Opinión
La virgen que hablaba inglés
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Ricardo MedranoPedrita sube sus medias color ala de mosca y las ajusta a sus corvas con una liga. Antes, estiró y aflojó la liga para que diera de sí y no le cortara la circulación de la sangre. Su voz chillona resuena en toda la colonia cuando Raymundo, su nieto adoptivo, se niega a obedecerla: ella es la autoridad en la casa cuando Lala, la madre del chiquillo, sale a trabajar.
Lala renta un par de cuartos techados con lámina en una vecindad. Venida de provincia, llegó a la colonia hace algunos años. Tiene dos hijos mayores: Chiripas y Lolo. Comparte vivienda con ambos, y por supuesto, con Pedrita y Raymundo.
Pedrita quiere que la quieran. Raymundo se aprovecha de su necesidad afectiva y cuando las cosas se ponen feas, recurre al halago y la zalamería:
—Abuelita chula. ¿Quién quiere a esta viejita tan hermosa? —acaricia la cabeza pequeña de la anciana. Entonces, brillan sus ojos pequeños y redondos como dos botones finamente adheridos a su cara achinada.
Pedrita es defensora acérrima de su pureza. Las vecinas maliciosas le preguntan si alguna vez tuvo un qué ver con algún hombre. Ella responde firme, pero pícara:
—Sigo siendo señorita.
Las mujeres ríen. Van y vienen entre las tolvaneras. Se sujetan las faldas con las manos: “no vayamos a pescar un mal aire”, dicen ríen a carcajadas. Los chiquillos se entretienen mirando las piernas polveadas de las damas. Han bautizado las prendas íntimas que observan como los “calzones de luchador”.
Un grupo de parientes llegó recién a la vivienda de Lala: Pecas, Rulo, Chango, Guango, Leno y Momo son hermanos y todos vienen del pueblo —ellos le llaman rancho. Por eso se les ubica como Los Hermanos Rancho—. Las cosas no han estado bien en su terruño y decidieron probar suerte en la capital.
La misma semana de su llegada encontraron trabajo en las obras del metro. Durante los primeros días de labores, hubieron de comer tacos de canasta, tacos de queso con chile en vinagre y agua de la llave. Para la segunda semana, ya habían recuperado un poco de su maltrecha dignidad de migrantes.
Ahora, Pedrita es la encargada de cocinarles la cena y lavar la ropa, a cambio recibe una módica remuneración. También les pone itacate en portaviandas apiladas de peltre para que no gasten en comida en la obra. Ellos agradecidos la llaman, cariñosamente, abuelita, pero ella les retoba y les pide que mejor la llamen tía: ¿no ven que me espantan a mis enamorados? Van a pensar que ya estoy vieja—les dice coqueta.
Han pasado cinco meses desde la llegada de Los Hermanos Rancho. Cada quince días organizan una comisión para llevar dinero a su madre viuda. Ella permanece al cuidado de un hato de animales cada vez más cadavéricos que pastan en los terrenos familiares. Han platicado al respecto y acordaron que tres de ellos correrán la aventura de irse a probar fortuna al “otro lado”, a los Estados Unidos.
Chango y Guango son los elegidos por el destino. Reunieron la cantidad de dinero suficiente y un poco más para llegar a la frontera. De madrugada, despedidos por los ladridos de los perros, se encomendaron a Dios y se encaminaron a dar el brinco. Saben que deberán sortear coyotes y migra. Muchos paisanos del rancho han muerto en El Río Bravo, otros en el desierto.
Los Hermanos Rancho tienen fe. Conforme avanzaban por territorio mexicano iban reportándose a la base de operaciones llamando a la única casa que cuenta con línea telefónica. Tener teléfono en casa es un lujo. Por eso, sólo marcaban el número para decir:
—Buenas. Soy fulano. Por favor, dígales a mis hermanos que estamos bien. Vamos en tal lugar. Gracias.
Con este tipo de llamadas más telegráficas que telefónicas, Los Hermanos Rancho dan seguimiento a los que avanzan en busca del american dream. El resto continúa trabajando en las obras del metro de la Ciudad de México, y se hacen cargo de proveer a su madre cada quince días.
Pedrita se da un respiro y se sienta en una silla de madera, tamaño infantil, bajo los rayos del sol de mayo. Coloca un espejo frente de sí y sostiene otro más sobre su coronilla. Su técnica es infalible para evitar que la edad se manifieste: arranca sus canas. Su cabeza asemeja un religioso franciscano. Pedrita tiene el corazón joven y la virginidad intacta. Se proclama lista para el tálamo donde deshojará su rosa el apuesto doncel que la despose.
