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Somos estas ruinas

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Max se acomoda penosamente sobre su silla de ruedas con respaldo de mimbre deshilachado. Él tiene tantas cicatrices como la silla. Se cubre con una cobija estampada en cuadros rojos y negros.

Su espesa barba desaliñada combina con el cuello de su suéter tejido; las mangas, largas en exceso, están plegadas hasta las muñecas. Los brazos del hombre cuelgan por encima de los apoyos de la silla. Con sus uñas, sueña que acaricia un gato. Su cerebro sólo inventa: sus manos permanecen quietas.

Mueve la cabeza de atrás hacia delante, eso le alivia un poco el hervidero que siente en su interior. Las flemas acumuladas en sus pulmones maximizan el ronquido en su pecho y lo obligan a escupir espesas natas. Tose un par de veces, y vuelve a dormitar. Un grupo de moscas exploradoras le recorren el rostro y hacen equilibrios sobre su barba blanca.

Las láminas de su vivienda son un colador por donde se filtran listones de luz que se hacen añicos sobre una mesa rectangular de madera apolillada, donde se apilan platos con restos de comida, ennegrecidos por colonias de insectos. La habitación es una “caja de galletas” sin cimientos.

Sujetos a las paredes, diversos anaqueles con mercancías vencidas atestiguan que, un día, en aquel lugar, se pretendió instalar un pequeño comercio. “Todo es viejo y rancio, como nosotros”, repite Max a su mujer, diariamente. Ella lo mira de reojo y traga su posible respuesta. Sabe de la caducidad de la vida, de lo perecedero de los cuerpos y de las almas.

Pero se niega a tirar lo que no sirve, se aferra como una última posibilidad a lo que pudo haber sido, aunque el lapidario tiempo pasado haya comprobado en una sola y definitiva exhibición que no existen devoluciones ni ajustes en los tiempos perfectos de Dios.

Ella es como aquellas mercancías que por un tiempo tuvieron un valor y después lo perdieron para siempre. Aunque en su mente vivan ilusiones y anhelos que de vez en cuando se turnan para construir realidades alternativas en donde ella es por sí misma, y no por nadie más.

Max aprovecha la tímida luz que rasga la oscuridad y observa la tierra mal pisoneada de su vivienda. Sus ojos se detienen un momento en su zapato derecho de dos colores, el único que se ha desgastado junto con él. El zapato izquierdo sigue perdido entre los trebejos. La diabetes le permitió conservar una sola pierna.

Sara, su mujer, empuja trabajosamente la silla de ruedas hasta el quicio de la puerta para que Max tome el sol contra su voluntad; refunfuña y maldice, pero ella cumple con su propósito y vuelve a perderse en la penumbra del cuarto.

Ella tiene la piel color vinagre. Está convencida de que no necesita la luz del sol, mucho menos la luz eléctrica; se acostumbró a la oscuridad de su cuarto y de su vida. Con una mano despeja su frente y asegura, tras de sus orejas, sus largos cabellos blancos. Todas las tardes, Sara saca al perro del corral y le deja correr libre por los llanos de Lago Seco. Sabe que un día El Hippie no regresará.

Hace años, ha perdido la cuenta, ella deseó, como el perro, salir corriendo y escapar del corral, pero no tuvo el valor de perderse y abandonar a Max. Hoy recuerda con nostalgia a Juan El Sapo, muerto el año pasado por causa de un ataque cardiaco mientras manejaba su camión de pasajeros.

En el fondo del cuarto, colgado del muro, y cubierto con una sábana de franela, hay un espejo estrellado donde Sara contempla, con diez años menos, su reflejo poliédrico. Desabotona su blusa y su falda, y permite que resbalen hasta el piso de tierra. Con la ropa interior puesta, imagina las manos rudas de Juan El Sapo recorriéndole el alma por debajo de las prendas, desatándole los pudores en un baño público, propiedad de El Español, uno de los primeros en Lago Seco.

