto de quien lo vive, y otro asunto es la biología que no tiene reparos en cobrar cuentas o ajustar presupuestos, y sacar del archivo muerto aquellas cosas que parecían olvidadas. Y el cuerpo recordó: sacó del aparente olvido la parte inerte del abuelo. Lo que fue motivo de risas para sus nietos:

—Al abuelo todavía se le para —festejaron lo jóvenes, chocando sus palmas abiertas con las del viejo que, desnudo y alegre, brincoteaba; como quien busca volver a dirigir la orquesta con la batuta en ristre.

Había que darse prisa: sus padres estaban por llegar y el abuelo estaba “armado”. —Está armado y no dudará en usarla —dijo uno de ellos y ambos soltaron la carcajada. Se dispusieron a secar con una toalla al abuelo y vestirlo, ante la inminente llegada de los nuevos tiranos del castillo.

Los días transcurrieron en calma, hasta que una noche, la mujer que ayudaba con la limpieza se quejó amargamente de la conducta inapropiada del viejo:

—Pues yo no quería decirles, pero el señor se estaba tocando ahí, debajo, mientras yo tendía la cama. La verdad, ya me dio miedo, porque él no está en sus cabales y, en una de esas, capaz que me agarra doblando las sábanas y me dobla a mí, y yo soy una mujer decente. Ahora que… si me suben el sueldo al doble, pues estaría dispuesta a correr el riesgo, porque la necesidad es canija, digo, la necesidad del dinero, claro. Y…

Los hijos del viejo aceptaron la renuncia de la mujer, no sin antes pagarle una semana extra por las molestias y para garantizar la completa secrecía por aquel desaguisado. Pese al acuerdo, todo se supo, y la leyenda del viejo languso creció y se extendió hasta ser parte de la comidilla de las beatas y las libres pensadoras. Se formaron dos facciones: una a favor y otra en contra de los hechos. Hubo quienes interpretaron el asunto como un tema biológico que estaba fuera del control del “enfermito”. Otros dijeron que el diablo no tiene reparos ni moral y se interna en los más débiles: He aquí un caso donde la oración es el único camino para expulsar al maligno de ese cuerpo inocente que ya se encuentra en la antesala del hoyo en la tierra. Ese chancludo cuernudo quiere arrebatar un alma al cielo mediante el pecado de lujuria.  

Los hijos se avergonzaron y prohibieron que el viejo tuviera cualquier contacto con personas ajenas a la familia. Incluso las visitas serían restringidas. Los nietos, quienes se alternaban para cuidar del anciano, durante la tarde y la mañana, dependiendo de sus horarios escolares, idearon una solución práctica: —Hay que llevar al abuelo con las muchachas de paga.

En definitiva, hay soluciones sensatas y soluciones prácticas. Pero ésta, en particular, parecía carecer de cualquier lógica. El viejo, que aún conversaba con sus nietos durante sus esporádicos lapsos de lucidez, se mostró complacido y aceptó la deferencia sellando el pacto con los jóvenes mediante un abrazo apretado de tres.

El siguiente paso fue convencer a sus padres de que el abuelo necesitaba salir a despejarse, que el encierro lo mataría. Así, entre argumentos lastimeros, provistos de cierta lógica, los jóvenes pusieron guapo al abuelo y lo subieron en el auto familiar, bajo el compromiso de llevarlo a caminar al parque. Incluso le mercaron ropa y zapatos deportivos. Para confeccionar de mejor manera la argucia metieron, en el Valiant amarillo, un par de balones y la bomba para inflarlos.

El plan se maduró durante un par de semanas. Estaba tan bien cronometrado que la chica contratada llegaría a cierta hora al hotel de paso señalado. Previamente, aunque no se estila así, la habitación donde sucederían los hechos ya estaba reservada: Por aquello de no te entumas y mejor tener todo bajo control. Pensaron en darle al abuelo una pastilla para desinhibirlo, pero lo descartaron, pues, precisamente, la desinhibición del abuelo los había conducido hasta ahí.

En la habitación, la muchacha miraba sorprendida la magia de la naturaleza. Sonrió y se dispuso a cumplir con su trabajo. En la recepción del hotel, los jóvenes se miraban y sonreían mientras cronometraban. Para romper la tensión del momento, uno de ellos dijo: Está armado y no dudará en usarla —una estrepitosa carcajada retumbó en la recepción.

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Opinión

¿Quién se robó mi leche?

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Importancia de la leche

Pamela Cerdeira

Hay una sensación que me ha acompañado toda la vida. Es algo que nunca he podido nombrar. No sé si le pasa a otras personas. Se siente como si tuvieras un hueco; está en algún lugar del cuerpo y en todo el cuerpo al mismo tiempo. Se parece a la nostalgia, cuando extrañas algo pero no sabes qué es eso que extrañas. Tiene el rostro de mi infancia, el color de la pintura de la casa de mis papás, sus espacios, y momentos suspendidos; son tan únicos que es imposible distinguir uno solo. Es como querer regresar a un lugar seguro. No sé qué lo desata, es repentino. He llegado a creer que es sólo sed y mi forma peculiar de interpretarla. Pero de lo único que estoy segura es de que en ese momento solo quiero un vaso con leche. Y creo que empezó cuando dejé de vivir ahí.