Mientras saca la ropa de la tina donde la remoja, se da tiempo para hacer la competencia a Virginia López y su trío, y canta hasta desgañitarse: No, tú no puedes dejar de adorarme /Porque sabes que Dios ya sabrá castigarte /Si rompes tu promesa de amor…
Raymundo, el nieto de Pedrita, volvió a hacer de las suyas. La mujer es estricta y de ninguna forma permitirá que el chiquillo se le descarríe. Deja por un momento su afán por desmugrar la ropa de Los Hermanos Rancho y toma el palo de la escoba. Patizamba, corretea a Raymundo por entre el caserío. Muchacho condenado, no para de gritar al chiquillo que corre por el terregal con dos enormes cirios saliendo por sus fosas nasales.
Todos los días, a cierta hora, se repite el espectáculo del gato y el ratón. Raymundo se niega a prepararse para partir con rumbo a la primaria del turno vespertino. La mujer hace su mejor esfuerzo para cumplir la encomienda de la madre del muchacho. A cambio, recibe techo y comida.
Porque Lala y Pedrita sólo son amigas, sin algún lazo de sangre. Se conocieron trabajando en un taller de costura y decidieron que una de ellas ganaría el sustento y la otra atendería a Lolo, el hijo mayor de Lala. Después vino Chiripas, y después Raymundo. Lala estaba gustosa con sus chilpayates y no le afectaba tener que mantenerlos sola.
Por eso trabajaba como costurera en una fábrica de ropa y Pedrita era el ama de casa que educaba a Raymundo, atendía a sus hermanos mayores y a los hermanos Rancho.
Pese a sus múltiples ocupaciones, Pedrita se daba tiempo durante sus idas al mercado para echar ojo e ir tanteando prospectos de marido. El carnicero estaba muy bien, pero era casado, y eso no iba con sus buenas costumbres. El verdulero no estaba de malos bigotes, pero era mujeriego. No era para ella eso de ser plato de segunda mesa. El del expendio de hielo estaba muy joven, y en una de esas, capaz de que me deja muerta porque no le di batería en la noche de bodas —pensaba y reía de sus propias ocurrencias.
El único hombre que la conquistaba, que la seducía, que la hacía soñar, estaba en sus pensamientos. Ahí vivía inalterable, pero poco definido, aún para ella. Habían sido tantas las imágenes construidas en su mente que el hombre ideal acabó por volverse borroso, deslavado, casi transparente. Pero ella seguía creándolo, dándole vueltas, cocinándolo, zurciéndolo, forjándolo, limpiándolo, ajustándolo, preparándolo para que no hubiera sorpresas en el momento que se vieran de frente.
Porque ella nunca tuvo un novio ni un amante ocasional. Todo fue trabajar y cuidar hijos ajenos durante los últimos treinta años. Había olvidado hasta su propia historia.
Porque de nada le valía que la llamaran abuela. Chiripas, Lolo y Enrique eran una especie de nietos de ceniza que el aire desdibujaba, que del polvo de la esperanza venían y al mismo polvo regresaban. Porque su deseo siempre fue ser mujer de su propia casa, de sus propios hijos. Siempre quiso atender al propio marido y ponerse bella para orgullo de él, para que la besara, la estrujara; la levantara en vilo con sus fuertes brazos, mientras el fondo le asomaba bajo su vestido de raso. Porque de Lágrimas, Risas y Amor había obtenido su educación sentimental.
Pero hasta Pedrita nunca llegaron las verdaderas oportunidades. Todos los hombres pasaron de largo sin mirarla siquiera. Y a ella que se le quemaban las habas, que le hervía la sangre mientras cantaba boleros de desamor sin comprenderlos, porque nunca, ni de lejos, tuvo la mínima experiencia.
Porque todo fue coser para ganar dinero, coser para otra gente. Mirar bodas de lejos y mirar cómo se alejaban los sueños y los años. Mirar el Fab hirviendo en el lavadero, cómo se multiplicaba en su inmensa prole de espuma, estallando en toda su blancura, humedeciéndole el vientre, pero, tristemente, escapando de ella por el desagüe, vaciándose, expirando en un clímax exiguo, efímero.
Un día del mes de julio, Chango y Guango se comunicaron con sus hermanos en México. Habían logrado cruzar la frontera y estaban instalados en un rancho de la unión americana. Prometieron mandar efectivo para que otro hermano lo intentara. También dijeron que mandarían dólares y regalos para Lala y Pedrita.