Sara y Juan empezaron por verse una vez cada mes; conforme la pasión aumentó, tuvieron la necesidad de sentirse con mayor frecuencia. Pero el corazón de ella le desconectó la razón: para Max resultaron evidentes las puntuales salidas de su mujer, el cuidado de su físico y de su ropa, y la cierta distancia que ella promovía por las noches en el lecho marital.

En pocos meses, Sara gustaba de lucir sus caderas anchas, su espalda menuda y sus senos firmes y proporcionales bajo un vestido ligero, estampado con flores rojas, blancas y amarillas —mandó hacer tres similares con Tinita la costurera.

Max finge no saber, bajo su espesa barba se limita a despachar los ocasionales clientes que piden medio kilo de piloncillo, dos agujas para coser a mano o medio kilo de frijol Flor de mayo.

—Voy a La Merced, a la bonetería, me pidieron encaje y listón, y no tenemos. No quiero que falte nada en el negocio. Que haya poquito, pero de todo. Regreso en la tarde. Tomé cien pesos de la cubeta del dinero.

Ella se marcha feliz, y él acomoda las latas de sardina apilándolas sobre los

anaqueles en torres de seis piezas. En Lago Seco no hay pavimento y el polvo exige limpiar la mercancía varias veces por día. Max construyó un mostrador de madera con lámina, y cuatro ventanitas para que los clientes puedan ver el surtido del negocio, y de la vista les nazca el amor.

Atrás quedaron los recuerdos del día que se conocieron en la plaza de un pueblo de provincia. Max era vendedor de una distribuidora de mercancías, y su ruta de trabajo lo llevó a ese lugar apartado. Quedó huérfano a los seis años, desde entonces, con ahínco se dedicó por completo al trabajo: “No siempre voy a ser empleado”, se repetía y guardaba, en una lata de galletas rectangular, una parte de su sueldo cada quincena. Estaba convencido que el mayor milagro para evitar la miseria es trabajar.

En aquel pueblo, el gesto más delicado de Max para con Sara fue un intento de piropo que, en resumen, hablaba de los bellos ojos de la joven. En realidad, era algo que la mujer no recordaba con certeza. Siempre prefirió idealizar aquel momento e imaginar que el tiempo fue deslavando el amor entre ambos, hasta alisarlos como dos piedras de río, atrincheradas, inamovibles para toda la eternidad.

El jueves entablaron plática por primera vez y el domingo se casaron. No hubo fiesta. A la ceremonia asistieron los que siempre iban a misa. No hubo más convidados. Ella era huérfana y estuvo bajo el cuidado de la única hermana de su madre hasta el día que murió. Por eso, sin despedirse de nadie, el mismo domingo abordaron el camión que los llevó a la capital. Rentaron un pequeño cuarto durante unos meses. Después supieron de los terrenos baratos que vendían por el rumbo del aeropuerto y decidieron ir a verlos.

Hicieron trato con el fraccionador y a la semana siguiente ya estaban mudando, a su propiedad, sus escasas pertenencias—dicho sea de paso, faltaban algunos años y cubrir las mensualidades señaladas en un talonario de pagarés para que fuera suyo con todas las de la ley.  

En tanto, para empezar, compraron una estufa de petróleo, un millar de tabique, polines y fajillas, seis paquetes de láminas enchapopotadas y varios kilos de clavos. Recolectaron cientos de corcholatas de refresco para clavar firmemente las láminas a los polines e hicieron su casa. Rellenaron con tres camiones de cascajo traído de las demoliciones de edificios viejos del centro de la ciudad. De entre toda la pedacería comprada, rescataron una enorme viga que sólo requirió una buena cepillada y pasó a formar parte de la decoración y orgullo de la casa.

Max y Sara, cada uno viviendo en sus propios pensamientos, llegaron a imaginar que aquella enorme viga provenía de la casa de uno de los condes o virreyes coloniales, y que durante siglos un enorme candelabro pendió de ella.