Mi mamá decía con orgullo y sorpresa: “mis hijos toman leche hasta con la comida”. Era cierto, siempre había agua de limón, pero nosotros preferíamos leche. Leche con chocolate en la mañana, leche en la comida y leche en la cena. ¿Sed a mitad del día? Leche. Era la época en la que nadie contaba vasos de agua ni necesitaba sensores para medir la biología más básica como los pasos o el sueño.

Estaba en segundo de primaria, aprendíamos BASIC en la clase de computación, una fila de instrucciones para que la Macintosh hiciera un círculo. Alejandro, mi compañero de máquina, volteó a verme con desagrado y me dijo: “Awww, tienes bigote”. Sí, tenía bigote y no tenía a Frida Kahlo de referencia. Así que para resolverlo se me ocurrió la brillante idea de pintarme el bigote con sombras para ojos color blanco. Mi bigote quedó tan bien escondido como un bandido gordo tras un poste de luz. A la mañana siguiente, un minuto antes de bajarme del coche, mi mamá me miró (de esas miradas que escanean en busca de algo que corregir) y me dijo: “te dejaste bigote de leche”, chupó su dedo y me limpió la cara. Pero yo no iba a rendirme, tenía un plan. Así que al otro día utilicé sombras color café claro. Y la escena se repitió, esta vez mi mamá dijo: “Te dejaste bigote de chocolate, te lo limpio”, y me lo quitó de nuevo.

Llegó la adolescencia y la leche se transformó, como toda la comida, en puntos intercambiables. Entré en el imposible laberinto de contar calorías y todo tenía un límite: una porción del circulito azul que era el que representaba a los lácteos. Como debe sucederle a la mayoría de quienes me leen, mi relación con la comida era como la vida amorosa de Johnny Depp: complicada. Tardé mucho en cambiar la forma de mirarla, de poner el valor nutricional primero y disfrutar y agradecer cada bocado por todo lo que aporta a mi cuerpo. Hace poco, en un Starbucks, me sorprendió la cantidad de veces que tuve que aclarar que quería leche. ¿Quiere leche de almendra? No, solo leche. ¿De soya? No, leche, de vaca. Tengo leche light. No, solo quiero leche. ¿Deslactosada? Leche. Leche y ya. La señorita me vio con ojos de sospecha.

Y es que, en tiempos donde todo parece inmediato, ultraprocesado o hiperespecializado, a veces nos cuesta entender la belleza de lo simple. Se nos olvida que la leche es un alimento que la naturaleza diseñó con una ingeniería perfecta. Hay que sumar el viaje titánico que ocurre antes de abrir el refrigerador. Ese vaso de “leche y ya” empieza en el origen, en una historia que tan solo en México sostienen treinta y cinco mil colaboradores que forman parte de la familia Lala.

La historia de nuestro vaso de leche diario empieza a las tres de la mañana, bajo un silencio que solo conocen quienes trabajan la tierra. Mientras nosotros damos la media vuelta en la cama, en alguno de los más de ciento veinticuatro ranchos que proveen a Lala en México comienza el primer ordeño de un total de casi quinientas mil vacas. Muchas de las familias ganaderas detrás de este esfuerzo llevan más de cincuenta años trabajando de la mano con la marca.

Al final, esta inmensa cadena de valor no solo mueve cajas y botellas de un punto a otro. Detrás de cada trago trabajan miles de personas: ganaderos, veterinarios, nutriólogos, ingenieros y expertos en sustentabilidad que generan empleos, impulsan las economías de nuestras regiones y fortalecen el campo mexicano. Entender este camino invisible no solo nos nutre físicamente; también nos conecta con quienes lo hacen posible y nos recuerda que agradecer lo que comemos sigue siendo una de las formas más profundas de reconocer la vida cotidiana.

La edad me ha devuelto la leche, y con ella, la gratitud. Los músculos se convierten en un baúl sin fondo sediento de proteína y los lácteos han sido mi mejor forma de darles lo que necesitan. Cada vaso de leche, fría porque así me gusta —y que al final es solo uno de los más de 33 millones de vasos que Lala procesa al día en nuestro país—, entra a mi cuerpo mientras pienso en todo lo que me aporta, que en mi caso, es una mezcla de nutrición y ese algo imposible de nombrar que llega directo al corazón.

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Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa

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Por Ángel Pérez Sánchez

El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.

En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.

En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.

La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.

Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.

Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.

Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.

Iniciativa privada invierte en Sinaloa

El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.

El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.

Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.

Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.

Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.

Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.

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Gas natural: del dogma a la realidad

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México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.

En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE).  Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.

El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional.  Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.

El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.

La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.

De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.

Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.

La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial. 

El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.

Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.

Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.

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