Y así fue: semanas después, un paisano que regresó al país trajo dólares y regalos. Se bebió un par de cervezas con el resto de Los Hermanos Rancho y les contó pormenores de la vida en el otro lado. Agradeció la hospitalidad y siguió su camino con sus enormes maletas, sombrero texano y botas piteadas, rumbo al estado de Hidalgo.
Pedrita, gustosa, tomó el dinero que generosamente le enviaron los mojados. También abrió su regalo, un envoltorio de papel periódico y cinta adhesiva. Abrió grandes los ojos cuando descubrió su presente: una virgen, dijo con alegría. Y gustosa pensó en la cantidad de milagros que obtendría de la imagen. Ofreció disculpas a San Martín Caballero, a quien relegó al fondo de la repisa. También se deshizo de la alfalfa del caballo del santo, y colocó su virgen en primera fila, lista para escuchar sus súplicas y atender sus peticiones. San Antonio, titular del departamento de amarres, uniones matrimoniales y entuertos del corazón, fue enviado a la congeladora burocrática al fondo de la caja donde era archivada la ropa interior.
Pedrita, de inmediato, corrió a la tienda de La Chata para comprar una veladora de parafina. No una de cebo, no una Lux Perpetua, sino una de las más caras. A estas alturas no iba a ponerse remilgosa. Porque, en definitiva, una virgen que viene de allá, de con los gringos, es una virgen que concede mejores peticiones, una virgen que habla inglés y español. Así pensaba Pedrita y diariamente se persignaba fervorosamente.
Gastó hasta el último centavo de sus dólares comprando veladoras. Continuó tomando su terapia de depuración de la edad arrancándose las canas hasta que no hubo más remedio que cubrir los claros del cuero cabelludo con los pocos cabellos grises que aún le quedaban. Y sus ojitos pequeños siguieron brillando gustosos pesando que un día no muy lejano la virgen escucharía sus rezos, porque ella también era mujer, y bien que la entendería.
Ahora sólo se trataba de tener paciencia. ¿Cómo será el galán? Se preguntaba. Pero esa masa informe de deseos se tornó en una pasta brillante, un diamante falso, donde terminaron por comprimirse sus fantasías.
Pedrita se tornó triste y ausente, y descuidó sus ocupaciones cotidianas que antes cumplía con tanto esmero. El propio Raymundo se liberó del marcaje personal de su abuela adoptiva y ahora gozaba de los terregales, y marcaba su territorio orinando las bardas de los vecinos. La ropa sucia se acumuló en el bote. Las prendas blancas de Lala se percudieron, hasta tener el mismo color que un coco podrido. Salaba la comida que hasta los perros la desairaban.
Así fue como Pedrita se marchitó. Sus piernas zambas se arquearon tanto que se volvieron un círculo perfecto. No hubo más canas por arrancar de su cabeza. Sus ojitos de botón se hicieron aún más pequeños, hasta borrarse casi por completo de aquel rostro que sólo quería ser querido.
Pedrita fue sepultada un mes de diciembre. Acudimos a su entierro todos sus vecinos. Los Hermanos Rancho, que seguían en espera de emigrar, cargaron su ataúd y pagaron una parte del sepelio. Se organizaron rosarios en el patio de la vecindad donde vivió.
Durante nueve días rogamos por el eterno descanso de su alma. Las vecinas procuraron el cuerpo de los rezanderos con café de olla y bolillos. Ahora, Raymundo y sus hermanos deben atender sus propios asuntos: asear la casa, lavar la ropa, ir al mercado y preparar la comida. Lala lloró por su amiga de incontables años. Decidió retirar de la repisa la pequeña reproducción de la Estatua de la Libertad que con tanta devoción reverenció la difuntita y regresó al sitio de honor a San Martín Caballero con todo y alfalfa para la montura.
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Pamela Cerdeira
Hay una sensación que me ha acompañado toda la vida. Es algo que nunca he podido nombrar. No sé si le pasa a otras personas. Se siente como si tuvieras un hueco; está en algún lugar del cuerpo y en todo el cuerpo al mismo tiempo. Se parece a la nostalgia, cuando extrañas algo pero no sabes qué es eso que extrañas. Tiene el rostro de mi infancia, el color de la pintura de la casa de mis papás, sus espacios, y momentos suspendidos; son tan únicos que es imposible distinguir uno solo. Es como querer regresar a un lugar seguro. No sé qué lo desata, es repentino. He llegado a creer que es sólo sed y mi forma peculiar de interpretarla. Pero de lo único que estoy segura es de que en ese momento solo quiero un vaso con leche. Y creo que empezó cuando dejé de vivir ahí.