Aquel gran trozo de madera incentivaba la imaginación, por eso proyectaron una alberca, una biblioteca y un salón de juegos en sus limitados ciento veinte metros cuadrados de superficie de terreno. Pero ese era un asunto menor si de imaginar se trata: también proyectaron los departamentos de los hijos —tres, si Dios lo permitía—, diseñados de forma similar, con su baño aparte, “para que no haya discordias” —decía ella—. También proyectaron, bajo el “salón recibidor”, un estacionamiento para cuatro autos y un jardín con naranjos y manzanos.

Sobre la enorme viga atravesada en el techo, de muro a muro, se apoyaron fajillas y se extendieron las láminas, y Max y sara siguieron edificando sueños de nuevos propietarios. Pero todos esos proyectos quedaron suspendidos cuando, tras varios años de intentarlo, no pudieron ser padres. Acordaron guardar silencio y evitar la certeza de saber quién de los dos era infértil. Por eso se entregaron al negocio que Max puso con el dinero obtenido por su liquidación en la empresa distribuidora de mercancías.

La tienda crecía como negocio, pero la juventud de Sara estaba más allá de los satisfactores materiales. Por eso, Juan El Sapo se había convertido en el escape de Sara, el camino hacia un mundo irreal pero adictivo. Narcotizada con ese amor que duele, que espolea las costillas, olvidaba con mayor frecuencia el horario y el compromiso:

—No había camiones. Se me hizo tarde viendo lo nuevo que hay en la bonetería. Cuquita, la bonetera, tiene muchas historias qué contar y se nos fue el tiempo

platicando de esto y de lo otro —explicaciones para sus tardanzas nunca faltaron a Sara. Hasta que los ascos y los mareos aparecieron: estaba en estado de buena esperanza. Esto confirmaba que la infertilidad estaba del lado de Max.

Ella se preocupó al principio, después se resignó y, finalmente, decidió avisar a Juan El Sapo que sería papá. Estaba segura: el hombre tomaría la noticia con enorme gusto y juntos emprenderían camino para formar una familia en otras tierras.

“Total, que Max se quede con las caballerizas, la alberca, el negocio, los cuatro autos y los hijos que no puede tener, porque nació vano” —se repetía a sí misma, pasando de la aparente consideración al desprecio. Se convencía de que valía la pena, una y mil veces, vivir la vida al lado del hombre que le incendiaba el alma con sólo verla.

Juan El Sapo la llevó a vivir con él al barrio de Los Patos, donde una vieja con olor a tabaco y manos gruesas le practicó un aborto, sobre un camastro, en un cuarto de vecindad. Tras convalecer, él la obligó a prostituirse durante casi cinco años. Hasta que un día, Sara no supo más de él. Le llegaron rumores de que lo mataron en una pelea a navajazos. Otros dicen que tenía muchos enemigos y que lo desaparecieron en el río de aguas negras.

Eran casi las seis de la tarde. Luces color naranja pestañeaban en el cielo. Ella subió al camión con rumbo a Lago Seco. Necesitaba morirse de algo, pero nada en el mundo valía la pena. “Uno, a veces, quiere morir por todo, pero vivir es lo que vale la pena” —logró esta certeza mientras miraba por la ventana del autobús. Tal vez por eso bajó del camión en la calle siete y la emprendió por el caserío: pasó por el tendajón de El Jarocho, miró la casa de Las Medel, el hijo de El Gordo ya era un pequeño de cabellos rizados que jugueteaba sobre el terregal…

Realmente, nada había cambiado mucho. Ella se plantó frente a la que fue su casa, con la actitud de quien espera morir dignamente bajo la espada del ofendido.

Un hombre fuma en el quicio de la puerta. Su barba espesa oculta las nuevas arrugas obtenidas este año. Él no está sorprendido. Siempre supo que así sería, que ella volvería. Él da la espalda, arroja el resto del cigarrillo al piso, y abre la improvisada puerta de madera, de par en par. Es un gesto que ella sabe interpretar.

