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Opinión

Meméxico lindo y…

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¿Quién es quién en las mentiras de la semana? es una estrategia política absurda para contrarrestar las críticas al Gobierno federal, además es, a todas luces, un intento autoritario por querer desestimar la información que periodistas, intelectuales y medios de comunicación manifiestan día a día acerca de las acciones de la administración lópezobradorista.

El Gobierno federal califica como mentiroso a todo aquel que se atreva a criticar sus decisiones, pero lo que no ve es que mucha de la información, presentada de forma tendenciosa en la conferencia mañanera, es retomada por los periodistas y posteriormente ampliada para darla a conocer a la opinión pública. Ese es el verdadero trabajo periodístico: investigar a fondo los hechos que no quedan claros en las ruedas de prensa matutinas.

Pero veamos ¿quién es quién en las mentiras? De acuerdo con el estudio realizado por la consultora política SPIN, que analiza las conferencias diarias de López Obrador, desde que éste inició dichas ruedas de prensa -3 de diciembre de 2018-, el titular del Ejecutivo federal ha expresado 56 mil 181 afirmaciones falsas. Lo anterior se traduce en que diariamente el presidente le miente 88 veces a los mexicanos, de lunes a viernes.

El estudio, que analiza hasta la conferencia mañanera del 30 de junio de este año, informa en su infografía número 55 que, en 943 días de gobierno, el presidente ha realizado 641 ruedas de prensa con una duración de 108 minutos en promedio, en donde la mayor parte del tiempo, por lo menos hasta junio, lo dedicó a descalificar a la clase media de México con adjetivos como “aspiracionista” o “manipulada”.

Dentro de toda esta gama de mentiras hay algunas que preocupan más que otras. Entre las que nos deben preocupar y ocupar a los mexicanos está la intención del presidente por militarizar a la Guardia Nacional, anuncio que hizo el pasado 15 de junio: “queremos que la Guardia Nacional se siga consolidando, pero no queremos que pase después a Gobernación o a cualquier otra institución y que en seis años esté echada a perder. Por eso voy a proponer en su momento que forme parte de la Secretaría de la Defensa Nacional”. Lo anterior, dijo, lo haría en lo que resta de su administración.

Sin embargo, de acuerdo con la reforma que creó la Guardia Nacional (2019), el nuevo organismo debe tener un carácter civil y su administración y operación por parte de las Fuerzas Armadas tendría una vigencia de cinco años, es decir, hasta 2024. Cualquier modificación a esta legislación antes de esta fecha se traduciría en uno de los más grandes engaños de López Obrador.

Casos como el descrito anteriormente muestran claramente la verdadera cara del presidente y de su administración: Morena y López Obrador son una fuerza política que no respeta la ley y mucho menos a los mexicanos que depositaron su confianza en ellos. Bien versa el dicho: “el buen juez por su casa empieza”.

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Opinión

¿Quién se robó mi leche?

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Importancia de la leche

Pamela Cerdeira

Hay una sensación que me ha acompañado toda la vida. Es algo que nunca he podido nombrar. No sé si le pasa a otras personas. Se siente como si tuvieras un hueco; está en algún lugar del cuerpo y en todo el cuerpo al mismo tiempo. Se parece a la nostalgia, cuando extrañas algo pero no sabes qué es eso que extrañas. Tiene el rostro de mi infancia, el color de la pintura de la casa de mis papás, sus espacios, y momentos suspendidos; son tan únicos que es imposible distinguir uno solo. Es como querer regresar a un lugar seguro. No sé qué lo desata, es repentino. He llegado a creer que es sólo sed y mi forma peculiar de interpretarla. Pero de lo único que estoy segura es de que en ese momento solo quiero un vaso con leche. Y creo que empezó cuando dejé de vivir ahí.

Mi mamá decía con orgullo y sorpresa: “mis hijos toman leche hasta con la comida”. Era cierto, siempre había agua de limón, pero nosotros preferíamos leche. Leche con chocolate en la mañana, leche en la comida y leche en la cena. ¿Sed a mitad del día? Leche. Era la época en la que nadie contaba vasos de agua ni necesitaba sensores para medir la biología más básica como los pasos o el sueño.