Mi mamá decía con orgullo y sorpresa: “mis hijos toman leche hasta con la comida”. Era cierto, siempre había agua de limón, pero nosotros preferíamos leche. Leche con chocolate en la mañana, leche en la comida y leche en la cena. ¿Sed a mitad del día? Leche. Era la época en la que nadie contaba vasos de agua ni necesitaba sensores para medir la biología más básica como los pasos o el sueño.
Estaba en segundo de primaria, aprendíamos BASIC en la clase de computación, una fila de instrucciones para que la Macintosh hiciera un círculo. Alejandro, mi compañero de máquina, volteó a verme con desagrado y me dijo: “Awww, tienes bigote”. Sí, tenía bigote y no tenía a Frida Kahlo de referencia. Así que para resolverlo se me ocurrió la brillante idea de pintarme el bigote con sombras para ojos color blanco. Mi bigote quedó tan bien escondido como un bandido gordo tras un poste de luz. A la mañana siguiente, un minuto antes de bajarme del coche, mi mamá me miró (de esas miradas que escanean en busca de algo que corregir) y me dijo: “te dejaste bigote de leche”, chupó su dedo y me limpió la cara. Pero yo no iba a rendirme, tenía un plan. Así que al otro día utilicé sombras color café claro. Y la escena se repitió, esta vez mi mamá dijo: “Te dejaste bigote de chocolate, te lo limpio”, y me lo quitó de nuevo.
Llegó la adolescencia y la leche se transformó, como toda la comida, en puntos intercambiables. Entré en el imposible laberinto de contar calorías y todo tenía un límite: una porción del circulito azul que era el que representaba a los lácteos. Como debe sucederle a la mayoría de quienes me leen, mi relación con la comida era como la vida amorosa de Johnny Depp: complicada. Tardé mucho en cambiar la forma de mirarla, de poner el valor nutricional primero y disfrutar y agradecer cada bocado por todo lo que aporta a mi cuerpo. Hace poco, en un Starbucks, me sorprendió la cantidad de veces que tuve que aclarar que quería leche. ¿Quiere leche de almendra? No, solo leche. ¿De soya? No, leche, de vaca. Tengo leche light. No, solo quiero leche. ¿Deslactosada? Leche. Leche y ya. La señorita me vio con ojos de sospecha.
Y es que, en tiempos donde todo parece inmediato, ultraprocesado o hiperespecializado, a veces nos cuesta entender la belleza de lo simple. Se nos olvida que la leche es un alimento que la naturaleza diseñó con una ingeniería perfecta. Hay que sumar el viaje titánico que ocurre antes de abrir el refrigerador. Ese vaso de “leche y ya” empieza en el origen, en una historia que tan solo en México sostienen treinta y cinco mil colaboradores que forman parte de la familia Lala.
La historia de nuestro vaso de leche diario empieza a las tres de la mañana, bajo un silencio que solo conocen quienes trabajan la tierra. Mientras nosotros damos la media vuelta en la cama, en alguno de los más de ciento veinticuatro ranchos que proveen a Lala en México comienza el primer ordeño de un total de casi quinientas mil vacas. Muchas de las familias ganaderas detrás de este esfuerzo llevan más de cincuenta años trabajando de la mano con la marca.
Al final, esta inmensa cadena de valor no solo mueve cajas y botellas de un punto a otro. Detrás de cada trago trabajan miles de personas: ganaderos, veterinarios, nutriólogos, ingenieros y expertos en sustentabilidad que generan empleos, impulsan las economías de nuestras regiones y fortalecen el campo mexicano. Entender este camino invisible no solo nos nutre físicamente; también nos conecta con quienes lo hacen posible y nos recuerda que agradecer lo que comemos sigue siendo una de las formas más profundas de reconocer la vida cotidiana.
La edad me ha devuelto la leche, y con ella, la gratitud. Los músculos se convierten en un baúl sin fondo sediento de proteína y los lácteos han sido mi mejor forma de darles lo que necesitan. Cada vaso de leche, fría porque así me gusta —y que al final es solo uno de los más de 33 millones de vasos que Lala procesa al día en nuestro país—, entra a mi cuerpo mientras pienso en todo lo que me aporta, que en mi caso, es una mezcla de nutrición y ese algo imposible de nombrar que llega directo al corazón.
Opinión
Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa
Publicado
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28/04/2026Por
Arzate Noticias
Por Ángel Pérez Sánchez
El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.
En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.
En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.
La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.
Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.
Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.
Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.
Iniciativa privada invierte en Sinaloa
El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.
El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.
Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.
Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.
Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.
Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.
México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.
En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE). Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.
El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional. Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.
El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.
La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.
De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.
Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.
La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial.
El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.
Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.
Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.