Él entra primero, ella espera unos segundos, luego entra y cierra tras de sí. De entonces a la fecha han pasado más de cuarenta años. Nuevas personas llegaron a Lago Seco, se pavimentaron las calles, hay agua potable en cada casa, no hay necesidad de robarse la energía eléctrica con diablitos, y hay transporte a todas horas. Muchas cosas pasaron, otras nunca cambiaron.

Hace días que Max no maldice. Tiene la mirada triste, cansada. Le es indiferente si el sol le rostiza o si Sara lo olvidó en el quicio de la puerta, ya entrada la tarde. Pero ella, desde hace días, saca una silla de madera y toma asiento junto a Max.

Los dos viejos miran hacia el firmamento; quienes hemos escuchado su historia, sólo podemos imaginar los pormenores de su vida durante estos últimos cuarenta años; de la misma forma como ellos imaginaron una casa y una familia. Aunque, para la mayoría de los vecinos, la historia de los viejos es indiferente. Nadie sabe que esperan, pero seguirán esperando hasta que uno de los dos termine por fugarse hacia ese punto que miran en el cielo.

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Fuera de balance / Empresas por la resiliencia operativa

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Por Ángel Pérez Sánchez

El error más común de la alta dirección empresarial es ver la gestión ambiental como un costo administrativo. La realidad, respaldada por datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Mundial, indica que el cambio climático ya no es un fenómeno meteorológico, sino un riesgo sistémico de mercado.

En ese sentido, la llegada de la ISO 14001:2026 marca el fin de la era del “cumplimiento por compromiso” para inaugurar la era de la resiliencia operativa. En el contexto actual de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la trazabilidad ambiental ha dejado de ser un “plus” para convertirse en un filtro de exclusión.

En sectores de alta precisión como el automotriz o el aeroespacial, no tener la certificación ISO 14001:2026 equivale a tener un pasaporte vencido: simplemente no puedes cruzar la frontera de las cadenas globales de valor. Los inversionistas y reguladores ya no preguntan si tienes un plan ambiental, sino cómo este garantiza que no perderás contratos por sanciones o interrupciones climáticas.

La nueva norma no pide que las empresas “sean buenas con el planeta”, pero sí exige que analicen cómo el entorno externo puede colapsar su continuidad operativa. Cuando Lillian Peregrina, directora comercial en Mexico & LATAM de BSI, afirma que la inversión se amortiza en menos de 18 meses, se refiere en concreto a la eficiencia en agua, energía y materias primas como optimización directa del flujo de caja.

Como bien señala Andrés Ibarra, gerente de desarrollo de negocios de BSI en México, el verdadero reto para las organizaciones en México y Latinoamérica es cerrar la brecha entre el discurso corporativo y la operación diaria.

Si el operador de la planta no entiende que su eficiencia es la que garantiza la permanencia de la empresa en mercados exigentes, la certificación es solo un maquillaje costoso.

Para Peregrina e Ibarra postergar la adopción de la norma ISO 14001:2026 no es ahorrar dinero, es acumular una deuda de riesgo que, tarde o temprano, los mercados, los seguros y los bancos cobrarán con intereses impagables.

Iniciativa privada invierte en Sinaloa

El grupo TransitionIndustries, anunció una de las inversiones industriales más relevantes en la historia reciente del país: 3,300 millones de dólares, mediante el proyecto Pacífico Mexinol que contribuirá a posicionar a México como un actor estratégico en la nueva industria química de bajo carbono y en la transición energética global.

El proyecto, ubicado en Topolobampo, Sinaloa, contempla la construcción de la planta de metanol con emisiones ultra bajas más grande del mundo en su tipo, bajo un modelo orientado a emisiones netas cercanas a cero (Net Zero), mediante el uso de tecnologías de captura de carbono, energías limpias e hidrógeno verde.

Déjeme decirle que el metanol es un insumo clave para múltiples cadenas industriales, utilizado en la producción de materiales, combustibles y productos químicos de uso cotidiano. En su versión de bajas emisiones, como la que producirá en Sinaloa, se convierte además en un componente relevante para avanzar hacia procesos industriales y energéticos más limpios.