Estaba en segundo de primaria, aprendíamos BASIC en la clase de computación, una fila de instrucciones para que la Macintosh hiciera un círculo. Alejandro, mi compañero de máquina, volteó a verme con desagrado y me dijo: “Awww, tienes bigote”. Sí, tenía bigote y no tenía a Frida Kahlo de referencia. Así que para resolverlo se me ocurrió la brillante idea de pintarme el bigote con sombras para ojos color blanco. Mi bigote quedó tan bien escondido como un bandido gordo tras un poste de luz. A la mañana siguiente, un minuto antes de bajarme del coche, mi mamá me miró (de esas miradas que escanean en busca de algo que corregir) y me dijo: “te dejaste bigote de leche”, chupó su dedo y me limpió la cara. Pero yo no iba a rendirme, tenía un plan. Así que al otro día utilicé sombras color café claro. Y la escena se repitió, esta vez mi mamá dijo: “Te dejaste bigote de chocolate, te lo limpio”, y me lo quitó de nuevo.

Llegó la adolescencia y la leche se transformó, como toda la comida, en puntos intercambiables. Entré en el imposible laberinto de contar calorías y todo tenía un límite: una porción del circulito azul que era el que representaba a los lácteos. Como debe sucederle a la mayoría de quienes me leen, mi relación con la comida era como la vida amorosa de Johnny Depp: complicada. Tardé mucho en cambiar la forma de mirarla, de poner el valor nutricional primero y disfrutar y agradecer cada bocado por todo lo que aporta a mi cuerpo. Hace poco, en un Starbucks, me sorprendió la cantidad de veces que tuve que aclarar que quería leche. ¿Quiere leche de almendra? No, solo leche. ¿De soya? No, leche, de vaca. Tengo leche light. No, solo quiero leche. ¿Deslactosada? Leche. Leche y ya. La señorita me vio con ojos de sospecha.

Y es que, en tiempos donde todo parece inmediato, ultraprocesado o hiperespecializado, a veces nos cuesta entender la belleza de lo simple. Se nos olvida que la leche es un alimento que la naturaleza diseñó con una ingeniería perfecta. Hay que sumar el viaje titánico que ocurre antes de abrir el refrigerador. Ese vaso de “leche y ya” empieza en el origen, en una historia que tan solo en México sostienen treinta y cinco mil colaboradores que forman parte de la familia Lala.

La historia de nuestro vaso de leche diario empieza a las tres de la mañana, bajo un silencio que solo conocen quienes trabajan la tierra. Mientras nosotros damos la media vuelta en la cama, en alguno de los más de ciento veinticuatro ranchos que proveen a Lala en México comienza el primer ordeño de un total de casi quinientas mil vacas. Muchas de las familias ganaderas detrás de este esfuerzo llevan más de cincuenta años trabajando de la mano con la marca.

Al final, esta inmensa cadena de valor no solo mueve cajas y botellas de un punto a otro. Detrás de cada trago trabajan miles de personas: ganaderos, veterinarios, nutriólogos, ingenieros y expertos en sustentabilidad que generan empleos, impulsan las economías de nuestras regiones y fortalecen el campo mexicano. Entender este camino invisible no solo nos nutre físicamente; también nos conecta con quienes lo hacen posible y nos recuerda que agradecer lo que comemos sigue siendo una de las formas más profundas de reconocer la vida cotidiana.

La edad me ha devuelto la leche, y con ella, la gratitud. Los músculos se convierten en un baúl sin fondo sediento de proteína y los lácteos han sido mi mejor forma de darles lo que necesitan. Cada vaso de leche, fría porque así me gusta —y que al final es solo uno de los más de 33 millones de vasos que Lala procesa al día en nuestro país—, entra a mi cuerpo mientras pienso en todo lo que me aporta, que en mi caso, es una mezcla de nutrición y ese algo imposible de nombrar que llega directo al corazón.

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Opinión

Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa

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Por Ángel Pérez Sánchez

El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.

En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.

En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.

La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.

Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.

Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.

Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.

Iniciativa privada invierte en Sinaloa

El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.

El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.

Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.

Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.

Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.

Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.

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Gas natural: del dogma a la realidad

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México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.

En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE).  Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.

El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional.  Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.

El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.

La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.

De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.

Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.

La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial. 

El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.

Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.

Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.

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