Se espera que Pacífico Mexinol inicie operaciones para el 2030, con una producción de 1.8 millones de toneladas anuales de metanol azul y 350 mil toneladas de metanol verde, lo que fortalecerá la competitividad industrial de México y su integración en cadenas globales de valor.

Durante su etapa de construcción, el proyecto generará alrededor de 6,000 empleos, así como más de 400 empleos permanentes en operación, impulsando el desarrollo económico regional, la formación de talento especializado y el fortalecimiento de proveedores locales.

Considera además el uso exclusivo de agua residual tratada, buscando evitar la presión sobre fuentes de agua potable, y cuenta con más de 200 medidas de mitigación ambiental.

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Gas natural: del dogma a la realidad

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México mantiene una contradicción en su política energética: mientras el discurso apuesta por la soberanía, la realidad profundiza la dependencia del extranjero. Importamos gas licuado de petróleo, combustibles automotrices y gas natural. El caso de este último energético es quizá el ejemplo más evidente. México vive atado a las importaciones, especialmente de Estados Unidos y esa dependencia se acentuó durante el sexenio del nacionalista Andrés Manuel López Obrador.

En 2025, México importó en promedio de 6 mil 600 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes, de acuerdo con cifras de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y el Sistema de Información Energética (SIE).  Esto equivale a aproximadamente 68 mil millones de metros cúbicos anuales, un volumen histórico que confirma una tendencia creciente desde 2018.

El volumen del gas proviene del extranjero (principalmente de Texas) y que utiliza México, especialmente para la industria y para la generación de energía eléctrica equivale al 76% del consumo total nacional.  Esto significa que tres de cada cuatro moléculas que consumimos no se extraen del subsuelo mexicano, aunque ahí está el gas natural: enterrado.

El balance del sexenio anterior es claro: las importaciones crecieron de manera sostenida, con un incremento promedio anual cercano al 5%, y un aumento acumulado de más de 30% respecto a 2018. Este fenómeno no fue casual. Respondió, por un lado, a la caída relativa de la producción nacional de gas y, por otro, a una política energética que, en los hechos, relegó el desarrollo de recursos no convencionales, particularmente el gas de lutitas.

La negativa al fracking durante el sexenio pasado -más ideológica que técnica- dejó sepultado uno de los mayores potenciales energéticos del país. México cuenta con recursos prospectivos de hasta 141.5 billones de pies cúbicos de gas natural en yacimientos no convencionales, ubicados principalmente en tres cuencas: Burgos, Sabinas-Burro Picachos y Tampico-Misantla que abarcan parte de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí.

De estas, la Cuenca de Burgos, en el noreste del país, es considerada la más importante por su extensión, infraestructura existente y cercanía con los desarrollos shale de Estados Unidos. Es, en términos geológicos y económicos, la gran reserva estratégica de gas natural de México.

Por eso, el giro del actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum para volver a permitir extraer el gas natural alojado en las rocas mediante el fracking o fracturamiento hidráulico bajo nuevos estándares técnicos y ambientales no sólo resulta relevante, sino necesario, ya que marca el abandono de una narrativa que durante años frenó el aprovechamiento del gas natural y provocó el aumento en las importaciones.

La decisión significa reconocer que el gas natural no es el enemigo de la transición energética, sino su aliado. En un sistema eléctrico donde más del 60% de la generación depende de este combustible, su disponibilidad es indispensable para garantizar estabilidad, respaldo a energías renovables y competitividad industrial. 

El gas natural es el combustible de transición ya que genera menos emisiones contaminantes que el carbón o el combustóleo; es más económico que otras opciones energéticas y es esencial para sostener el crecimiento económico mientras se avanza hacia un sistema más limpio.

Apostar por su producción nacional no significa renunciar a la transición energética, sino hacerla viable porque seguir dependiendo del gas importado representa riesgos como la vulnerabilidad ante eventos climáticos, tensiones geopolíticas que derivan en la volatilidad y, casi siempre, en aumento de precios, como se evidenció durante la crisis energética de Texas, en 2021.

Reevaluar el fracking significa dejar atrás el oscurantismo ideológico para adoptar una política energética informada y orientada al bienestar nacional. Ahora el reto es atraer y garantizar inversiones público-privadas; una regulación estricta y una supervisión clara de las prácticas para disminuir el daño al medio ambiente.

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Fuera de Balance / Inversión privada, motor que no debe detenerse

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Por Ángel Pérez Sánchez

La inversión privada se mantiene como el pilar más sólido para garantizar la estabilidad y el crecimiento de México. Más allá de los indicadores macroeconómicos, es el flujo de capitales, nacionales y extranjeros, lo que traduce las proyecciones en empleos reales, infraestructura y competitividad. Cuando una empresa destina sus recursos económicos en territorio mexicano, no solo apuesta por un mercado consumidor, sino por la capacidad técnica de su gente y la posición estratégica del país en las cadenas de valor globales.

Esta semana, tres anuncios de sectores tan diversos como el de consumo masivo, la belleza y la manufactura pesada, confirman que, pese a los retos, la brújula de los negocios sigue apuntando hacia la consolidación en suelo azteca.

Nestlé apuesta en el Edoméx

La firma suiza Nestlé destinará una inversión de 455 millones de dólares. Lo interesante de este movimiento es su dualidad: 275 millones se destinan a modernizar sus cinco plantas ya existentes (desde el alimento para mascotas en Cuautitlán hasta los snacks saludables en Tultitlán), mientras que 180 millones dan vida a un nuevo Centro de Distribución (CEDIS) en Zumpango.

Con una capacidad de 90 mil posiciones de pallets, este CEDIS no es solo un almacén; es una declaración de eficiencia. Según Fausto Costa, presidente ejecutivo de la compañía, la hoja de ruta incluye automatización y mejoras en eficiencia hídrica y energética. Para una entidad que alberga a casi 3,000 colaboradores directos de la firma, esta inyección de capital asegura que la manufactura mexiquense siga siendo el corazón operativo de Nestlé en la región.

Natura y la conquista del “retail”

Por otra parte, en el sector de venta directa, Natura está rompiendo el molde tradicional. La compañía anunció la apertura de 10 nuevas tiendas y 10 franquicias para este 2026, buscando alcanzar 34 puntos de venta físicos. El objetivo es claro: capitalizar un mercado de belleza que en México supera los 14,000 millones de dólares anuales.

Francisco Demesa, director general de Natura y Avon, ha sido enfático: México es el mercado de habla hispana con mejores oportunidades en Latinoamérica. El giro hacia las franquicias es estratégico, pues permite fomentar el emprendimiento local manteniendo los estándares de una marca global. Es, en esencia, la evolución de la venta por catálogo hacia una experiencia omnicanal donde el consumidor decide dónde y cómo interactuar con la marca.

Die Casting: El silencio estratégico de la manufactura

El sector industrial se prepara para una cita clave en el Bajío. Los próximos 15 y 16 de abril, la Die Casting Expo México 2026 aterrizará en el Centro de Congresos de Querétaro. La fundición a presión es, quizás, uno de los héroes anónimos de nuestra economía; sin ella, las industrias automotriz y aeroespacial simplemente se detendrían.

México se ha consolidado como un centro de manufactura avanzada, y la región del Bajío —Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí y Aguascalientes— es el epicentro de este ecosistema. El evento no solo será una vitrina de maquinaria y aleaciones, sino un termómetro para medir cómo la automatización y la ingeniería de precisión están respondiendo a la creciente demanda de componentes especializados en Norteamérica.

En el balance final…

Desde el café que consumimos hasta las piezas de alta precisión de un motor, la inversión privada está presente. Que estas empresas sigan expandiendo sus líneas de producción y abriendo puntos de venta es la mejor señal de que México, con su infraestructura y talento, sigue siendo un destino indispensable para el capital global.

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